miércoles, 16 de noviembre de 2016

Tolerancia: la vista no ofende

Veo en Facebook un vídeo, que no voy a enlazar para no darle publicidad a los imbéciles, en el que un grupo de musulmanes, entre gritos, arrojan objetos sobre un árbol de Navidad antes de derribarlo.

Lógicamente el hecho ocurrió en una ciudad de esta vieja y decadente Europa, y habrá quien piense que, por tolerancia y respeto a los no cristianos, no se debería haber puesto, como -piensan los mismos- no se deberían poner belenes en las escuelas públicas (pero sí hacer el gilipollas con Halloween y similares).

Vamos a ver. Yo soy tolerante y quiero serlo, pero ¿qué es la tolerancia? Sea ésta lo que sea -y voy a dar la definición en breve- para que tenga sentido tiene que se recíproca, es decir, yo sólo puedo ser tolerante contigo, sólo estoy obligado a ser tolerante conmigo, si tú lo eres conmigo y en la misma medida. Si no, rompemos la baraja y nos damos licencia mutua para practicar actos de intolerancia.

La tolerancia no consiste en no matar al que no piensa como tú, que eso es obvio (y en esto ya difiero de algunos radicales musulmanes, como de algunos comunistas, nazis o fascistas, que viene a ser lo mismo), sino en ver como normal que el otro haga lo que considere oportuno en el ejercicio de su conciencia y de su libertad, en la misma medida -insisto- en que él vea normal que yo haga lo que considere oportuno en el ejercicio de mi conciencia y mi libertad, con el único límite en ambos casos del rechazo explícito al uso de la violencia.

Al parecer a los musulmanes, radicales o no, o al menos a esos musulmanes que vi en el vídeo, les molesta ver un árbol de Navidad en un centro comercial. Bien, ¿y qué? ¿justifica eso que lo ensucien y, finalmente, lo derriben? Yo también veo en los centros comerciales, a diario, muchas cosas que no me gustan. Y no sólo en los centros comerciales, sino en las calles, los cines, los programas de televisión, los autobuses, los periódicos y hasta en las confiterías... y no por eso la emprendo a voces ni a empujones ni a actos de violencia.

Veo niños desnutridos, veo mujeres explotadas u oprimidas (las víctimas de malos tratos o algunas de las que llevan el velo musulmán, por ejemplo), veo gente sin vergüenza ni pudor en jactarse de sus tropelías, veo analfabetos presentando programas de televisión de gran audiencia, veo animales maltratados por personas, veo personas maltratadas por personas que no maltratan a los animales... Veo tantas y tantas cosas que no me gustan, que si hiciera como los musulmanes que he visto en el citado vídeo estaría en la cárcel desde hace tiempo (aunque dudo de que esos energúmenos hayan sido siquiera detenidos o al menos multados).

Señores musulmanes (o cristianos, budistas o bahaistas), la vista no ofende, aunque es cierto que a veces se exponen a la vista cosas (fotos, personas, símbolos) con el objetivo primordial de provocar a quien las mira, pero si éste cae en la trampa y responde con la agresión o la violencia, el problema y el delito son suyos, no de quien exhibe. Si yo veo algo que no me gusta, o miro para otro lado o, si no puedo hacerlo, sencillamente me aguanto. He estado en varios países de mayoría musulmana (Jordania, Egipto, Túnez, Marruecos) y en ellos he visto cosas que no me gustan nada, pero nada de nada, que forman parte de su tradición, su cultura y su fe, y sin embargo no he montado un pollo.

Tolerancia es que quien quiera comer sólo alimentos halal lo haga sin limitación, pero también es tolerancia que a mí me dejen comer sin restricciones legales carne de cerdo. Tolerancia es que quien no quiera ir a una corrida de toros no vaya sin que nadie lo señale con el dedo, pero también que quien quiera ir pueda hacerlo sin ser acosado ni insultado (y lo dicho de los toros es extensible a cualquier otro espectáculo público). Tolerancia es que quien quiera bañarse con el burkini pueda hacerlo siempre y cuando permita que a su lado haya quien se bañe en topless -o incluso completamente desnudo o desnuda- sin que nadie de lo impida. Una mujer en burkini puede no gustarme, pero eso no me autoriza a impedir que ella haga lo que quiera: a ella o a su marido puede no gustarle tener en la sombrilla de al lado a una mujer en topless, pero serían intolerantes si le dijeran algo o, sencillamente, se fueran a otro sitio.

Yo creo que a todos se nos llena la boca con la palabra "tolerancia", pero a la hora de la verdad nos cuesta trabajo asumirla en la práctica hasta sus últimas consecuencias.

Charcutería vegetal y talibanismo gastronómico

Ayer estuve en Mercadona y vi algo que me hizo pensar.
En la sección de charcutería (no en la de frutas y verduras) vi que exponían un preparado artificial, totalmente artificial, con apariencia de chopped, pero que no era chopped: era un embutido vegano compuesto en exclusiva por componentes de origen vegetal.
Compré el formato más pequeño de la cosa y al llegar a casa lo probé: tenía la misma forma (cilíndrica) que un embutido cárnico normal; el producto tenía el mismo color rosa pálido, la misma consistencia y el mismo sabor que un chopped light de los que últimamente abundan en el mercado.
La pregunta es: ¿tanto añoran los vegetarianos y/o veganos los productos cárnicos, tan sabrosos y saludables ellos, como para imitarlos en su forma externa? ¿tienen que darle forma cárnica a sus alimentos exclusivamente vegetales para hacerlos atractivos a la vista, el tacto y el paladar?
Yo soy omnívoro, es decir, como carne, pescado, fruta y verdura cada vez que quiero sin tratar de justificarme: no descarto nada que tenga buen sabor y me aporte vitaminas o proteínas. Y seré omnívoro mientras un médico no me obligue -con buenas razones en defensa de mi salud- a renunciar a alguno de los alimentos que acabo de mencionar.
Es más: el complejo lo padecen (quizá por su alimentación incompleta) los vegetarianos y/o veganos, no yo. A mí nunca se me ocurrirá pedir en Mercadona o en un restaurante un chuletón de ternera que tenga el aspecto, el color, la textura y el sabor de las acelgas, ¡Dios me libre! Yo, si quiero un chuletón de ternera, quiero que tenga aspecto de... chuletón de ternera.
Si los vegetarianos y/o veganos -talibanes de la alimentación, fundamentalistas de la mesa- apetecen o comen alimentos vegetales con aspecto, color y sabor de cárnicos son ellos los que tienen que dar explicaciones. Yo, desde luego, seguiré comiendo de todo.
En realidad me dan pena, porque su opción no ha sido adoptada nunca por razones sanitarias objetivas (cualquier médico en su sano juicio dice que hay que comer de todo, que eso significa dieta equilibrada"). Es por motivos ideólogicos o, peor aún, puramente sentimentales.

lunes, 7 de noviembre de 2016

Políticos y millonarios: una reflexión

En USA, Donald Trump ha sido multimillonario antes de meterse en política y sin cobrar más dinero público que los impuestos que ha dejado de pagar. Pero sin duda no se ha metido en política para ganar dinero.

