martes, 20 de febrero de 2018

Portavozas y cofradas


Reconozco de entrada que no tengo la altura intelectual ni la capacidad lingüística de Irene Montero. Como carezco de esa altura y —sobre todo— de esa capacidad de usar y manejar la lengua, no he podido llegar a ser el número dos de un partido político de implantación nacional. Estoy frustrado, qué le vamos a hacer.
     Quizá ella, en su alto nivel epistemológico, tiene conocimientos del idioma que los mortales no alcanzamos a vislumbrar, y se permite parir palabras (no sé si tendrá valor para parir alguna vez seres humanos) como ese «portavoza» que sigue generando estupor en quienes no caminamos por las nubes de su Matrix, digo, de su Olimpo. Los mortales pensamos que esa palabra es una atrocidad porque, en nuestra ignorancia, alegamos que la palabra «voz» lleva ya implícito el género gramatical femenino sin necesidad de morfema alguno, como le ocurre a «mesa», «pluma» o «canción» (y, en el masculino, a «coche», «brazo» o «cielo»). Pero claro, es que los demás somos unos analfabetos y ella es una gran maestra de la lingüística, como bien debe de saber su líder Pablo Iglesias Turón.
     Pero bueno, una vez reconocida mi inferioridad, vamos al tema. Hace pocos días, en un escrito para el blog de mi hermandad, utilicé la palabra «cofrada» para referirme a una mujer que pertenece a la cofradía. En menos de diez minutos recibí dos mensajes de personas que se habían sorprendido por el uso de tal vocablo, seguramente desconocido para ellas. Ahora voy a detallar mi explicación.
     La palabra «cofrada» existe, no la he inventado yo ni ha sido una Irene Montero de las cofradías actuales la pionera en reivindicarla. Hay que irse un poco más lejos: exactamente, como mínimo, a 1537. De ese año datan las reglas de la Hermandad del Santísimo Sacramento de la antigua parroquia de la Magdalena de Córdoba, que investigué a fondo hace más de treinta años. El capítulo tercero de dicha regla dice literalmente lo siguiente:
«Ordenamos y tenemos por bien que cuando se hubiere de recibir algún cofrade, no se reciba sino en uno de estos tres cabildos arriba dichos, o en la fiesta que se hiciere en el año o cuando al nuestro hermano mayor con sus oficiales les pareciere, entrando con su cirio como los nuestros hermanos, y así mismo la mujer cofrada, y esto no pudiendo servir pague tres reales de excusada».
     Hasta cuatro veces aparece el vocablo en la citada regla, y ya en el apartado que acabamos de reproducir se aprecia —por cierto— que las mujeres tenían las mismas obligaciones que los hermanos varones.
     Como vemos la palabra «cofrada» existe desde hace más 480 años… como mínimo. Otra cosa es si debemos considerarla gramaticalmente correcta o no. Y la respuesta es no. El femenino «cofrada» se ha formado por analogía, sustituyendo la –e final por una –a: es el procedimiento indebidamente usado aún hoy día, cuando en aras de eso que llaman «visibilizar» a la mujer se cometen tropelías como hablar de «presidenta», cuando la –e de «presidente» procede de un participio de presente del latín que tenía la misma forma para el masculino que para el femenino. No se hace esa barbaridad en palabras como «estudiante» o «dirigente» (que procede de un participio de presente exactamente igual), y a nadie se le ha ocurrido decir «estudianta» o «dirigenta»… hasta que venga otra Irene Montero u otra Bibiana Aído (aquí la excelencia intelectual alcanza niveles galácticos; vamos, que me he puesto de pie con veneración cuando he tecleado este eximio nombre).
     Pero «cofrada» es incorrecta por otra causa. Supongo que cualquier lector sabrá que la palabra «cofrade», en masculino, es el resultado de unir el prefijo «co–» (procedente de la preposición latina CUM, que significa «con» y añade el matiz general de ‘unión’) con la raíz FRATER, que como es bien sabido significa ‘hermano’. El problema es que el femenino de FRATER no se forma en latín sustituyendo una terminación generalmente masculina por otra femenina, como ocurre por ejemplo en AMICUS y AMICA (‘amigo’ y ‘amiga’ respectivamente). Como en otras palabras de uso muy común, la diferencia entre masculino y femenino se marca no mediante un morfema, sino a través de un cambio de lexema, de raíz: en latín ‘hermana’ se dice SOROR, de donde viene el «sor» que ponemos por delante del nombre de una mujer cuando se hace monja. Por tanto, la forma gramatical y etimológicamente correcta de formar el femenino de «cofrade» sería usar «*cosoror», «*cosor» o algo así: lo que ocurre es que cuando la palabra «cofrade» se puso en marcha (hay que situarse en la Baja Edad Media), hacía tiempo que se había olvidado esta distinción léxica FRATER / SOROR al quedar absorbida por la distinción «hermano»/«hermana», y este olvido es sin duda la causa de la formación analógica de «cofrada».
     Aprovechamos para decir que el vocablo que sustituyó en la lengua habitual a FRATER procede de otra voz latina, GERMANUS, que en principio era sólo un adjetivo que se unía a FRATER y significaba ‘de padre y madre’, de modo que en latín se llamaba FRATRES GERMANI (en plural) a los hermanos que compartían a ambos progenitores. La expansión del Cristianismo y sus valores morales hizo que la inmensa mayoría de los FRATRES fueran GERMANI, aunque seguía habiendo hijos extramatrimoniales o prematrimoniales. Debe quedar claro también que esta voz GERMANUS no tiene nada que ver con otra palabra exactamente igual que designaba a los germanos, habitantes de un pueblo del Imperio, hoy llamado Alemania: es pura coincidencia, vamos.
     Por cierto, la actual evolución de las costumbres, con muchos hijos únicos y abundantes divorcios y parejas con hijos de relaciones anteriores nos ha llevado a que haya personas que tengan FRATRES pero no GERMANI.
     En resumen, «cofrada» es una palabra que existe, puede usarse y debe usarse, aunque su formación gramatical sea inicialmente incorrecta. Y no se la tenemos que agradecer a Irene Montero.


