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miércoles, 11 de septiembre de 2013

Mane nobiscum, Domine



Álvaro Pombo: Quédate con nosotros, Señor, porque atardece. Ediciones Destino, colección Áncora y Delfín. Barcelona, 2013.

De un tirón, como quien dice –en menos de tres días− me he leído la última novela de Álvaro Pombo, Quédate con nosotros, Señor, porque atardece. No conocía yo este libro, que salió a la luz hace unos meses, y lo adquirí el pasado viernes en el sitio más insospechado: un supermercado de alimentación, lugar que, por lo visto, últimamente tiene la deferencia de dejar un espacio para la venta de libros, aunque éstos suelen ser, por lo común, aunque no en el caso que nos ocupa, las consabidas Sombras de Grey o los inevitables y siempre prescindibles best-sellers de Julia Navarro o Ildefonso Falcones.

La novela de Pombo me ha encantado. He visto en ella que el autor santanderino sigue siendo fiel a sí mismo, a su personalísima manera de escribir y de narrar, en la que el argumento es sólo armazón para tributar su ofrenda al pensamiento, a la psicología de los personajes, al culturalismo bien entendido y nada esnob. En este sentido, llama la atención en este trabajo la abundancia de referencias que denotan la amplitud y profundidad de las lecturas del autor: cita de forma directa a Kierkegaard –uno de sus favoritos de siempre−, San Juan de la Cruz, la Biblia, la regla de San Benito, Shakespeare, Hegel… Pero también, entreveradas en el discurso narrativo con la naturalidad que denota una perfecta asimilación, se dejan leer frases que resuenan con facilidad a Antonio Machado, a Nietzsche o a Jorge Manrique. Y no deja de ser uno de los mayores atractivos del texto la frecuente inclusión de frases en latín, tanto de la Biblia como de la filosofía o de la Liturgia de las Horas: tiene mérito el autor al no haber puesto la traducción de estas referencias, como exigiendo al lector algo tan elemental, y hoy tan olvidado, de que es imposible ser una persona culta sin saber latín.


Tangencialmente había tocado Pombo la temática religiosa en obras anteriores –llegó a escribir por encargo una biografía de San Francisco de Asís−, pero nunca de forma tan sustancial y directa como en ésta. Y aquí está lo que más me ha gustado del libro: su conexión con Unamuno, porque tanto en el fondo como en la forma, es decir, en la manera de tratar el lenguaje y de sacar el máximo jugo y juego a las palabras –y no en el estilo propiamente literario−, Álvaro Pombo me ha recordado en numerosas ocasiones al inmortal Don Miguel: en sus disquisiciones sobre paronomasias y comparaciones de palabras semejantes, hay párrafos que podrían haber sido escritos por Unamuno. También una religiosidad agónica muy cercana a la del unamuniano San Manuel Bueno se asoma con frecuencia a esta novela. Eso sí, el estilo de Pombo es más refinado, más trabajado que el de Don Miguel, que como es sabido escribía a impulsos y no se paraba demasiado a pretender exquisiteces literarias.


La acción se sitúa en una pequeña comunidad de monjes de Granada, fundada a principios de los setenta bajo las influencias confluyentes del fervor posconciliar por un lado y de la mística light del movimiento hippie por otro, y con la financiación de una dama de la alta sociedad, de ésas que tan bien suele retratar Pombo en sus novelas. Un buen día, un religioso aparece muerto; se trata de un suicidio, pero el prior dictamina que ha sido un accidente, lo cual crea una cierta tensión con tres frentes: el propio interior de la comunidad, la opinión pública representada por un periodista sin escrúpulos y la propia benefactora del cortijo-monasterio.