En España, muertos de hambre sin currículum previo se meten en política y se hacen millonarios (en la Administración central o autonómica), o en el mejor de los casos ven la política como una forma de vivir mejor que antes (en todos los Ayuntamientos, sobre todo de pueblos pequeños, hay ejemplos a patadas de personajes de este tipo).

Es evidente que, puestos a elegir, prefiero un millonario metido en política antes que alguien que se mete en política para ganar dinero (aunque sólo sea para ganar más que antes de estar en la política). Eso no quiere decir que comulgue con la ideología de Trump, que conste.

Siempre he pensado que un político no debería ganar por su cargo ni un euro más ni un euro menos de los que ganaba en su ejercicio profesional anterior; pienso que sería la única forma de asegurar que no se han metido en política para ganar dinero (ni para perderlo) y de que no hubiera ricos que se metieran en política para ser más ricos.

Que conste, lo dicho no tiene nada que ver con la corrupción, me refiero exclusivamente a los ingresos legales y legítimos por el desempeño de un cargo público. Si hablamos de corrupción, y parafraseando a Pablo Iglesias, todos somos corruptos potenciales; añado. además, que no hay vacuna ideológica contra la corrupción, porque hay o puede haber corruptos en todo el arco político (y el que diga lo contrario miente).

Pero vamos al tema que me ha hecho escribir estas líneas: ¿qué es preferible, llegar rico a la política o hacerse rico en la política sin haberlo sido antes?

viernes, 4 de noviembre de 2016

Sobre la salida de Jesús del Gran Poder

Ayer estuve en Sevilla viendo la salida y el traslado de la imagen de Jesús del Gran Poder desde su basílica a la Catedral.
Después de ver lo que vi, no voy a hacer una reflexión cofrade ni religiosa, sólo cuantitativa.
Me hace gracia cuando, tras una manifestación sindical o de protesta, hay la clásica batalla de cifras entre organización y policía o viceversa.
¿Cuánta gente había ayer en las calles de Sevilla viendo al Gran Poder? No lo sé ni me importa: sí sé que, sin duda, mucha más gente, muchísima más, que en las manifestaciones sindicales o laborales o políticas en las que se grita, se insulta, se desprecia y -si la ocasión lo requiere- se destroza mobiliario urbano, cajeros automáticos o escaparates de bancos o franquicias, o se queman contenedores de basura.
Porque el Gran Poder se manifiesta desde el silencio, sólo en ese silencio es posible comprender, mejor, intuir, de qué se trata, qué misteriosa fibra se mueve en miles de personas para ir a ver... una escultura de hace casi cuatro siglos, vestida con una túnica de terciopelo liso y alumbrada por cuatro faroles hexagonales.
Ayer no hubo gritos, ni insultos, ni desprecios, ni destrozos. No hubo mareas verdes, ni blancas ni azules ni rojas ni moradas.
Hubo gente en silencio viendo pasar en Gran Poder. Sólo eso. Algunos -es mi caso- esperaron a pie quieto casi dos horas para verlo pasar durante cinco minutos, y a fe que dieron -doy- ese tiempo por bien empleado.
Para pensarlo. También la jerarquía eclesiástica.

martes, 25 de octubre de 2016

Sobre la Reválida de la Lomce: mi opinión

He recibido una carta, seguramente bienintencionada, que me pide que firme una ILP (Iniciativa Legislativa Popular) para que se supriman las llamadas «Reválidas» previstas por la Lomce para los alumnos que terminen y aprueben 4º de ESO y 2º de Bachiller. Naturalmente, no la he firmado, es más, el texto que la pide manifiesta tanta demagogia como ignorancia de lo que es o debe ser un sistema educativo.

Vayamos por partes: ningún alumno normal se muere ni se traumatiza por hacer una Reválida. Yo estudié el antiguo Bachillerato Elemental primero y el Superior después; para obtener el primero de esos títulos, se hacía un examen al acabar 4º de Bachiller, a los 14 años (en mi caso, antes de cumplirlos). Eran diez exámenes, de otras tantas materias, reunidos en tres grupos y que se hacían en dos días. Se calificaba a los tres grupos por separado, y para obtener el título había que aprobar los tres grupos. Si no se aprobaba alguno, había que repetirlo en septiembre, y si en septiembre se seguía sin aprobar, se repetía el curso: no el curso 4º, que ya estaba aprobado, sino sólo el o los grupos que no se hubieran aprobado. Y dos años después se repetía la jugada para la obtención del título de Bachiller Superior, aunque con una salvedad: este título podía alcanzarse sin Reválida si se aprobaba el curso siguiente (Preuniversitario hasta 1971 y COU en adelante hasta la implantación de la Logse).

Yo aprobé a la primera, y aunque hoy se consideraría algo dificilísimo, digno de un esfuerzo ímprobo para titanes o superhombres, no me costó mucho trabajo: bastaba con estudiar, en realidad más bien repasar, lo que ya se tenía que saber. Quienes me conocen saben que no soy ni he sido nunca ningún genio, y sin embargo aprobé, del mismo modo que los compañeros míos que no aprobaron esa Reválida (muy pocos, por cierto) no eran unos inútiles para el estudio no han quedado traumatizados de por vida. Por ejemplo, mi mujer tuvo que repetir un curso por la famosa Reválida, lo que no impidió que luego cursara su carrera con notas brillantes y sacara unas oposiciones de profesora como las que yo hice. Gracias a esa repetición, por cierto, tuve ocasión de conocerla en mi curso de la Facultad, ya que ella es un año mayor que yo, y si hubiera aprobado a la primera no habríamos coincidido: eso es lo que se ha llamado siempre «renglones torcidos de Dios».

