Gregorio Samsa, el protagonista de La metamorfosis de Kafka, es consciente desde el primer momento de la terrible transformación que se ha operado de forma súbita en su anatomía, hasta la noche anterior plenamente humana. Su drama consiste precisamente en eso, en darse cuenta de que ha sufrido un cambio que modificará sustancialmente sus relaciones con los demás seres humanos, hasta el punto de hacerlas imposibles. La obra del autor checo tiene como eje argumental la angustia del personaje, la certeza de que su vida ha sufrido, al parecer de forma irreversible, una transmutación que, como se ve en el libro, acabará llevándolo a la muerte.
Lo que le ocurre a Samsa le ocurre sólo a él, y vive su tragedia de forma personal e íntima, escondido bajo las sábanas. Desde que sabe que tiene la forma de un insecto gigante –en ningún momento el autor precisa qué clase de insecto−, rehúye el contacto con los demás y siente pánico ante la posibilidad de que sus seres queridos, su familia, lleguen a contemplarlo en su estado actual. Aunque llegan a verlo su madre y su hermana, en realidad su problema es estrictamente personal.
Los personajes de Rinoceronte de Ionesco, se metamorfosean también de forma súbita, pero su transformación es social, contagiosa como una epidemia: los habitantes del pueblo van transformándose de uno en uno, a un ritmo que va creciendo conforme avanza la obra. Pero, una vez que son rinocerontes, no dan muestras de sufrir conflicto ético alguno y siguen su vida cotidiana como si tal cosa, es decir, no son conscientes de que se han convertido en monstruos horripilantes y viven su día a día creyendo que en todos los aspectos siguen siendo los mismos que eran antes de su metamorfosis.
El cambio de forma que se opera en los personajes de Ionesco sólo es perceptible desde fuera: son los demás, los que aún no se han convertido en rinocerontes, los que ven a sus semejantes con su nuevo aspecto. El avance de la «epidemia» hace que los que mantienen la forma humana lleguen a dudar de su propia identidad, o sea, son los que conservan la normalidad los que se sientan como marginales. De hecho, al final de la fábula el único ser humano que mantiene su forma habitual se quita la vida al sentirse diferente de sus semejantes.
Como se puede ver, hay una diferencia fundamental entre las dos «metamorfosis» literarias que estamos analizando. El personaje de Kafka que sufre el cambio de forma mantiene íntegra su dignidad y su capacidad de análisis y raciocinio, y ésta es la raíz profunda de su angustioso drama; sabe que la vida humana es convivencia y que ésta sólo es posible cuando en la relación con los semejantes se dan determinadas circunstancias. (Dejemos ahora, por un momento, las habituales reflexiones psicológicas que ven a Samsa como un alter ego de Kafka, que fabuló con esta narración sus propios complejos y dificultades comunicativas; en cualquier caso, estas consideraciones no restan un punto de validez al punto de vista que aportamos en estas líneas).
Pero los sucesivos «rinocerontes» de Ionesco son un dechado de cinismo. Han dejado de ser humanos, son criaturas de una monstruosidad obscena y se niegan a aceptar la realidad en la que viven, mientras ésta le permita continuar su cotidianidad y no les suponga proble-mas: han puesto sus pequeños intereses particulares por encima de su dignidad, han pisoteado la ética. Llegan, incluso a ver como monstruos a quienes no se han degradado como ellos. (Y dejemos ahora, porque tampoco modifican nuestro análisis, la lectura habitual de Rinoceronte que asocia la transformación de los personajes a la indiferencia con que la mayoría de los franceses acogieron la ocupación de su país por los nazis, aunque posteriormente se cundiera la consoladora mentira de que «la mayoría de los franceses colaboraban con la Resistencia»).
La fábula consiste en presentar la realidad con vestiduras de ficción. Tanto Kafka como Ionesco han contado en las obras que comentamos historias de apariencia absurda para mostrar no sólo un evidente simbolismo (aunque éste sea poliédrico), sino también el propio sinsentido en que a veces se puede desenvolver nuestra existencia.
Nadie está exento del riesgo de convertirse en un insecto gigante que se niega a salir de su dormitorio o en un pacífico rinoceronte que pasea las mañanas de los domingos por el parque de su pueblo. Quizá lo único que nos queda es la posibilidad de optar por la actitud de Gregorio Samsa o por la de los sucesivos «rinocerontes» ionesquianos. O quizá ni eso, aunque sería terrible no poder optar, sobre todo porque lo más terrible es que a que se han convertido en los rinocerontes les va mejor en la vida que a los que se han visto transformados en insectos.
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viernes, 21 de junio de 2013
domingo, 28 de abril de 2013
Me hallará la muerte
Acabo de terminar la lectura de Me hallará la muerte, de Juan Manuel de Prada. Sigo con interés las
colaboraciones semanales de este escritor en ABC, pero no sus apariciones televisivas u otras actividades que
desarrolla.