lunes, 11 de diciembre de 2017

Las otras Sijenas

Se habla mucho en estos días del Tesoro de Sijena. ¿Qué tal si recordamos las innumerables Sijenas pequeñitas, que suman un Tesoro, con mucho, más importante que el que ha estado secuestrado por los catalanes durante casi medio siglo? Me refiero a las obras de arte religioso despreciadas, malvendidas, destrozadas, arrinconadas o directamente destrozadas POR LA PROPIA JERARQUÍA ECLESIÁSTICA. Resulta que en lo de Sijena tiene parte de la responsabilidad, y no poca, la propia Iglesia Católica, empezando por el Vaticano. Pues vean, vean...Y esto es de más cerquita...

Lo que ven sobre estas líneas es una foto que hice el pasado jueves 23 de noviembre, en la primera sesión del Congreso de Cultura Mozárabe. Se trata de una preciosa virgen tardogótica, del siglo XV o principios del XVI, con la policromía muy bien conservada, que estuvo en la parroquia de San Pedro hasta que alguien (¿digo el nombre?) decidió que no quería que siguiera allí. Pues bien, esa obra de arte, de la que ya hablé en este mismo blog hace un tiempo, estaba así, ARRINCONADA en una sala del Palacio Episcopal. He visto a esta misma imagen otras veces en el Palacio Episcopal, y en distintos lugares, pero SIEMPRE ARRINCONADA. Esto es de vergüenza, señor obispo, señora Muñoz, señores canónigos, párrocos, sacerdotes o quienquiera que sea el responsable. Si yo hubiera querido, a esa Virgen le hubiera dado un arañazo, o le hubiera pintado un bigote con rotulador, y NO HUBIERA PASADO ABSOLUTAMENTE NADA, porque nadie se habría dado cuenta, dado lo oscuro del lugar en ese momento. ¿Nos quejamos de lo que han hecho los catalanes con Sijena? ¿Y qué hacemos con los miles de Sijenas que, con todas las bendiciones de la Iglesia, se han perpetrado en España en los últimos 50 años? Nunca se podrá hacer el inventario de los miles de cuadros, imágenes, retablos, piezas de orfebrería, ornamentos litúrgicos, libros antiguos y demás obras de arte del patrimonio artístico de la Iglesia que, desde el aquelarre que siguió al Vaticano II, han sido destruidas, saqueadas, expoliadas, malvendidas o directamente robadas con la anuencia, la indiferencia, la acción directa o la omisión consciente (y a veces el beneficio económico privado) de párrocos, superiores de comunidades religiosas, canónigos y obispos. Lo que esta foto representa es sólo un minúsculo botón de muestra de esos miles de "Sijenas" que ha habido en toda España. Y ermítanme terminar con una pregunta A QUIEN CORRESPONDA de la diócesis de Córdoba: ¿POR QUÉ NO ESTÁ ESA IMAGEN DONDE DEBE ESTAR, QUE ES LA PARROQUIA DE SAN PEDRO, DONDE DEBERÍAN ESTAR TAMBIÉN, SIN NEGOCIACIÓN, TODOS LOS RETABLOS, CUADROS, PIEZAS LITÚRGICAS Y DEMÁS OBRAS DE ARTE QUE LE FUERON EXPOLIADAS DURANTE EL CIERRE POR LA DESAFORTUNADA (DE JUZGADO DE GUARDIA, VAMOS) RESTAURACIÓN TERMINADA EN 1998? ¿Me va a contestar algún responsable?

sábado, 2 de diciembre de 2017

Dondequiera que estés...