Pero me estoy saliendo del tema.

Se ha generalizado tanto la perversión implícita ‒y explícita‒ en las distintas leyes educativas aprobadas por el PSOE cuando ha estado en el Gobierno, que cualquier intento de rectificarlas, aun en detalles nimios, hacen que las fauces de la izquierda salten contra quien sólo desea corregir monstruosidades contenidas en esas leyes, como que, por ejemplo, los alumnos obtengan el título de Graduado en ESO incluso si tienen dos y hasta tres asignaturas suspensas, algo que contempla la Logse como lo más normal, progresista, igualitario y demócrata del mundo. Y encima, los títulos así obtenidos valen exactamente igual que los de los alumnos que los han obtenido a la primera, con todas las asignaturas aprobadas y habiendo estudiado debidamente a su tiempo.

¿Se imaginan que las Universidades concedieran sus títulos y grados a los estudiantes que no hubieran aprobado dos o incluso tres de las asignaturas del último curso, que en realidad serían cuatro y hasta seis, dada la distribución en cuatrimestres? ¿Iríamos tranquilos a la consulta de un médico que hubiera obtenido así su título? Y quien dice médico dice abogado, ingeniero, economista, arquitecto o profesor… Pues eso se está haciendo ya en España desde hace mucho tiempo, y los que claman contra la Lomce no han levantado ni un solo dedo para derogar tamaña aberración.

La obsesión de la izquierda por la igualdad mejor dicho, por el igualitarismo ramplón y resentido‒ la ha llevado a que todo el mundo tenga que tener un título que asegure ‒la realidad es otra cosa‒ que el titular ha alcanzado cierto nivel educativo y cultural… pero ya se sabe que cuando algo lo tiene todo el mundo deja automáticamente de tener valor. Tener un DNI no es un mérito para optar a un trabajo, es un simple requisito: si todo el mundo tiene el título de Graduado en ESO, no aporta nada a quien lo posea, es un papeleo más para los trámites.

Ignoran quienes se han puesto de los nervios ante la posibilidad de una Reválida después de 4º ESO ‒y también de 2º de Bachiller‒ que la vida es una carrera de obstáculos, y que en la carrera de la vida nadie nos regala nada. Si los jóvenes no aprenden desde el principio lo que va a ser su vida, cuando vengan los problemas y las dificultades, que vendrán, no lo duden, estarán desnudos e incapacitados para afrontarlos. De verdad: ¿tan monstruoso es que un chico de 16 años ‒recuerdo que yo hice mi primera Reválida antes de cumplir los 14‒ demuestre en un examen lo que tiene obligación previa de saber, ya que ha aprobado los cursos previos en su integridad? ¿tanto miedo se tiene a que se descubran las carencias del sistema educativo de la Logse, que es el que seguimos teniendo, ya que la Lomce es sólo un remiendo, y de no muy buena calidad, cuando en realidad lo que hacía falta era un traje nuevo de pies a cabeza?

Dicen los quejicas del documento de marras que «quien no lo supere [el examen de Reválida] no podrá acceder al Bachillerato y tampoco obtendrá título de ESO aunque tenga aprobadas todas las asignaturas». ¿Eso es un problema? Lo sería tan sólo si el examen tuviera una única e irrepetible convocatoria, lo que no parece que vaya a ocurrir. Además, si se tienen todas las asignaturas aprobadas, ¿qué problema hay en demostrar que se sabe algo que se tiene que saber? Cuando las cosas se aprenden no es para aprobar un examen, sino para enriquecer el disco duro de la memoria personal. En una de las oposiciones que hice, en 1979, aprobé el primer ejercicio simplemente reproduciendo en el examen lo que recordaba de un tema que había estudiado dos años antes en la Universidad: no era un tema que hubiera estudiado expresamente para esas oposiciones, sino que simplemente lo recordaba. Y, repito, no soy ni he sido nunca un genio, como puede constatar cualquiera que me conozca.

La supresión en la práctica y en la teoría de la cultura del esfuerzo, de la necesidad de ir ganando personalmente pequeñas batallas y superando poco a poco los obstáculos nos ha llevado a generaciones y generaciones de alumnos ‒¡y padres!‒ que piensan que las cosas se nos tienen que dar «porque yo lo valgo», como dice el anuncio, es decir, por el mero hecho de existir. Aunque, afortunadamente, hay honrosas excepciones.

Apruebo la existencia de esas Reválidas y animo a los alumnos a que estudien. Recuerdo, una vez más, que cuando algo se generaliza automáticamente se degrada: he terminado de leer hace unos días el libro SPQR. Una historia de la antigua Roma, de Mary Beard, Premio Princesa de Asturias 2016. ¿Saben cuándo da por terminada la historia de la antigua Roma? En el momento en que el emperador Caracalla, en el año 212, otorga «porque sí» la ciudadanía romana a todos los habitantes del Imperio. Cuando todos los ciudadanos tengan un título, éste será ‒lo he dicho antes‒ como el DNI, no un mérito, sino un requisito, es decir, algo sin valor.


Propugnar el trabajo como algo meritorio, el esfuerzo como algo digno de apoyo y el estudio como formador de personalidades libres y cultas no es ser elitista, ni siquiera ser de derechas. Pero hay quienes, en su ceguera mental y política, llaman fascismo a lo que no encaje en sus estereotipados esquemas. Allá ellos.

domingo, 25 de septiembre de 2016

El hábito no hace al monje... o sí

Hace ya muchos años, exactamente en enero de 1981, asistí en el Instituto Luis de Góngora, donde ejercía de profesor de forma provisional, a una conferencia del recordado psiquiatra Carlos Castilla del Pino. El título de su intervención era más o menos Don Quijote y la lógica del personaje. Poco después, vi que lo que nos había dicho don Carlos era más o menos una síntesis de un ensayo del mismo o parecido título que había publicado por esas fechas en la guadianesca Revista de Occidente en una de sus apariciones.