Asistí a la
presentación del libro en Córdoba, hace de esto ya un par de meses más o menos.
Y decidí leer el libro.
No he leído
ninguna crítica, buena o mala, que la novela haya tenido en los distintos medios
de comunicación y suplementos culturales. Lo que yo escriba aquí, pues, se
basará exclusivamente en mi impresión tras la lectura del libro.
He leído la novela
con mucho interés, y si no ha sido de un tirón es porque mis ocupaciones no me
lo han permitido. Sabía que la novela se situaba en tiempos de la División
Azul, que ésta era el fondo de la historia pero también, porque lo dijo Prada
en su presentación en Córdoba, no se trata de una novela histórica, sino de una
novela sobre la impostura, sobre la condición de un hombre –Antonio Expósito,
el protagonista−, que tiene que vivir sobrellevando la carga de una
personalidad ajena y asumiendo las deudas morales de ésta.
La historia está
perfectamente construida, como es de esperar en un escritor como Juan Manuel de
Prada, y su escritura salpicada de guiños al lector, de reminiscencias
literarias en forma de frases tomadas de grandes autores (Góngora, Garcilaso,
Borges, Quevedo…) que se insertan con naturalidad y sin pedantería en el cuerpo
del texto. Por otra parte, las periódicas repeticiones de frases ya escritas en
la misma novela, a veces con cientos de páginas de por medio, sirven de
perfecta ensambladura y, en cierto modo, le dan un ritmo orquestal y sinfónico.
En cuanto al fondo
histórico, hay que tener en cuenta que es eso, un fondo simplemente, poco más
que un decorado. En ningún momento el autor ha pretendido reconstruir la
historia tal como fue, sino sólo dotar a su narración de un marco referencial;
prueba de ello es la cantidad de páginas que transcurren desde el principio del
libro hasta la primera alusión cronológica concreta, una fecha de 1943. Luego,
los acontecimientos que se citan –el avance hacia el final de la Segunda Guerra
Mundial, los años del estalinismo, el viaje del Semíramis con los supervivientes de la División, etc.− encajan la
historia que cuenta con los datos externos, pero éstos en ningún caso adquieren
carácter protagonista.
Por la novela
desfila una interesante nómina de personajes, bien caracterizados y, en algún
caso, perfilados de forma un tanto hiperbólica; pero todos ellos humanos y
representativos de una forma de vivir (o de pasar por la vida) y de una actitud
ante los acontecimientos. Antonio, Carmen, Mendoza, Cifuentes, Camacho, Amparo,
Nina o Becerra son tremendamente humanos, y sobre casi todos ellos –no sobre
todos, desde luego− el autor derrama una suerte de ternura que provoca en el
lector la solidaridad y, a veces, la reprobación. Quizá, y es un acierto de
Juan Manuel de Prada, el protagonista es el único que se presenta sin
valoraciones, en la desnudez de una impostura que conoce el lector, pero no el
resto de los personajes.
Para mí, lo mejor
de Me hallará la muerte es su
perfecta dosificación de los episodios. Como muchas buenas novelas, empieza con
un ritmo lento que se va acelerando conforme pasan las páginas. Al principio,
Antonio Expósito, el protagonista, es un simple delincuente de poca monta que
busca una compañera para que se «asocie» en un proyecto delictivo cuyos «beneficios»
serían compartidos por los dos socios. Encuentra a Carmen y comienzan a poner
en práctica el plan. En varias ocasiones les sale bien, hasta que en su último
intento ocurre un imprevisto y Antonio tiene que cometer su primera impostura
para salvar la vida y la libertad de Carmen. Y como tiene que huir, no ve más
salida que alistarse en la División Azul, pero no en la primera oleada,
entusiasta y masiva, sino cuando, dos años después, empiezan a pintar bastos
para los nazis. Estamos en 1943.
En Rusia
transcurre la parte central de la novela, pero no la mayor ni la más
importante, aunque allí conoce a Mendoza, con el que intima, y con el que tiene
un sorprendente y puramente casual parecido físico. La muerte de éste le da la
macabra oportunidad de hacer sus veces, pero no lo sustituye por iniciativa
propia, sino a instancias de Nina, una comunista francesa con la que Antonio ha
tenido ocasión se compartir tórridas noches de sexo en uno de los campos de
prisioneros. Acaba la guerra y el protagonista, Antonio/Mendoza, pasa a ser
prisionero del Gulag estaliniano. Pero también muere el dictador –la historia
da de una página a otra un salto de ocho años− y las nuevas circunstancias, en
que la URSS intenta desembarazarse del fantasma de Stalin y su terror− permiten
que los divisionarios prisioneros vuelvan a España.