A veces repetimos frases y palabras que escuchamos de otros sin pararnos a reflexionar qué significan, o más exactamente qué implican. Porque si nos detuviéramos a pensar el significado real o las implicaciones de lo que decimos, nos daríamos cuenta, muchas veces, de que la coherencia no forma parte de nuestras prioridades.
Un ejemplo de lo que digo es una frase que, en los últimos tiempos, se repite con frecuencia cada vez que muere algún ser querido, o simplemente un conocido. En realidad, la frase en cuestión se deja decir cuando ha pasado ya un tiempo (aunque sólo sean dos días) del óbito de la persona a la que nos dirigimos.
Porque la frase a que me refiero se dirige no a los más cercanos al difunto para transmitirles nuestra condolencia, sino al propio finado. ¿No han leído o escuchado con frecuencia, últimamente, esa expresión tan peculiar de «Querido X, dondequiera que te encuentres…»?
«Dondequiera que te encuentres». Ahí está la clave de las posibles contradicciones. ¿Dónde «se encuentra» un ser humano después de la muerte? Es evidente que, dicha la frase como se dice, el que la dice tiene que pensar, necesariamente, que el difunto se encuentra en un lugar o al menos en un estado en el que sea capaz de reconocer, escuchar y comprender lo que se le dice. Nadie la habla a una piedra o a cualquier objeto del que sabe a ciencia cierta que no le escucha.
Por tanto, la frase contiene, de forma implícita pero inevitable, la creencia en una vida más allá de la muerte, o al menos de alguna forma de subsistencia consciente. Y aquí viene el problema. Si quien dice la frase no cree en ninguna forma de vida de ultratumba, ¿qué sentido tiene dirigirse así a una persona de la que sabe positivamente que no va a recibir su mensaje? Por otro lado, si la persona que se dirige así a quien ha fallecido es creyente, es decir, acepta la existencia de otro mundo —o de otra dimensión, llámenlo como quieran— donde el alma del difunto existe y es capaz de percibir mensajes desde este lado, ¿qué sentido tiene decir «dondequiera que estés» si quien habla sabe, o cree saber, dónde se encuentra el alma de la persona a la que le habla?
Dicho de otra forma: si usted no es creyente, si no acepta que después de la muerte quede absolutamente nada de la persona con vida consciente, ¿por qué le habla? Lo coherente sería dejar de hablarle a esa persona en segunda persona —«tú»—, para insertarlo exclusivamente en el ámbito distante y más aséptico de la tercera persona: «él», «ella». Olvídese de hablarle a quien no va a recibir su mensaje.
Si, por el contrario, usted es creyente, tiene que creer que el finado, o su alma, está en alguna situación capaz de captar sus palabras y reconocerlas como dirigidas a él mismo. ¿Cuál es ese lugar o ese estado? Para los católicos sólo hay tres lugares posibles: el cielo, el purgatorio y el infierno. Y en ningún caso, por muy creyentes que seamos, tenemos la certeza absoluta (sólo la convicción) de que un amigo o familiar nuestro que acaba de fallecer esté en una u otra de cualquiera de esas tres posibilidades. Por tanto, podría tener sentido que usted se dirigiera a un ser querido que acaba de morir usando la consabida frase… siempre que asuma el riesgo de que esté en el infierno, en cuyo caso, sin duda alguna, no le apetecerá lo más mínimo (al alma del muerto) recibir mensajes desde este lado. Eso sí, si está en el cielo o el purgatorio, la fe nos dice que puede ayudarnos desde allí.
En resumen: si usted no cree que haya vida más allá de la muerte, no se dirija a un fallecido diciéndole eso de «dondequiera que estés». Sea coherente: si usted no es creyente, su amigo, compañero o familiar fallecido no está en ningún sitio, porque es sólo un amasijo de materia orgánica en descomposición o un montón de cenizas.

viernes, 17 de noviembre de 2017

Acisclo, Asciscle, Assiscle, Iscle…

San Acisclo y Santa Victoria reciben veneración o dan nombre desde hace siglos a ciudades, pueblos y castillos en el sur de Francia y en Cataluña


San Acisclo y Santa Victoria, patronos de Córdoba y de su diócesis, dan nombre —juntos o por separado— a varias instituciones, calles y empresas de nuestra ciudad. Sus reliquias, o más bien parte de ellas, se veneran en el relicario de plata que se custodia en la Basílica de San Pedro.

Hasta aquí, todo normal. Pero es posible que muchos cordobeses ignoren que sus santos patronos, cuyo día celebra hoy de forma oficial sólo la Iglesia local, y con el rango máximo de solemnidad, tienen también lugares con sus nombres en otras partes de España… y de fuera de ella.
Relicario de San Acisclo y Santa Victoria en la Basílica de Saint Sernin (Toulouse)

Relicario de San Acisclo en la Basílica de Saint Sernin (Toulouse)
Relicario de Santa Victoria en la Basílica de Saint Sernin (Toulouse)
El pasado verano, en un viaje por el sur de Francia, me llevé una gratísima sorpresa cuando, en la magnífica basílica románica de Saint Sernin, de la ciudad de Toulouse, me encontré hasta tres relicarios donde se veneran reliquias suyas. De golpe recordé que, en el Opúsculo martirial que Antonio Moyano publicó en 1958 (y que se reeditó en 1975 y en 2005), ya mencionaba que la mayor parte de los restos de los patronos de Córdoba se trasladaron en la Edad Media a la ciudad francesa, con el fin de evitarles el riesgo de profanaciones por los musulmanes que por entonces gobernaban en el sur de España, y no siempre con la cacareada tolerancia que hoy se repite acríticamente. No son, desde luego, las reliquias de los dos hermanos las únicas que emprendieron viaje al norte: basta citar, por ejemplo, que los restos de San Eulogio de Córdoba se custodian en la catedral de Oviedo o que en Carrión de los Condes (Palencia), un magnífico monasterio gótico, hoy convertido en hotel de lujo, lleva el nombre de otro mártir cordobés, San Zoilo, porque en la iglesia de dicho cenobio se conservan parcialmente sus restos.

El dato de que las reliquias de San Acisclo y Santa Victoria lo tomó sin duda Moyano del Catálogo de los Obispos de Córdoba y breve noticia histórica de su Iglesia Catedral y Obispado, de Juan Gómez Bravo (1778), pero no sabemos de dónde, a su vez obtuvo este autor la noticia del paradero de esos restos. El hecho es que en la cripta-ábside de Saint Sernin de Toulouse se exhiben en lugar de honor los tres relicarios citados: uno en forma de arca, situado en una hornacina del ábside, y los otros dos con forma de busto de los dos santos, emplazados en el corazón de la cripta. Hay que decir que la basílica de Saint Sernin contiene una amplia colección de reliquias de santos de las más diversas procedencias, y fue desde la Edad Media destino de peregrinaciones multitudinarias.

Llevado por la curiosidad, tras el hallazgo de Toulouse, he puesto los nombres en francés de los dos santos —«Saint Asciscle et Sainte Victoire»— en los buscadores de internet y me he encontrado con bastantes localizaciones, todas ellas próximas entre sí: en Francia en el departamento de los Pirineos Orientales, en le región (que fue española durante siglos) del Rosellón, y también en en Cataluña, sobre todo en las provincias de Gerona y Barcelona.