Siempre he recordado la tesis central de la conferencia: que don Quijote, con independencia de que estuviera loco o no, se convirtió inmediatamente, tras su primera salida, en esclavo de sí mismo,  o mejor dicho, en esclavo de la imagen de sí mismo que él se forjó cuando decidió vestirse con una bacia de barbero como yelmo, una desvencijada armadura como parapeto, un escuálido rocín como cabalgadura y un lenguaje arcaizante ya en su tiempo como modo de expresión. Y Castilla del Pino lo que afirmaba era que no sólo el personaje de Cervantes sufría esa dependencia, de la que ya no se podía librar, sino que todos nosotros, cada uno a su manera y en el grado pertinente, éramos también esclavos de los que habíamos ido forjando sobre nosotros mismos a lo largo de nuestra vida; Castilla ponía el ejemplo del pintor Salvador Dalí, por entonces vivito y coleando (murió en 1989), del que dijo que llevaba ya muchos años sin poder (no sabemos si también sin querer) deshacerse de esa imagen a que nos tenía acostumbrados: ya sabemos, bigote engominado, vestimentas extravagantes, lenguaje inconfundible, etc.
He pensado mucho desde entonces en esta dependencia que tenemos de la autoimagen que nos hemos forjado, y así he sido testigo de la sorpresa de, por ejemplo, algunos alumnos míos cuando me han visto por la calle en verano con pantalón corto, lo cual rompía totalmente la imagen que tenían de mí durante el curso, porque yo mismo les decía que era incapaz de dar clase con pantalones cortos o vaqueros (lo cual es cierto, nunca fui a clase vestido de esa forma).

Si alguien tan insignificante como yo he creado mi propia imagen, a una escala ínfima, imaginémonos lo que les puede ocurrir a los personajes importantes de nuestra sociedad. Porque, aunque esté harto de oír decir a esas personas importantes (de la política, la cultura o la Iglesia) que lo importante son los contenidos, el alma, el espíritu o como se le quiera llamar, lo cierto es que esas mismas personas son muy cuidadosas de su aspecto externo: no me imagino, por ejemplo, un pontifical con el obispo oficiante vestido con bermudas y sin la preceptiva alba, casulla y demás... y eso que la Iglesia Católica, sobre todo a raíz del malhadado Concilio Vaticano II, entró en una fase de desprecio a las formas y descafeinamiento de su propia liturgia de la que aún no nos hemos recuperado. Tampoco veo a un rector de Universidad presidir una investidura honoris causa luciendo una gorra del Manchester United en vez del obligatorio birrete. La imagen externa es una exigencia del puesto que se ocupa en la sociedad, y la persona individual que ocupa dicho puesto no es libre -salvo extravagancia- de modificar ese aspecto visible.

Lo que acabo de decir sólo parece haber encontrado una excepción, más aparente de lo que en un principio se pudiera pensar, en el campo de la política. En efecto, la irrupción en España de la izquierda radical representada por Podemos y en Grecia por Syriza ha puesto en las portadas a una serie de personajes que, con independencia de su ideología, y casi siempre en contradicción abierta con ella, son esclavos de la imagen que se han forjado: Tsipras nunca viste corbata, por ejemplo, y su homólogo en nuestro país, Pablo Iglesias, es sin duda alguna el político español más pendiente de su apariencia pública, aunque sus intereses y su estrategia pasen precisamente por afirmar lo contrario. Estoy absolutamente seguro de que cada mañana, al vestirse, Mariano Rajoy pasa menos tiempo ante el espejo que el líder de Podemos: éste se ha forjado una imagen política muy rígida de sí mismo, sin duda más rígida que la de los líderes conservadores o socialistas, la ha rentabilizado (también económicamente) y ya es tan esclavo de ella que si un día le diera por vestir un traje de chaqueta y corbata, aunque fuera más barato que sus camisas sin cuello y sus vaqueros (lo cual no es difícil), si un día decidiera cortarse el pelo y deshacerse de su coleta (o simplemente dejara de sujetarse ésta con la goma que se la recoge), muchos de sus seguidores verían ese cambio externo poco menos que como el símbolo de una traición a sus principios. Es más, yo creo que usa ese aspecto externo para ofender (pretendidamente) al sistema social y político que su formación quiere sustituir: por eso lleva siempre ese aspecto descuidado a sus audiencias con el Rey; sin embargo, viste de esmóquin en la gala de los Goya porque allí quiere rendir servidumbre a los profesionales de la farándula que tan prolijamente repiten los mantras de la izquierda cada vez que tienen ocasión (sobre todo si la izquierda no gobierna).

Lo que afirmo de Pablo Iglesias es predicable al cien por cien de muchos políticos, sobre todo -pero no de forma exclusiva-de los que van de progresistas: ¿alguien se imaginan a Juan Manuel Sánchez Gordillo con aspecto aseado, sin barba y peinado (aunque sea someramente)? ¿o a Arnadlo Otegi con el pelo largo o con barba? ¿o a Soraya Sáenz de Santamaría con un flequillo lacio al estilo de las líderes de Bildu o la CUP?

Los que dicen representar lo que llaman la nueva política quieren visualizar ese cambio en su aspecto exterior, y hacen de éste un componente tan rígido de su política que para ellos un cambio de imagen o vestimenta sería como si se derrumbara un edificio ideológico que ellos consideran sólido y coherente.

Pero no sólo en la política. Somos tan esclavos de la apariencia externa que dedicamos más tiempo a mirar la de los demás que se gastan centenares de gigas, por no decir miles, a comentar en las redes sociales el último corte de pelo de Sergio Ramos, el teñido de la cabellera de Leo Messi o el más reciente tatuaje de cualquier futbolista de Primera División.

Esta dependencia que yo considero enfermiza del aspecto externo es reciente: hace veinte años a ningún político se le ocurría ir con vaqueros a los plenos del Parlamento (Santiago Carrillo fue siempre impecablemente trajead0, y no era menos comunista que Sánchez Gordillo o Iglesias), eran escasísimos los deportistas que tenían obsesión por su cabello y ninguno lucía tatuajes aparatosos en sus brazos o en sus hombros.