En nuestro país también
las cosas han cambiado: Franco ha pactado ya con los Estados Unidos y no quiere
que se recuerde, ni mucho menos se glorifique, a los hasta unos años antes «héroes»
de la División Azul. En este ambiente Antonio es confundido con el alférez
Mendoza y tiene que sustituirlo, lo que le permite disponer –siempre como
impostor, aunque sólo él conoce su impostura− de una «familia», un trabajo y
unas relaciones nuevas. Pero el protagonista hereda también las cargas y pecados
familiares de la persona a la que sustituye, lo que lo introduce en un
torbellino de falsos «reencuentros» y de acontecimientos que se van acelerando
conforme pasan las páginas, en paralelo a la conciencia de vacío que se va
adueñando de Antonio, que decide hacer borrón y cuenta nueva. Reencuentra a
Carmen, que también ha tenido una historia durante su larga ausencia, y con
ella pretende empezar una nueva vida en Francia. En las últimas páginas se «encuentran»
los problemas y deudas de las dos personalidades de Antonio hasta que, sólo en
la última página, nos encontramos con el sorprendente final: un final que a
algún lector clásico le puede parecer precipitado y con flecos sueltos, pero
que en una historia como la que se ha ido desenvolviendo ante nuestros ojos, y con
un protagonista con las peculiares circunstancias de Antonio Expósito, no podía
ser de otra forma.
En resumen, un
libro interesante, que exige del lector la continuidad de la lectura y que hace
pensar en las imposturas pequeñas que todos, alguna vez, hemos cometido en
nuestra vida.
28 de abril de 2013
lunes, 13 de diciembre de 2010
Hablando de poetas
Acabo de leer las Odas y los Épodos de Horacio. Sé que en este tiempo eso es más transgresor y más inconformista que, por ejemplo, ir a un concierto de Lady Gaga, porque ir a un concierto de Lady Gaga es algo por lo que miles de personas en España no tienen inconveniente en hacer el gilipollas gastándose su tiempo y su dinero; en cambio, por mucho menos dinero (el libro vale menos de diez euros) se puede acceder a la obra de Horacio (Ediciones Cátedra, colección Letras Universales), pero es muchísimo más reducido el número de personas que se atreven a hacerlo.
Pero ya digo, soy un exquisito y qué le voy a hacer, me gusta la literatura clásica y no lo puedo remediar (ni quiero). El caso es que he disfrutado intensamente leyendo los poemas del venusino, con cuyas Sátiras y Epístolas (también en Cátedra) me fue dado gozar hace un par de años.
Y la lectura de estos versos, compuestos hace ya dos mil años, me ha traído una reflexión muy contemporánea: es lo que tienen los clásicos de verdad, que como nunca pasan de moda siempre dicen algo a quien los lee, sea cual sea su tiempo y su lugar.
El aspecto de los textos horacianos que me ha hecho pensar parte de siguiente: como es sabido por quien lo sabe (es decir, por la poca gente que tiene una pizca de cultura humanística), Horacio fue un protegido de Mecenas, a su vez amigo y servidor de Octavio Augusto. El poeta, no lo olvidemos, tuvo orígenes sociales modestos, pues no en balde su padre era un liberto (=esclavo que había accedido a la ciudadanía romana). Si Horacio pudo dedicarse a escribir, fue porque Mecenas, conociendo sus dotes literarias y su escasez de recursos económicos, le dio una casa y una finca donde no tuvo más preocupación que componer sus versos. Por tanto, es obvio y comprensible que varios de sus poemas contengan dosis generosas de sincero agradecimiento y abierta adulación tanto a su protector como al que llegaría a ser primer emperador romano.
Pero también Horacio, además de mostrarons con palabras e imágenes bellísimas su filosofía vital a medio camino entre el estoicisimo y el epicureísmo, escribe sobre la propia poesía, y es consciente de su trabajo como tal, o mejor dicho, es consciente -quizá sea el primero en la Historia de la Literatura- de que escribir es un arte en el sentido etimológico, es decir, una técnica, un oficio que requiere de aprendizaje, práctica, estructura y planificación. Al mismo tiempo, está seguro de que la poesía que está escribiendo será la que prolongue su vida más allá de su muerte: es decir, piensa en el arte como una vía de acceso a una cierta forma de inmortalidad. Y no sólo eso, sino que sabe que -mucho más allá del reconocimiento que ya en su tiempo alcanzó su obra- su mérito será considerado y puesto en su lugar mucho tiempo después. No escribe, pues, para la inmediatez, sino para la eternidad: quizá eso (bueno, no sólo eso, pero entre otras cosas eso) es lo que lo convierte en un clásico.