Pirineos Orientales

Por ejemplo, en Angoustrine-Villeneuve-des-Escaldes, una pequeña población del departamento de los Pirineos Orientales, lleva su nombre una iglesia de estilo románico que, según Wikipedia, aparece mencionada ya en 1249. En el mismo departamento, varios pueblos más tienen iglesias con sus nombres: en Sorède hay una iglesia de «Saint Asciscle et Sainte Victoire», erigida inicialmente en 1051 pero reconstruida en varias ocasiones, otra de «Saint Asciscle» en la aldea de Trouillas, también de antiguo origen medieval, y finalmente una más en Mudaison, que lleva el nombre de los dos hermanos mártires y de la que el único dato que hemos podido recabar es que se empezó a construir en el siglo X y se completó en el XII.
Iglesia de San Acisclo y Santa Victoria en Sorède (Francia)
Todavía en Francia, y en una ciudad de la importancia de Perpignan, todo un barrio lleva el nombre de «Sant Assiscle» (sic), aunque, por lo que se puede ver en internet, es un distrito con alto porcentaje de población marginal y de elevada inseguridad ciudadana (en algún sitio he visto que lo comparan con el Molenbeck de Bruselas). En dicho barrio hay una parroquia que lleva el mismo nombre, pero es de muy reciente construcción.

En Cataluña

Llevan también el nombre de nuestro patrón varios pueblos de Barcelona; en la comarca del Maresme se halla San Acisclo de Vallalta (en catalán, Sant Iscle de Vallalta), que cuenta menos de dos mil habitantes; por cierto, el pasado 1 de octubre los parroquianos, para despistar a la Guardia Civil el día del referéndum, convirtieron la sala de votación «como por arte de magia», según un periódico local, en un campeonato de dominó, ya que lo tenían todo preparado para cuando llegaran los agentes. No deja de ser curioso que, en un pueblo catalán con nombre de santo cordobés, se haya utilizado el dominó como tapadera.
Iglesia de San Acisclo y Santa Victoria en la Bages (Gerona)
Por su parte la comarca del Bagès, también en la provincia de Barcelona, tiene cerca de Manresa una pequeña aldea llamada Sant Iscle de Bages, donde hay una iglesia de «Sant Iscle i Santa Victòria»: se trata de un interesante templo cuyo nombre aparece ya documentado en el año 950. De la misma época es una pequeña y sencillísima ermita de «Sant Iscle i Santa Victòria» que hay en Sabadell.

Llevan el nombre de Sant Iscle dos castillos, actualmente en ruinas, en las localidades de Vedreres y Santa Pau, ambos en la provincia de Gerona. También en esta provincia hay algunos negocios que llevan que llevan este título como nombre comercial: en Sant Feliu de Pallerols hay una empresa de jardinería y viveros, y en Breda una granja.

miércoles, 16 de noviembre de 2016

Tolerancia: la vista no ofende

Veo en Facebook un vídeo, que no voy a enlazar para no darle publicidad a los imbéciles, en el que un grupo de musulmanes, entre gritos, arrojan objetos sobre un árbol de Navidad antes de derribarlo.

Lógicamente el hecho ocurrió en una ciudad de esta vieja y decadente Europa, y habrá quien piense que, por tolerancia y respeto a los no cristianos, no se debería haber puesto, como -piensan los mismos- no se deberían poner belenes en las escuelas públicas (pero sí hacer el gilipollas con Halloween y similares).

Vamos a ver. Yo soy tolerante y quiero serlo, pero ¿qué es la tolerancia? Sea ésta lo que sea -y voy a dar la definición en breve- para que tenga sentido tiene que se recíproca, es decir, yo sólo puedo ser tolerante contigo, sólo estoy obligado a ser tolerante conmigo, si tú lo eres conmigo y en la misma medida. Si no, rompemos la baraja y nos damos licencia mutua para practicar actos de intolerancia.

La tolerancia no consiste en no matar al que no piensa como tú, que eso es obvio (y en esto ya difiero de algunos radicales musulmanes, como de algunos comunistas, nazis o fascistas, que viene a ser lo mismo), sino en ver como normal que el otro haga lo que considere oportuno en el ejercicio de su conciencia y de su libertad, en la misma medida -insisto- en que él vea normal que yo haga lo que considere oportuno en el ejercicio de mi conciencia y mi libertad, con el único límite en ambos casos del rechazo explícito al uso de la violencia.

Al parecer a los musulmanes, radicales o no, o al menos a esos musulmanes que vi en el vídeo, les molesta ver un árbol de Navidad en un centro comercial. Bien, ¿y qué? ¿justifica eso que lo ensucien y, finalmente, lo derriben? Yo también veo en los centros comerciales, a diario, muchas cosas que no me gustan. Y no sólo en los centros comerciales, sino en las calles, los cines, los programas de televisión, los autobuses, los periódicos y hasta en las confiterías... y no por eso la emprendo a voces ni a empujones ni a actos de violencia.

Veo niños desnutridos, veo mujeres explotadas u oprimidas (las víctimas de malos tratos o algunas de las que llevan el velo musulmán, por ejemplo), veo gente sin vergüenza ni pudor en jactarse de sus tropelías, veo analfabetos presentando programas de televisión de gran audiencia, veo animales maltratados por personas, veo personas maltratadas por personas que no maltratan a los animales... Veo tantas y tantas cosas que no me gustan, que si hiciera como los musulmanes que he visto en el citado vídeo estaría en la cárcel desde hace tiempo (aunque dudo de que esos energúmenos hayan sido siquiera detenidos o al menos multados).