Y ahora, a lo que voy: es paradójico que los mismos que desprecian la importancia de lo externo estén a veces más pendientes de su propio aspecto visible que las personas o ideologías que ellos critican. Porque, si el hábito no hiciera al monje, Pablo Iglesias podría ir al Parlamento con un traje de Armani y Rajoy responder a las bravatas del podemita con una camiseta del Deportivo de la Coruña. Y ni una cosa ni otra parecen posibles a corto o medio plazo.

En conclusión, el hábito sí hace al monje, sobre todo en el caso de los monjes que dicen que no les importa el hábito.

martes, 30 de agosto de 2016

Una reflexión sobre una estatua

La primera mitad de agosto la pasé en Alemania, recorriendo varias ciudades y lugares de interés de este país. En Leipzig me llamó la atención una estatua de bronce, situada en una calle peatonal. La estatua es la que aparece en la siguiente fotografía:
Como se puede apreciar, la escultura representa una figura humana sin rasgos definidos -el rostro aparece como hundido sobre los hombros- que da un paso adelante muy pronunciado, con las piernas muy separadas. Cuando me dieron una somera explicación del simbolismo de la estatua me pareció todo un acierto del escultor.
Si miramos la estatua, lo primero que llama la atención es esa zancada, ese enorme y forzado paso adelante: la pierna derecha, larga y recta, parece avanzar con ligereza y convicción hacia un lugar desconocido, pero eso no le resta decisión; la pierna izquierda, por contra, está flexionada y parece resistirse a salir del punto que está pisando. A nadie, evidentemente, se le habrá escapado que el pie derecho está descalzo mientras que el izquierdo calza una bota.
Veamos ahora la parte superior: además de la impersonalidad que denota la ausencia de rasgos faciales (y el oscurantismo de estar hundida sobre el cuello inexistente), llama la atención la posición de los brazos: el derecho, erguido y recto, como la pierna correspondiente, lanza hacia adelante su mano abierta; el izquierdo, a su vez, se lanza hacia atrás, está flexionado y muestra el puño cerrado.
A nadie se le habrá escapado el significado político e histórico de todos estos detalles. La mano alzada al frente representa el nazismo, mientras que el puño cerrado hacia atrás evoca el comunismo. Pero hay más: brazo y pierna derechos están rectos y transmiten una decisión de avanzar sin miramientos, mientras que sus correspondientes de la izquierda están doblados y orientados hacia atrás. Y más todavía: el brazo derecho y la pierna izquierda (saludo a la romana y pie con bota) alegorizan el fascismo con sus connotaciones de jerarquía y opresión, mientras que el brazo izquierdo y la pierna derecha (puño en alto y pie descalzo) son la visualización del comunismo, pues señalan respectivamente la violencia y la miseria que tan equitativamente reparten las doctrinas socialistas cuando son llevadas a la práctica.
Alemania (especialmente la parte oriental, en la que Leipzig tuvo la mala suerte de estar encerrada) ha sufrido en el siglo XX las dos formas de tiranía, el nazismo entre 1933 y 1945 y el comunismo (en la sarcásticamente llamada República "Democrática" Alemana) entre 1949 y 1990. Saben bien, pues, los ciudadanos de Leipzig -la ciudad de la música, por otra parte, la ciudad donde trabajó Bach y donde nació Wagner- lo que es sufrir las más duras tiranías que en el mundo han sido.
Pero lo más interesante, significativo y acertado de la escultura es el cruce de simbolismos que en ella se pueden apreciar: por un lado, el brazo derecho simboliza el fascismo, y la pierna del mismo lado el comunismo, y ambos aparecen rectos y decididos; por otro lado, el brazo izquierdo representa el comunismo, y la pierna correspondiente el fascismo, y ambos están doblados. Es evidente que el autor ha querido transmitir que, a la hora de la verdad, nazismo y comunismo son bastante iguales, si es que no son idénticos en lo realmente importante: la represión de la libertad y la miseria material.
La estatua está en medio de la calle, prácticamente a la altura del peatón, sin nombre ni explicación, sin título ni dedicatoria: quiere ser una advertencia permanente al ciudadano, un recordatorio de lo que han tenido que sufrir en la verdad y, al menos intencionalmente, un aviso a navegantes de que no se entreguen en los brazos de los populismos de uno u otro color, porque a fin de cuentas acaban siempre en una espiral insoportable de sufrimiento, miseria y opresión.
No podemos olvidar, ante esta escultura, que fue precisamente en Leipzig donde empezó, el 9 de octubre de 1989, el movimiento social, pacífico pero firme, que acabó con la caída del Muro de Berlín y del resto de las dictaduras comunistas de la Europa del Este. Como afirma Rosalía Sánchez en El Mundo, "no cabe ninguna duda de que sin un 9 de octubre no hubiera existido un 9 de noviembre. La manifestación que en esa fecha de 1989 tuvo lugar en Leipzig y que reunió a más de 70.000 personas paralizó por primera vez el aparato represivo de la RDA y demostró que una revolución pacífica tenía realmente posibilidades frente a la maquinaria de poder comunista".

sábado, 2 de julio de 2016

Ándeme yo caliente

Como complemento a la anterior entrada de este blog, y con la misma sinceridad con que dije y escribí lo que en ella se contiene, reproduzco a continuación las siguientes líneas:

El pasado jueves 30 de junio asistí, en el IES SÉNECA, a mi último claustro como profesor. Al llegar al apartado de ruegos y preguntas, el señor director cedió amablemente la palabra a los profesores que nos jubilamos este año, y al llegar mi turno dije que agradecía a mis compañeros, y a todos los profesores y alumnos que tuve y he tenido en este Instituto, su cariño y su comprensión durante todos estos años; también les pedí perdón por las veces, que sin duda han sido bastantes, en que no he estado a la altura que debía en lo personal o en lo profesional, y terminé diciendo que esa misma noche se me había aparecido el "espíritu del Séneca" que tan bien conocemos quienes hemos trabajado en esa casa, y que me había dictado la siguiente paráfrasis de una letrilla de Góngora, que escribí inmediatamente y que ahora os reproduzco:

ÁNDEME YO CALIENTE

Ándeme yo caliente
Y ríase la gente.
Traten otros del Gobierno,
de claustros y tutorías,
mientras se olvidan mis días
de las TIC y del cuaderno,
y váyanse pronto al cuerno
el cero y el suficiente,
y ríase la gente.