Donde cualquier otro autor, y no estoy pensando ahora en el Eco de El nombre de la rosa, hubiera visto una veta sustanciosa para hacer un relato detectivesco y morboso, con los insoslayables tópicos sobre la Iglesia Católica y su pretendido oscurantismo, Pombo escribe una narración que podríamos llamar «interiorista», donde la atención se centra en las consecuencias que el trágico hecho ocasiona en las almas de los personajes. Obviamente, para mí lo más atractivo es cómo los monjes, al afrontar el hecho de la muerte de su hermano de religión, se replantean tanto en la intimidad de su oración como en sus conversaciones entre ellos el sentido de su vida y su vocación, lo que acarreará acontecimientos insospechados.


No quiero cerrar esta impresión de mi lectura sin anotar dos detalles mejorables. Por un lado, Pombo ha tenido un pequeño fallo de documentación que un escritor de su nivel no podía permitirse: en un momento dado habla del «obispo» de Granada, cuando lo cierto es que Granada lo que tiene es arzobispo; es un detalle que puede parecer nimio, pero yo pienso que a un autor como Pombo, al que tango admiro, se le puede exigir el conocimiento de algo tan obvio.


Por otro lado, he notado más de una vez y más de dos determinados errores en la puntuación del texto, con comas que faltan o que sobran sin venir a cuento. No sé si serán fallos del autor o del socorrido «corrector de estilo» de la editorial; en cualquier caso hay que cuidar estos detalles.


En cualquier caso, la más reciente novela de Álvaro Pombo demuestra la lozanía personal y literaria de un autor que tiene ya 74 años y que no ha cejado nunca en ofrecer una narrativa de culto, al acceso sólo de los auténticos gourmets de la literatura.