Señores musulmanes (o cristianos, budistas o bahaistas), la vista no ofende, aunque es cierto que a veces se exponen a la vista cosas (fotos, personas, símbolos) con el objetivo primordial de provocar a quien las mira, pero si éste cae en la trampa y responde con la agresión o la violencia, el problema y el delito son suyos, no de quien exhibe. Si yo veo algo que no me gusta, o miro para otro lado o, si no puedo hacerlo, sencillamente me aguanto. He estado en varios países de mayoría musulmana (Jordania, Egipto, Túnez, Marruecos) y en ellos he visto cosas que no me gustan nada, pero nada de nada, que forman parte de su tradición, su cultura y su fe, y sin embargo no he montado un pollo.

Tolerancia es que quien quiera comer sólo alimentos halal lo haga sin limitación, pero también es tolerancia que a mí me dejen comer sin restricciones legales carne de cerdo. Tolerancia es que quien no quiera ir a una corrida de toros no vaya sin que nadie lo señale con el dedo, pero también que quien quiera ir pueda hacerlo sin ser acosado ni insultado (y lo dicho de los toros es extensible a cualquier otro espectáculo público). Tolerancia es que quien quiera bañarse con el burkini pueda hacerlo siempre y cuando permita que a su lado haya quien se bañe en topless -o incluso completamente desnudo o desnuda- sin que nadie de lo impida. Una mujer en burkini puede no gustarme, pero eso no me autoriza a impedir que ella haga lo que quiera: a ella o a su marido puede no gustarle tener en la sombrilla de al lado a una mujer en topless, pero serían intolerantes si le dijeran algo o, sencillamente, se fueran a otro sitio.

Yo creo que a todos se nos llena la boca con la palabra "tolerancia", pero a la hora de la verdad nos cuesta trabajo asumirla en la práctica hasta sus últimas consecuencias.

Charcutería vegetal y talibanismo gastronómico

Ayer estuve en Mercadona y vi algo que me hizo pensar.
En la sección de charcutería (no en la de frutas y verduras) vi que exponían un preparado artificial, totalmente artificial, con apariencia de chopped, pero que no era chopped: era un embutido vegano compuesto en exclusiva por componentes de origen vegetal.
Compré el formato más pequeño de la cosa y al llegar a casa lo probé: tenía la misma forma (cilíndrica) que un embutido cárnico normal; el producto tenía el mismo color rosa pálido, la misma consistencia y el mismo sabor que un chopped light de los que últimamente abundan en el mercado.
La pregunta es: ¿tanto añoran los vegetarianos y/o veganos los productos cárnicos, tan sabrosos y saludables ellos, como para imitarlos en su forma externa? ¿tienen que darle forma cárnica a sus alimentos exclusivamente vegetales para hacerlos atractivos a la vista, el tacto y el paladar?
Yo soy omnívoro, es decir, como carne, pescado, fruta y verdura cada vez que quiero sin tratar de justificarme: no descarto nada que tenga buen sabor y me aporte vitaminas o proteínas. Y seré omnívoro mientras un médico no me obligue -con buenas razones en defensa de mi salud- a renunciar a alguno de los alimentos que acabo de mencionar.
Es más: el complejo lo padecen (quizá por su alimentación incompleta) los vegetarianos y/o veganos, no yo. A mí nunca se me ocurrirá pedir en Mercadona o en un restaurante un chuletón de ternera que tenga el aspecto, el color, la textura y el sabor de las acelgas, ¡Dios me libre! Yo, si quiero un chuletón de ternera, quiero que tenga aspecto de... chuletón de ternera.
Si los vegetarianos y/o veganos -talibanes de la alimentación, fundamentalistas de la mesa- apetecen o comen alimentos vegetales con aspecto, color y sabor de cárnicos son ellos los que tienen que dar explicaciones. Yo, desde luego, seguiré comiendo de todo.
En realidad me dan pena, porque su opción no ha sido adoptada nunca por razones sanitarias objetivas (cualquier médico en su sano juicio dice que hay que comer de todo, que eso significa dieta equilibrada"). Es por motivos ideólogicos o, peor aún, puramente sentimentales.

lunes, 7 de noviembre de 2016

Políticos y millonarios: una reflexión

En USA, Donald Trump ha sido multimillonario antes de meterse en política y sin cobrar más dinero público que los impuestos que ha dejado de pagar. Pero sin duda no se ha metido en política para ganar dinero.

En España, muertos de hambre sin currículum previo se meten en política y se hacen millonarios (en la Administración central o autonómica), o en el mejor de los casos ven la política como una forma de vivir mejor que antes (en todos los Ayuntamientos, sobre todo de pueblos pequeños, hay ejemplos a patadas de personajes de este tipo).

Es evidente que, puestos a elegir, prefiero un millonario metido en política antes que alguien que se mete en política para ganar dinero (aunque sólo sea para ganar más que antes de estar en la política). Eso no quiere decir que comulgue con la ideología de Trump, que conste.

Siempre he pensado que un político no debería ganar por su cargo ni un euro más ni un euro menos de los que ganaba en su ejercicio profesional anterior; pienso que sería la única forma de asegurar que no se han metido en política para ganar dinero (ni para perderlo) y de que no hubiera ricos que se metieran en política para ser más ricos.

Que conste, lo dicho no tiene nada que ver con la corrupción, me refiero exclusivamente a los ingresos legales y legítimos por el desempeño de un cargo público. Si hablamos de corrupción, y parafraseando a Pablo Iglesias, todos somos corruptos potenciales; añado. además, que no hay vacuna ideológica contra la corrupción, porque hay o puede haber corruptos en todo el arco político (y el que diga lo contrario miente).