Coma en dorada vajilla
la señora delegada;
¿Que quiere ser diputada
con un escaño en Sevilla?
¡Yo quiero vida sencilla
rodeado de buena gente!
y ríase la gente.

Cuando haya que celebrar
reunión de Departamento,
yo pasaré ese momento
tomando café en un bar,
o a la orillita del mar
bajo el sol que más caliente,
y ríase la gente.

Pida con cara de bueno
el inspector más papeles;
yo viajando y en hoteles,
–de competencias ajeno–
viviré mi vida lleno
de júbilo y aliciente,
y ríase la gente.

Adiós, claustros prolongados,
notas, guardias, correcciones,
exámenes y evaluaciones,
firmas, partes y tinglados;
que van quedando atrasados
mis trabajos de docente,
y ríase la gente.

Pues la Junta fue tan cruel
que nos recortó la paga,
ahora seré yo quien le haga
dura guerra sin cuartel.
He trabajado muy bien
casi treinta y ocho años;
pues sepan esos tacaños
que viviré hasta los cien.
De modo que pensionista
cuatro décadas seré,
que preparen el parné
mientras tal plazo persista.
He ejercido la enseñanza
con mucha y muy buena gente,
cariñosa y eficiente
que se ganó mi confianza.
Vivamos con esperanza,
disfrutemos del presente…
¡¡¡Y ríase la gente!!!

miércoles, 22 de junio de 2016

El espíritu del Séneca, cincuenta años después


«El espíritu del Séneca, cincuenta años después»
Antonio Varo Pineda
(Palabras pronunciadas en el acto de clausura del 5o aniversario del traslado del IES Séneca de Córdoba, en presencia de la Consejera de Educación de la Junta de Andalucía, Excma. Sra. Dª Adelaida de la Calle Martín, y del director del IES Séneca, Ilmo. Sr. D. José Luna Jurado)

Excelentísima señora consejera, dignísimas autoridades, compañeros de Claustro y amigos, alumnos y antiguos alumnos, señoras y señores:

Quienes entre estos muros, sobre todo en estas aulas y pasillos, hemos pasado años decisivos de nuestra vida, ya sea en el período de formación como alumnos o en nuestra dedicación como docentes, solemos hablar, medio en broma medio en serio, de lo que llamamos «el espíritu del Séneca». Y es que estos muros, aunque sólo tienen 50 años, albergan un tesoro cultural y educativo del que sólo unos pocos institutos españoles pueden jactarse. Y siempre que hemos vivido jornadas importantes de celebración festiva, de trabajo intenso o de reconocimiento público, siempre que los miembros de la comunidad educativa hemos hecho piña para afrontar un proyecto ilusionante, hemos invocado a este espíritu benévolo, que sin duda debe de estar revoloteando satisfecho por este salón de actos.
«Todo pasa y todo queda». Bien vienen siempre los versos de don Antonio Machado ‒catedrático de Instituto, por cierto, una categoría profesional desaparecida en la práctica‒ para emprender la andadura de estas palabras que sólo quieren ser una modesta reflexión al hilo de los 50 años que el Instituto Séneca ha cumplido en el edificio que ahora nos acoge.
«Todo pasa y todo queda, / pero lo nuestro es pasar», sigue diciendo el poeta. Lo nuestro es pasar por donde antes han pasado otros, y lo nuestro es que dejemos el relevo a quienes nos reemplacen cuando haya terminado nuestra etapa. Pero no sólo pasamos, porque en toda actividad humana hay siempre algo que queda: el caminante pisa una sola vez cada tramo del camino, pero si su andadura es pausada y consciente quedará sobre la tierra una huella que, al menos durante un tiempo, dejará constancia de que por allí transitó un ser humano con su carga de sueños, esperanzas y alegrías, y también de decepciones, tristezas y amarguras. Porque de eso se trata: de dejar huella, de que el camino de la vida, en el tramo en que nos haya sido dado recorrerlo, se encuentre continuamente enriquecido con las pisadas de quienes han pasado por él. Y no se trata ya, en el caso del Instituto Séneca, de buscar un reconocimiento institucional, aunque de vez en cuando ‒raramente, la verdad‒ éste se produzca: lo digo porque en calles o instituciones de Córdoba encontramos algún que otro nombre de personas que ejercieron la docencia en este centro, como Luis María Ramírez de las Casas-Deza, Rafael Vázquez Aroca, José María Rey Díaz, Ricardo Molina o Luisa Revuelta, por poner sólo ejemplos destacados. Porque, aunque a veces ‒pocas veces, repito‒ se produzca un reconocimiento oficial, éste no debe ser el objetivo de nuestro trabajo, ya que la verdadera huella, la más valiosa impronta que podemos dejar es la de la satisfacción del deber cumplido y la contemplación, pasado el tiempo, de cómo los alumnos que pasaron por nuestras aulas se han abierto su propia ruta en los senderos de la vida, y cómo a veces volvemos a coincidir con ellos en un plano de igualdad, quizá también como compañeros docentes.
Todos los que estamos aquí hemos llegado al Séneca en un momento de nuestras vidas, unas veces para formarnos como alumnos y otras para ponernos delante de la pizarra y transmitir la ciencia a los discentes. Algunos, incluso han podido ‒hemos podido, gracias a Dios‒ trabajar en estas aulas desde los dos lados de la tarima, y creedme que es una satisfacción buscar a veces, en las miradas luminosas e inocentes de nuestros alumnos, algún reflejo de las miradas luminosas e inocentes que, sin duda alguna, también pusimos nosotros alguna vez en las explicaciones del profesor.
En este medio siglo hemos pasado del Plan de Bachillerato de 1957, que regía en 1966, a los primeros pasos de la Lomce, pasando ‒por citar sólo las líneas generales‒ por la Ley General de Educación de 1970 y la Logse de 1990. En el día a día del Instituto, y en paralelo a estos cambios en la regulación, hemos visto también el paso del meyba azul marino al chándal de diseño, el cambio de la tiza por la veleda, la sustitución de la goma de borrar por el típex, el tránsito de la necesidad indiscutida de repetir si había más de dos suspensas al aprobado «por imperativo legal», la evolución desde el proyector de diapositivas (o del retroproyector, o del proyector de opacos) a la pizarra electrónica, el trueque de la «falta de orden» por el parte de apercibimiento, la caída en el olvido de la regla de cálculo, sustituida primero por la calculadora y después por el ordenador, el progreso desde las modestas excursiones pedestres al santuario de Linares a los intercambios internacionales institucionalizados… y la conversión de las gamberradas de toda la vida en los «comportamientos disruptivos» contemporáneos.
No disponemos de cifras exactas, pero no nos equivocaremos demasiado si decimos que en estos 50 años han pasado por aquí un millar aproximado de profesores y bastante más de 10.000 alumnos, muchos de los cuales ocupan hoy lugares de responsabilidad en ámbitos tan variados la medicina, la educación, el periodismo, la empresa, el derecho, la política, la milicia, la administración o la Iglesia. Ellos han sido la razón de ser de todos los trabajos que aquí se han llevado a cabo, y ellos han llevado a sus tareas profesionales, posiblemente sin saberlo, el tono alegre, laborioso y tolerante del «espíritu del Séneca».
Pero, con permiso del poeta Jorge Manrique, hay que matizar muy mucho eso de que «cualquier tiempo pasado / fue mejor». Por supuesto el pasado tampoco es peor por el mero hecho de ser pasado: cada tiempo tiene sus luces y sus sombras, sombras y luces que a veces no se ven en la inmediatez que nos deslumbra, y hay que esperar a que nos alejemos de los focos de la cercanía para ver con nitidez el lugar en que estuvimos.
Porque en este medio siglo hemos visto muchas luces: el crecimiento exponencial de la población escolarizada, la ampliación y universalización de la enseñanza obligatoria, la gratuidad de dicha enseñanza, la generalización de la enseñanza mixta en todos los centros públicos y concertados, la incorporación de las nuevas tecnologías, la apertura a Europa en programas como Comenius o la participación de todos los componentes de la comunidad educativa (profesores, padres, alumnos y personal de administración y servicios) en órganos oficiales para la toma de decisiones.
Pero ha habido también sombras, y no podemos ni queremos negarlo, porque sombras son sin duda la reducción paulatina, pero imparable, de horas lectivas en asignaturas como la Lengua Española, el arrinconamiento de los estudios humanísticos que deja como residuales materias tan básicas como el Latín o la Filosofía, o ‒lo que es aún más preocupante‒ el descenso vertiginoso de la consideración social de la figura del profesor, la pérdida de la autoridad del docente y el incremento desmesurado, sobre todo en los últimos años, de las tareas administrativas y burocráticas que enmarañan el verdadero y principal trabajo del profesorado. 
Precisamente para contemplar, con cariño y con ternura, pero también con rigor inteligente y con sentido crítico, los 50 años de luces y sombras transcurridos en este edificio, se han celebrado las actividades especiales que han jalo-nado este curso y parte del anterior. Hemos tenido presentaciones de libros, exposiciones de material histórico del centro ‒ya sea fotográfico, documental, didáctico, bibliográfico o administrativo‒, convivencia con antiguos alumnos, reconocimiento a profesores veteranos, conferencias de alto nivel científico pronunciadas por destacados especialistas, visitas de personas relacionadas con la historia del instituto, acuerdos de claustro para revocar decisiones adoptadas en tiempos convulsos por nuestros predecesores, actividades musicales y festivas… todo ello, entreverado con naturalidad con el día a día de las clases, las evaluaciones, las actividades vinculadas a celebraciones institucionales, los viajes de estudios y un largo etcétera del que toda la comunidad educativa ha sido a la vez protagonista y testigo.
Con estos actos, que hoy cerramos, hemos querido mirar atrás para reconocernos, y también ver muy claro el presente en que vivimos para impulsar el camino hacia el futuro, dejando en manos de las nuevas generaciones la prosecución de una labor, la educación, que tiene horizontes pero no límites, porque es precisamente la educación, el amor al saber, la formación en la autoexigencia y la preparación para el trabajo y la convivencia armónica lo que define lo mejor del ser humano. De todo eso sabe mucho el «espíritu del Séneca» del que venimos hablando, y es algo cuya transmisión tenemos a gala quienes trabajamos como docentes en esta casa.
En el emblema de las Facultades de Filosofía y Letras, como la que acogió a quien les habla cuando cursó sus estudios, se puede ver una antorcha encendida que se cruza con una columna estriada rota: la columna representa el pasado y la antorcha la pervivencia de su legado y la entrega a los que vienen camino del futuro. Quizá no haya una alegoría más bella de lo que es la educación, sobre todo en la etapa maravillosa de la adolescencia a la que dedicamos nuestros afanes.
Con el cuidado escrupuloso que merece nuestra historia y nuestro patrimonio, con todo lo que constituye la esencia de este centro, entregamos con alegría la antorcha encendida del saber a quienes vienen llenos de energía y de esperanza para proseguir en la nobilísima tarea de la educación en el Instituto Séneca de Córdoba.
Muchas gracias.

lunes, 21 de marzo de 2016

Fe en la ciencia

A veces oigo la expresión «tengo fe en la ciencia», por ejemplo cuando un enfermo se pone en manos de los médicos para curar una dolencia o enfermedad.

La expresión me hace gracia, porque tener fe en la ciencia es un oxímoron: no digo que la creencia sea incompatible con la ciencia, pero sí que sus caminos, sus medios y sus fundamentos son distintos. Se puede tener fe sin ser científico, y se puede ser científico sin tener fe, como se puede ser científico y creyente al mismo tiempo.

Pero el motivo de estas líneas es más trivial. Resulta que ayer, Domingo de Ramos, una cofradía salió en Córdoba cuando todas las previsiones meteorológicas aseguraban que no habría precipitaciones en las seis o siete horas durante las cuales haría su procesión por las calles. Había llovido fuerte, muy fuerte, por la mañana (lo que ocasionó destrozos de consideración en la cofradía que, por la mañana, había tenido la imprudencia de salir) y con menos contundencia pero la suficiente intermitencia y entidad como para que por la tarde las demás fueran más prudentes (sólo salió una y se tuvo que volver a las dos horas de su inicio).