Por lo mismo, y también lo dice en alguno de sus poemas, Mecenas pasaría a la Historia no por su situación de potentado o de hombre de confianza de Octavio -a quien sustituyó ejerciendo el poder en Roma mientras el futuro César estaba luchando contra Marco Antonio en Accio-, sino sobre todo, como efectivamente ocurrió, por su condición de protector de artistas y poetas.
Y ahora viene la reflexión actual. Miro el panorama de los poetas actuales, al menos en España. Hablo de los oficialmente consagrados y reconocidos, y observo con clarividencia que no resisten la comparación con Horacio. Los pocos poetas que viven de lo que escriben se lo deben a la protección del poder político (con escalas: nacional, autonómico o incluso municipal, hasta financiero, pues hay poetas que subsisten y publican gracias a su cercanía con bancos y cajas de ahorros): ¿Les suenan los nombres de Luis García Montero o Antonio Gamoneda, poetas oficiales de la España de Zapatero? Pues son sólo dos de los ejemplos más característicos. A base de subvenciones, regalías, jurados en concursos más o menos amañados (más más que menos), viajes, publicaciones de editoriales institucionales, recitales por colegios, institutos, universidades y centros de mayores, inclusión por decreto en la mafia de las antologías (de eso sabe mucho el ínclito García Montero)... A base de todo esto sobreviven, y mucho más que "sobreviven"; no necesitan una finca retirada del mundanal ruido, como el venusino, entre otras cosas porque no querrían ni sabrían vivir en ese retiro silencioso y apacible: lo suyo es más bien el cóctel, el hall de los hoteles, las salas de conferencias, los platós de televisión, la firma de ejemplares en grandes almacenes... ¿Se imaginan así a Horacio o, más cerca en el tiempo, el displicente Rimbaud como estrellas mediáticas? Yo no.
En algo coinciden, eso sí: adulan al poder que los sostiene y han perdido, si es que alguna vez lo han tenido, ese sentido crítico y esa distancia que sólo se alcanzan por el ejercicio de la libertad. Los poetas cortesanos de hoy ejercen de izquierdosos, firman manifiestos de apoyo a Zapatero, critican cuando no insultan a quienes defienden otras opciones políticas... y es que, como los cineastas y musiqueros de la zeja, temen perder su estatus si la situación política cambia alguna vez. (Aunque no creo, el PP tiene un tremendo terror a desairar a los que se autodenominan, sin más títulos que su carnet de progresismo, "representantes del mundo de la cultura").
Pero hay una gran diferencia: a los poetas actuales, a diferencia de todos los que los han precedido a lo largo de los siglos, les importa un rábano la posteridad. Ellos piensan en vivir la vida presente, y en vivirla lo mejor posible; lo que ocurra después les trae sin cuidado, de ahí su acelerado atolondramiento, su apurar hasta las heces las migajas que el poder les deja, su obra carente del poso y la solera que requiere no ya el buen vino, sino la buena literatura... Creo que fue el propio Horacio el que aconsejó "dejar reposar el poema", y es algo que no hacen porque tienen prisa por cobrar la subvención, publicar el libro, ser insertados en la antología tal, asistir a la presentación de cual...
Desde luego, no pasarán a la Historia de la Literatura. No me será dado contemplarlo, ni a mí ni a ninguno de los que lean estas líneas, pero séame permitido dudar de que dentro de doscientos años, sólo doscientos años, haya un post en un blog del internet de entonces que hable de García Montero, Antonio Gamoneda, Manuel Gahete o Pablo García Baena como de clásicos... Tampoco se hablará de Zapatero y su Gobierno como de protectores de la cultura (entre otras cosas, aunque ellos se consideren mecenas con minúscula, en eso se diferenciarán del auténtico Mecenas: éste, al menos, pagaba con su dinero privado sus exquisitos caprichos). Si pasan a la Historia Zapatero y su cohorte -¡qué bien le sienta esa palabra al Gobierno actual!- no será por su condición de protectores del arte.
En resumidas cuentas, los tiempos cambian las formas... y los fondos: hoy, como hace dos mil años, hay poetas que viven al calor de los poderosos; pero entonces, ni los poderosos eran tan cortoplacistas ni los poetas consagrados tan ventajistas. Al menos, hace dos mil años los vates pensaban que sus nombres y sus obras iban a perdurar durante mucho tiempo.
Hoy recordamos a Horacio por sus poemas, y a Mecenas por haber sido protector de Horacio (sólo por eso). ¿Se recordará dentro de dos siglos, no digo ya de veinte, a Gamoneda por sus poemas y a ZP por protector de Gamoneda?
Qué suerte tendrán los lectores de dentro de unos siglos... Ellos seguirán leyendo a Horacion pero no habrán oído hablar de Gamoneda, García Montero, Gahete y otras hierbas.
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