Pero vamos al tema que me ha hecho escribir estas líneas: ¿qué es preferible, llegar rico a la política o hacerse rico en la política sin haberlo sido antes?

viernes, 4 de noviembre de 2016

Sobre la salida de Jesús del Gran Poder

Ayer estuve en Sevilla viendo la salida y el traslado de la imagen de Jesús del Gran Poder desde su basílica a la Catedral.
Después de ver lo que vi, no voy a hacer una reflexión cofrade ni religiosa, sólo cuantitativa.
Me hace gracia cuando, tras una manifestación sindical o de protesta, hay la clásica batalla de cifras entre organización y policía o viceversa.
¿Cuánta gente había ayer en las calles de Sevilla viendo al Gran Poder? No lo sé ni me importa: sí sé que, sin duda, mucha más gente, muchísima más, que en las manifestaciones sindicales o laborales o políticas en las que se grita, se insulta, se desprecia y -si la ocasión lo requiere- se destroza mobiliario urbano, cajeros automáticos o escaparates de bancos o franquicias, o se queman contenedores de basura.
Porque el Gran Poder se manifiesta desde el silencio, sólo en ese silencio es posible comprender, mejor, intuir, de qué se trata, qué misteriosa fibra se mueve en miles de personas para ir a ver... una escultura de hace casi cuatro siglos, vestida con una túnica de terciopelo liso y alumbrada por cuatro faroles hexagonales.
Ayer no hubo gritos, ni insultos, ni desprecios, ni destrozos. No hubo mareas verdes, ni blancas ni azules ni rojas ni moradas.
Hubo gente en silencio viendo pasar en Gran Poder. Sólo eso. Algunos -es mi caso- esperaron a pie quieto casi dos horas para verlo pasar durante cinco minutos, y a fe que dieron -doy- ese tiempo por bien empleado.
Para pensarlo. También la jerarquía eclesiástica.

martes, 25 de octubre de 2016

Sobre la Reválida de la Lomce: mi opinión

He recibido una carta, seguramente bienintencionada, que me pide que firme una ILP (Iniciativa Legislativa Popular) para que se supriman las llamadas «Reválidas» previstas por la Lomce para los alumnos que terminen y aprueben 4º de ESO y 2º de Bachiller. Naturalmente, no la he firmado, es más, el texto que la pide manifiesta tanta demagogia como ignorancia de lo que es o debe ser un sistema educativo.

Vayamos por partes: ningún alumno normal se muere ni se traumatiza por hacer una Reválida. Yo estudié el antiguo Bachillerato Elemental primero y el Superior después; para obtener el primero de esos títulos, se hacía un examen al acabar 4º de Bachiller, a los 14 años (en mi caso, antes de cumplirlos). Eran diez exámenes, de otras tantas materias, reunidos en tres grupos y que se hacían en dos días. Se calificaba a los tres grupos por separado, y para obtener el título había que aprobar los tres grupos. Si no se aprobaba alguno, había que repetirlo en septiembre, y si en septiembre se seguía sin aprobar, se repetía el curso: no el curso 4º, que ya estaba aprobado, sino sólo el o los grupos que no se hubieran aprobado. Y dos años después se repetía la jugada para la obtención del título de Bachiller Superior, aunque con una salvedad: este título podía alcanzarse sin Reválida si se aprobaba el curso siguiente (Preuniversitario hasta 1971 y COU en adelante hasta la implantación de la Logse).

Yo aprobé a la primera, y aunque hoy se consideraría algo dificilísimo, digno de un esfuerzo ímprobo para titanes o superhombres, no me costó mucho trabajo: bastaba con estudiar, en realidad más bien repasar, lo que ya se tenía que saber. Quienes me conocen saben que no soy ni he sido nunca ningún genio, y sin embargo aprobé, del mismo modo que los compañeros míos que no aprobaron esa Reválida (muy pocos, por cierto) no eran unos inútiles para el estudio no han quedado traumatizados de por vida. Por ejemplo, mi mujer tuvo que repetir un curso por la famosa Reválida, lo que no impidió que luego cursara su carrera con notas brillantes y sacara unas oposiciones de profesora como las que yo hice. Gracias a esa repetición, por cierto, tuve ocasión de conocerla en mi curso de la Facultad, ya que ella es un año mayor que yo, y si hubiera aprobado a la primera no habríamos coincidido: eso es lo que se ha llamado siempre «renglones torcidos de Dios».

Pero me estoy saliendo del tema.

Se ha generalizado tanto la perversión implícita ‒y explícita‒ en las distintas leyes educativas aprobadas por el PSOE cuando ha estado en el Gobierno, que cualquier intento de rectificarlas, aun en detalles nimios, hacen que las fauces de la izquierda salten contra quien sólo desea corregir monstruosidades contenidas en esas leyes, como que, por ejemplo, los alumnos obtengan el título de Graduado en ESO incluso si tienen dos y hasta tres asignaturas suspensas, algo que contempla la Logse como lo más normal, progresista, igualitario y demócrata del mundo. Y encima, los títulos así obtenidos valen exactamente igual que los de los alumnos que los han obtenido a la primera, con todas las asignaturas aprobadas y habiendo estudiado debidamente a su tiempo.

¿Se imaginan que las Universidades concedieran sus títulos y grados a los estudiantes que no hubieran aprobado dos o incluso tres de las asignaturas del último curso, que en realidad serían cuatro y hasta seis, dada la distribución en cuatrimestres? ¿Iríamos tranquilos a la consulta de un médico que hubiera obtenido así su título? Y quien dice médico dice abogado, ingeniero, economista, arquitecto o profesor… Pues eso se está haciendo ya en España desde hace mucho tiempo, y los que claman contra la Lomce no han levantado ni un solo dedo para derogar tamaña aberración.