La cofradía de la que hablamos -la Oración en el Huerto- retrasó casi una hora su salida, y cuando finalmente lo hizo, al borde de las ocho de la tarde, caía con suavidad el último chaparrón de la jornada; mejor dicho, el que estaba previsto que fuera el último. De hecho, antes de salir el primer paso, las nubes se retiraron -al menos hicieron el amago- para permitir que la luna se asomara casi llena al compás de San Francisco y que algunas estrellas -incluso algún satélite artificial- se dejara ver con claridad en el cielo azul oscurecido.


La gente se ilusionó pensando en que al menos una procesión iba a cubrir su recorrido por completo en la primera jornada procesional, y seguramente la misma cofradía, sus dirigentes, se veían ya protagonizando una noche gloriosa, en la que sus titulares serían acompañados por una multitud entregada a la búsqueda de sensaciones.

Los pasos salieron, en efecto, entre el entusiasmo de las personas que llenaban el Compás. Todo anunciaba una agradable compensación a los malos tragos que la mañana y la tarde habían deparado a los cofrades.



Poco después de las nueve de la tarde el cortejo en pleno de la cofradía estaba en la calle y se dirigía a carrera oficial para continuar después camino de la Catedral. Pero sobre las nueve y media comenzó a llover de forma inesperada, y la hermandad de la Oración en el Huerto se tuvo que volver precipitadamente a su templo.

Hasta aquí los hechos vistos desde fuera. Al parecer, la cofradía había estado en todo momento en contacto con la Aemet (Agencia Estatal de Meteorología), no sólo mediante la aplicación de los teléfonos móviles, sino también de forma directa y personal con técnicos de dicha Agencia. Y aquí viene el problema: nos aseguran que dichos técnicos garantizaron que, en efecto, el leve chubasco que descargó sobre Córdoba en torno a las ocho de la tarde iba a ser el último en un margen de tiempo suficiente como para que la cofradía recorriera sin más incidencias y al completo su itinerario previsto. Incluso nos han dicho que, ya iniciada la procesión y antes de que volviera a llover, los meteorólogos se pusieron en contacto con los responsables de la hermandad para avisarles de que un chaparrón imprevisto estaba a punto de descargar sobre la ciudad.

Ahora, como suele ocurrir, se pretende que la responsabilidad de lo ocurrido, es decir, del frustrado intento procesional, es de los meteorólogos que aseguraron que no llovería para después, cuando ya era demasiado tarde. (El mantra de que la culpa siempre es de otros, en este caso los meteorólogos que fallaron, merece un comentario por su preocupante extensión a todos los ámbitos de la vida personal, social y política, pero no nos vamos a detener en ello ahora).

El problema, sin duda, es el que abría estas líneas: la fe en la ciencia: «Si los meteorólogos han dicho que no lloverá, no lloverá; ellos saben de esto y podemos confiar», pensarían los cofrades del Huerto. Confiaron y pasó lo que pasó, pero estos cofrades quedaban libres de la responsabilidad de la decisión, tomada en el altar sagrado de la ciencia. Hace pocos años ocurrió algo parecido un Viernes Santo con la hermandad de los Dolores, a la que un fortísimo aguacero sorprendió en la calle Blanco Belmonte: las previsiones meteorológicas aseguraban que no les llovería y, confiados en ellas, la hermandad decidió salir olvidando algo tan obvio como mirar la extensión, la densidad y el color de las nubes que cubrían el cielo cordobés aquella tarde.

Olvidamos que la meteorología no es una ciencia exacta, como no lo son la medicina, la economía, la química, ni la física ni mucho menos la sociología, la filología o la antropología. En todo lo que no sean las matemáticas -y a veces también en ellas- hay que dejar abierta la puerta del azar, esa fuerza que pone de los nervios a nuestra autosatisfecha condición de seres racionales. Y en meteorología, que es lo que aquí nos ocupa, dejar la puerta abierta al azar se traduce sencillamente en suspender la salida procesional con independencia de lo que dijeran los meteorólogos.

Lo que estamos comentando ocurre con mucha frecuencia en medicina: «Hay que hacer tal cosa porque lo dice el médico», y lo hacemos tranquilamente, confiados en la preparación de los galenos, pero si el enfermo muere o no mejora, la culpa es precisamente del médico, ¿de quién si no?. Porque cuando ocurre algo que escapa a nuestras posibilidades siempre hay un otro en quien descargar el pesado fardo de la responsabilidad personal.

Creemos ciegamente en lo que dice la ciencia, y soy consciente de la paradoja que la frase encierra. Estamos en un mundo que pretende que la ciencia, la Ciencia -hay quien la escribe ya con la mayúscula que le quita a Dios- tiene siempre la última palabra: ella nos sacará de dudas y nos resolverá los problemas; eso, al menos, es lo que queremos, o lo que creemos, o lo que queremos creer.

Pero no. La Ciencia, incluso escrita con mayúscula, no es nada más que un montaje de los humanos para tratar de abarcar la realidad con nuestras medidas y parámetros. Un montaje, desde luego, sólido en bastantes ocasiones y cimentado en la roca de la razón; pero la roca de la razón a veces tiene grietas, y la ciencia es una construcción interminable, siempre cubierta de andamios y estructuras provisionales, y ya sabemos que en una obra, por mucho que se esmeren los instrumentos y se afinen criterios de prevención de riesgos laborales, siempre hay un margen para que un operario -incluso cumpliendo a rajatabla la normativa- resbale de un andamio y dé con sus huesos y su vida en el suelo, que ese sí que es un criterio infalible.

La ciencia racionalmente asumida es un proyecto que avanza lentamente, con retrocesos y rectificaciones, siempre provisional y siempre abierta a nuevas hipótesis aun a riesgo de tener que desmontar en parte o en todo el edificio del conicimiento (o al menos su andamiaje). La Ciencia, con mayúscula, es una religión en la que se cree o se puede creer con sinceridad y convicción, con la misma sinceridad o convicción en que un católico puede creer en la transustanciación, pero también con el mismo fundamento racional o lógico, es decir, ninguno.

La ciencia no cubre todas las posibilidades ni es capaz de prever todas las eventualidades. Confiar en ella a ciegas es signo de imprudencia e inmadurez. Y encima, a diferencia de la religión, no nos da ni siquiera la esperanza de una vida eterna.

(La hermandad de la Oración en el Huerto me habría ahorrado todo este tostón suspendiendo sencillamente su salida).