domingo, 28 de abril de 2013

Me hallará la muerte



Acabo de terminar la lectura de Me hallará la muerte, de Juan Manuel de Prada. Sigo con interés las colaboraciones semanales de este escritor en ABC, pero no sus apariciones televisivas u otras actividades que desarrolla.
     Asistí a la presentación del libro en Córdoba, hace de esto ya un par de meses más o menos. Y decidí leer el libro.
     No he leído ninguna crítica, buena o mala, que la novela haya tenido en los distintos medios de comunicación y suplementos culturales. Lo que yo escriba aquí, pues, se basará exclusivamente en mi impresión tras la lectura del libro.
     He leído la novela con mucho interés, y si no ha sido de un tirón es porque mis ocupaciones no me lo han permitido. Sabía que la novela se situaba en tiempos de la División Azul, que ésta era el fondo de la historia pero también, porque lo dijo Prada en su presentación en Córdoba, no se trata de una novela histórica, sino de una novela sobre la impostura, sobre la condición de un hombre –Antonio Expósito, el protagonista−, que tiene que vivir sobrellevando la carga de una personalidad ajena y asumiendo las deudas morales de ésta.
     La historia está perfectamente construida, como es de esperar en un escritor como Juan Manuel de Prada, y su escritura salpicada de guiños al lector, de reminiscencias literarias en forma de frases tomadas de grandes autores (Góngora, Garcilaso, Borges, Quevedo…) que se insertan con naturalidad y sin pedantería en el cuerpo del texto. Por otra parte, las periódicas repeticiones de frases ya escritas en la misma novela, a veces con cientos de páginas de por medio, sirven de perfecta ensambladura y, en cierto modo, le dan un ritmo orquestal y sinfónico.
     En cuanto al fondo histórico, hay que tener en cuenta que es eso, un fondo simplemente, poco más que un decorado. En ningún momento el autor ha pretendido reconstruir la historia tal como fue, sino sólo dotar a su narración de un marco referencial; prueba de ello es la cantidad de páginas que transcurren desde el principio del libro hasta la primera alusión cronológica concreta, una fecha de 1943. Luego, los acontecimientos que se citan –el avance hacia el final de la Segunda Guerra Mundial, los años del estalinismo, el viaje del Semíramis con los supervivientes de la División, etc.− encajan la historia que cuenta con los datos externos, pero éstos en ningún caso adquieren carácter protagonista.
     Por la novela desfila una interesante nómina de personajes, bien caracterizados y, en algún caso, perfilados de forma un tanto hiperbólica; pero todos ellos humanos y representativos de una forma de vivir (o de pasar por la vida) y de una actitud ante los acontecimientos. Antonio, Carmen, Mendoza, Cifuentes, Camacho, Amparo, Nina o Becerra son tremendamente humanos, y sobre casi todos ellos –no sobre todos, desde luego− el autor derrama una suerte de ternura que provoca en el lector la solidaridad y, a veces, la reprobación. Quizá, y es un acierto de Juan Manuel de Prada, el protagonista es el único que se presenta sin valoraciones, en la desnudez de una impostura que conoce el lector, pero no el resto de los personajes.
     Para mí, lo mejor de Me hallará la muerte es su perfecta dosificación de los episodios. Como muchas buenas novelas, empieza con un ritmo lento que se va acelerando conforme pasan las páginas. Al principio, Antonio Expósito, el protagonista, es un simple delincuente de poca monta que busca una compañera para que se «asocie» en un proyecto delictivo cuyos «beneficios» serían compartidos por los dos socios. Encuentra a Carmen y comienzan a poner en práctica el plan. En varias ocasiones les sale bien, hasta que en su último intento ocurre un imprevisto y Antonio tiene que cometer su primera impostura para salvar la vida y la libertad de Carmen. Y como tiene que huir, no ve más salida que alistarse en la División Azul, pero no en la primera oleada, entusiasta y masiva, sino cuando, dos años después, empiezan a pintar bastos para los nazis. Estamos en 1943.
     En Rusia transcurre la parte central de la novela, pero no la mayor ni la más importante, aunque allí conoce a Mendoza, con el que intima, y con el que tiene un sorprendente y puramente casual parecido físico. La muerte de éste le da la macabra oportunidad de hacer sus veces, pero no lo sustituye por iniciativa propia, sino a instancias de Nina, una comunista francesa con la que Antonio ha tenido ocasión se compartir tórridas noches de sexo en uno de los campos de prisioneros. Acaba la guerra y el protagonista, Antonio/Mendoza, pasa a ser prisionero del Gulag estaliniano. Pero también muere el dictador –la historia da de una página a otra un salto de ocho años− y las nuevas circunstancias, en que la URSS intenta desembarazarse del fantasma de Stalin y su terror− permiten que los divisionarios prisioneros vuelvan a España.
     En nuestro país también las cosas han cambiado: Franco ha pactado ya con los Estados Unidos y no quiere que se recuerde, ni mucho menos se glorifique, a los hasta unos años antes «héroes» de la División Azul. En este ambiente Antonio es confundido con el alférez Mendoza y tiene que sustituirlo, lo que le permite disponer –siempre como impostor, aunque sólo él conoce su impostura− de una «familia», un trabajo y unas relaciones nuevas. Pero el protagonista hereda también las cargas y pecados familiares de la persona a la que sustituye, lo que lo introduce en un torbellino de falsos «reencuentros» y de acontecimientos que se van acelerando conforme pasan las páginas, en paralelo a la conciencia de vacío que se va adueñando de Antonio, que decide hacer borrón y cuenta nueva. Reencuentra a Carmen, que también ha tenido una historia durante su larga ausencia, y con ella pretende empezar una nueva vida en Francia. En las últimas páginas se «encuentran» los problemas y deudas de las dos personalidades de Antonio hasta que, sólo en la última página, nos encontramos con el sorprendente final: un final que a algún lector clásico le puede parecer precipitado y con flecos sueltos, pero que en una historia como la que se ha ido desenvolviendo ante nuestros ojos, y con un protagonista con las peculiares circunstancias de Antonio Expósito, no podía ser de otra forma.
     En resumen, un libro interesante, que exige del lector la continuidad de la lectura y que hace pensar en las imposturas pequeñas que todos, alguna vez, hemos cometido en nuestra vida.

28 de abril de 2013