La obsesión de la izquierda por la igualdad mejor dicho, por el igualitarismo ramplón y resentido‒ la ha llevado a que todo el mundo tenga que tener un título que asegure ‒la realidad es otra cosa‒ que el titular ha alcanzado cierto nivel educativo y cultural… pero ya se sabe que cuando algo lo tiene todo el mundo deja automáticamente de tener valor. Tener un DNI no es un mérito para optar a un trabajo, es un simple requisito: si todo el mundo tiene el título de Graduado en ESO, no aporta nada a quien lo posea, es un papeleo más para los trámites.

Ignoran quienes se han puesto de los nervios ante la posibilidad de una Reválida después de 4º ESO ‒y también de 2º de Bachiller‒ que la vida es una carrera de obstáculos, y que en la carrera de la vida nadie nos regala nada. Si los jóvenes no aprenden desde el principio lo que va a ser su vida, cuando vengan los problemas y las dificultades, que vendrán, no lo duden, estarán desnudos e incapacitados para afrontarlos. De verdad: ¿tan monstruoso es que un chico de 16 años ‒recuerdo que yo hice mi primera Reválida antes de cumplir los 14‒ demuestre en un examen lo que tiene obligación previa de saber, ya que ha aprobado los cursos previos en su integridad? ¿tanto miedo se tiene a que se descubran las carencias del sistema educativo de la Logse, que es el que seguimos teniendo, ya que la Lomce es sólo un remiendo, y de no muy buena calidad, cuando en realidad lo que hacía falta era un traje nuevo de pies a cabeza?

Dicen los quejicas del documento de marras que «quien no lo supere [el examen de Reválida] no podrá acceder al Bachillerato y tampoco obtendrá título de ESO aunque tenga aprobadas todas las asignaturas». ¿Eso es un problema? Lo sería tan sólo si el examen tuviera una única e irrepetible convocatoria, lo que no parece que vaya a ocurrir. Además, si se tienen todas las asignaturas aprobadas, ¿qué problema hay en demostrar que se sabe algo que se tiene que saber? Cuando las cosas se aprenden no es para aprobar un examen, sino para enriquecer el disco duro de la memoria personal. En una de las oposiciones que hice, en 1979, aprobé el primer ejercicio simplemente reproduciendo en el examen lo que recordaba de un tema que había estudiado dos años antes en la Universidad: no era un tema que hubiera estudiado expresamente para esas oposiciones, sino que simplemente lo recordaba. Y, repito, no soy ni he sido nunca un genio, como puede constatar cualquiera que me conozca.

La supresión en la práctica y en la teoría de la cultura del esfuerzo, de la necesidad de ir ganando personalmente pequeñas batallas y superando poco a poco los obstáculos nos ha llevado a generaciones y generaciones de alumnos ‒¡y padres!‒ que piensan que las cosas se nos tienen que dar «porque yo lo valgo», como dice el anuncio, es decir, por el mero hecho de existir. Aunque, afortunadamente, hay honrosas excepciones.

Apruebo la existencia de esas Reválidas y animo a los alumnos a que estudien. Recuerdo, una vez más, que cuando algo se generaliza automáticamente se degrada: he terminado de leer hace unos días el libro SPQR. Una historia de la antigua Roma, de Mary Beard, Premio Princesa de Asturias 2016. ¿Saben cuándo da por terminada la historia de la antigua Roma? En el momento en que el emperador Caracalla, en el año 212, otorga «porque sí» la ciudadanía romana a todos los habitantes del Imperio. Cuando todos los ciudadanos tengan un título, éste será ‒lo he dicho antes‒ como el DNI, no un mérito, sino un requisito, es decir, algo sin valor.


Propugnar el trabajo como algo meritorio, el esfuerzo como algo digno de apoyo y el estudio como formador de personalidades libres y cultas no es ser elitista, ni siquiera ser de derechas. Pero hay quienes, en su ceguera mental y política, llaman fascismo a lo que no encaje en sus estereotipados esquemas. Allá ellos.

domingo, 25 de septiembre de 2016

El hábito no hace al monje... o sí

Hace ya muchos años, exactamente en enero de 1981, asistí en el Instituto Luis de Góngora, donde ejercía de profesor de forma provisional, a una conferencia del recordado psiquiatra Carlos Castilla del Pino. El título de su intervención era más o menos Don Quijote y la lógica del personaje. Poco después, vi que lo que nos había dicho don Carlos era más o menos una síntesis de un ensayo del mismo o parecido título que había publicado por esas fechas en la guadianesca Revista de Occidente en una de sus apariciones.

Siempre he recordado la tesis central de la conferencia: que don Quijote, con independencia de que estuviera loco o no, se convirtió inmediatamente, tras su primera salida, en esclavo de sí mismo,  o mejor dicho, en esclavo de la imagen de sí mismo que él se forjó cuando decidió vestirse con una bacia de barbero como yelmo, una desvencijada armadura como parapeto, un escuálido rocín como cabalgadura y un lenguaje arcaizante ya en su tiempo como modo de expresión. Y Castilla del Pino lo que afirmaba era que no sólo el personaje de Cervantes sufría esa dependencia, de la que ya no se podía librar, sino que todos nosotros, cada uno a su manera y en el grado pertinente, éramos también esclavos de los que habíamos ido forjando sobre nosotros mismos a lo largo de nuestra vida; Castilla ponía el ejemplo del pintor Salvador Dalí, por entonces vivito y coleando (murió en 1989), del que dijo que llevaba ya muchos años sin poder (no sabemos si también sin querer) deshacerse de esa imagen a que nos tenía acostumbrados: ya sabemos, bigote engominado, vestimentas extravagantes, lenguaje inconfundible, etc.
He pensado mucho desde entonces en esta dependencia que tenemos de la autoimagen que nos hemos forjado, y así he sido testigo de la sorpresa de, por ejemplo, algunos alumnos míos cuando me han visto por la calle en verano con pantalón corto, lo cual rompía totalmente la imagen que tenían de mí durante el curso, porque yo mismo les decía que era incapaz de dar clase con pantalones cortos o vaqueros (lo cual es cierto, nunca fui a clase vestido de esa forma).

Si alguien tan insignificante como yo he creado mi propia imagen, a una escala ínfima, imaginémonos lo que les puede ocurrir a los personajes importantes de nuestra sociedad. Porque, aunque esté harto de oír decir a esas personas importantes (de la política, la cultura o la Iglesia) que lo importante son los contenidos, el alma, el espíritu o como se le quiera llamar, lo cierto es que esas mismas personas son muy cuidadosas de su aspecto externo: no me imagino, por ejemplo, un pontifical con el obispo oficiante vestido con bermudas y sin la preceptiva alba, casulla y demás... y eso que la Iglesia Católica, sobre todo a raíz del malhadado Concilio Vaticano II, entró en una fase de desprecio a las formas y descafeinamiento de su propia liturgia de la que aún no nos hemos recuperado. Tampoco veo a un rector de Universidad presidir una investidura honoris causa luciendo una gorra del Manchester United en vez del obligatorio birrete. La imagen externa es una exigencia del puesto que se ocupa en la sociedad, y la persona individual que ocupa dicho puesto no es libre -salvo extravagancia- de modificar ese aspecto visible.

Lo que acabo de decir sólo parece haber encontrado una excepción, más aparente de lo que en un principio se pudiera pensar, en el campo de la política. En efecto, la irrupción en España de la izquierda radical representada por Podemos y en Grecia por Syriza ha puesto en las portadas a una serie de personajes que, con independencia de su ideología, y casi siempre en contradicción abierta con ella, son esclavos de la imagen que se han forjado: Tsipras nunca viste corbata, por ejemplo, y su homólogo en nuestro país, Pablo Iglesias, es sin duda alguna el político español más pendiente de su apariencia pública, aunque sus intereses y su estrategia pasen precisamente por afirmar lo contrario. Estoy absolutamente seguro de que cada mañana, al vestirse, Mariano Rajoy pasa menos tiempo ante el espejo que el líder de Podemos: éste se ha forjado una imagen política muy rígida de sí mismo, sin duda más rígida que la de los líderes conservadores o socialistas, la ha rentabilizado (también económicamente) y ya es tan esclavo de ella que si un día le diera por vestir un traje de chaqueta y corbata, aunque fuera más barato que sus camisas sin cuello y sus vaqueros (lo cual no es difícil), si un día decidiera cortarse el pelo y deshacerse de su coleta (o simplemente dejara de sujetarse ésta con la goma que se la recoge), muchos de sus seguidores verían ese cambio externo poco menos que como el símbolo de una traición a sus principios. Es más, yo creo que usa ese aspecto externo para ofender (pretendidamente) al sistema social y político que su formación quiere sustituir: por eso lleva siempre ese aspecto descuidado a sus audiencias con el Rey; sin embargo, viste de esmóquin en la gala de los Goya porque allí quiere rendir servidumbre a los profesionales de la farándula que tan prolijamente repiten los mantras de la izquierda cada vez que tienen ocasión (sobre todo si la izquierda no gobierna).

Lo que afirmo de Pablo Iglesias es predicable al cien por cien de muchos políticos, sobre todo -pero no de forma exclusiva-de los que van de progresistas: ¿alguien se imaginan a Juan Manuel Sánchez Gordillo con aspecto aseado, sin barba y peinado (aunque sea someramente)? ¿o a Arnadlo Otegi con el pelo largo o con barba? ¿o a Soraya Sáenz de Santamaría con un flequillo lacio al estilo de las líderes de Bildu o la CUP?

Los que dicen representar lo que llaman la nueva política quieren visualizar ese cambio en su aspecto exterior, y hacen de éste un componente tan rígido de su política que para ellos un cambio de imagen o vestimenta sería como si se derrumbara un edificio ideológico que ellos consideran sólido y coherente.

Pero no sólo en la política. Somos tan esclavos de la apariencia externa que dedicamos más tiempo a mirar la de los demás que se gastan centenares de gigas, por no decir miles, a comentar en las redes sociales el último corte de pelo de Sergio Ramos, el teñido de la cabellera de Leo Messi o el más reciente tatuaje de cualquier futbolista de Primera División.

Esta dependencia que yo considero enfermiza del aspecto externo es reciente: hace veinte años a ningún político se le ocurría ir con vaqueros a los plenos del Parlamento (Santiago Carrillo fue siempre impecablemente trajead0, y no era menos comunista que Sánchez Gordillo o Iglesias), eran escasísimos los deportistas que tenían obsesión por su cabello y ninguno lucía tatuajes aparatosos en sus brazos o en sus hombros.

Y ahora, a lo que voy: es paradójico que los mismos que desprecian la importancia de lo externo estén a veces más pendientes de su propio aspecto visible que las personas o ideologías que ellos critican. Porque, si el hábito no hiciera al monje, Pablo Iglesias podría ir al Parlamento con un traje de Armani y Rajoy responder a las bravatas del podemita con una camiseta del Deportivo de la Coruña. Y ni una cosa ni otra parecen posibles a corto o medio plazo.

En conclusión, el hábito sí hace al monje, sobre todo en el caso de los monjes que dicen que no les importa el hábito.