sábado, 2 de julio de 2016

Ándeme yo caliente

Como complemento a la anterior entrada de este blog, y con la misma sinceridad con que dije y escribí lo que en ella se contiene, reproduzco a continuación las siguientes líneas:

El pasado jueves 30 de junio asistí, en el IES SÉNECA, a mi último claustro como profesor. Al llegar al apartado de ruegos y preguntas, el señor director cedió amablemente la palabra a los profesores que nos jubilamos este año, y al llegar mi turno dije que agradecía a mis compañeros, y a todos los profesores y alumnos que tuve y he tenido en este Instituto, su cariño y su comprensión durante todos estos años; también les pedí perdón por las veces, que sin duda han sido bastantes, en que no he estado a la altura que debía en lo personal o en lo profesional, y terminé diciendo que esa misma noche se me había aparecido el "espíritu del Séneca" que tan bien conocemos quienes hemos trabajado en esa casa, y que me había dictado la siguiente paráfrasis de una letrilla de Góngora, que escribí inmediatamente y que ahora os reproduzco:

ÁNDEME YO CALIENTE

Ándeme yo caliente
Y ríase la gente.
Traten otros del Gobierno,
de claustros y tutorías,
mientras se olvidan mis días
de las TIC y del cuaderno,
y váyanse pronto al cuerno
el cero y el suficiente,
y ríase la gente.

Coma en dorada vajilla
la señora delegada;
¿Que quiere ser diputada
con un escaño en Sevilla?
¡Yo quiero vida sencilla
rodeado de buena gente!
y ríase la gente.

Cuando haya que celebrar
reunión de Departamento,
yo pasaré ese momento
tomando café en un bar,
o a la orillita del mar
bajo el sol que más caliente,
y ríase la gente.

Pida con cara de bueno
el inspector más papeles;
yo viajando y en hoteles,
–de competencias ajeno–
viviré mi vida lleno
de júbilo y aliciente,
y ríase la gente.

Adiós, claustros prolongados,
notas, guardias, correcciones,
exámenes y evaluaciones,
firmas, partes y tinglados;
que van quedando atrasados
mis trabajos de docente,
y ríase la gente.

Pues la Junta fue tan cruel
que nos recortó la paga,
ahora seré yo quien le haga
dura guerra sin cuartel.
He trabajado muy bien
casi treinta y ocho años;
pues sepan esos tacaños
que viviré hasta los cien.
De modo que pensionista
cuatro décadas seré,
que preparen el parné
mientras tal plazo persista.
He ejercido la enseñanza
con mucha y muy buena gente,
cariñosa y eficiente
que se ganó mi confianza.
Vivamos con esperanza,
disfrutemos del presente…
¡¡¡Y ríase la gente!!!

miércoles, 22 de junio de 2016

El espíritu del Séneca, cincuenta años después


«El espíritu del Séneca, cincuenta años después»
Antonio Varo Pineda
(Palabras pronunciadas en el acto de clausura del 5o aniversario del traslado del IES Séneca de Córdoba, en presencia de la Consejera de Educación de la Junta de Andalucía, Excma. Sra. Dª Adelaida de la Calle Martín, y del director del IES Séneca, Ilmo. Sr. D. José Luna Jurado)

Excelentísima señora consejera, dignísimas autoridades, compañeros de Claustro y amigos, alumnos y antiguos alumnos, señoras y señores:

Quienes entre estos muros, sobre todo en estas aulas y pasillos, hemos pasado años decisivos de nuestra vida, ya sea en el período de formación como alumnos o en nuestra dedicación como docentes, solemos hablar, medio en broma medio en serio, de lo que llamamos «el espíritu del Séneca». Y es que estos muros, aunque sólo tienen 50 años, albergan un tesoro cultural y educativo del que sólo unos pocos institutos españoles pueden jactarse. Y siempre que hemos vivido jornadas importantes de celebración festiva, de trabajo intenso o de reconocimiento público, siempre que los miembros de la comunidad educativa hemos hecho piña para afrontar un proyecto ilusionante, hemos invocado a este espíritu benévolo, que sin duda debe de estar revoloteando satisfecho por este salón de actos.
«Todo pasa y todo queda». Bien vienen siempre los versos de don Antonio Machado ‒catedrático de Instituto, por cierto, una categoría profesional desaparecida en la práctica‒ para emprender la andadura de estas palabras que sólo quieren ser una modesta reflexión al hilo de los 50 años que el Instituto Séneca ha cumplido en el edificio que ahora nos acoge.
«Todo pasa y todo queda, / pero lo nuestro es pasar», sigue diciendo el poeta. Lo nuestro es pasar por donde antes han pasado otros, y lo nuestro es que dejemos el relevo a quienes nos reemplacen cuando haya terminado nuestra etapa. Pero no sólo pasamos, porque en toda actividad humana hay siempre algo que queda: el caminante pisa una sola vez cada tramo del camino, pero si su andadura es pausada y consciente quedará sobre la tierra una huella que, al menos durante un tiempo, dejará constancia de que por allí transitó un ser humano con su carga de sueños, esperanzas y alegrías, y también de decepciones, tristezas y amarguras. Porque de eso se trata: de dejar huella, de que el camino de la vida, en el tramo en que nos haya sido dado recorrerlo, se encuentre continuamente enriquecido con las pisadas de quienes han pasado por él. Y no se trata ya, en el caso del Instituto Séneca, de buscar un reconocimiento institucional, aunque de vez en cuando ‒raramente, la verdad‒ éste se produzca: lo digo porque en calles o instituciones de Córdoba encontramos algún que otro nombre de personas que ejercieron la docencia en este centro, como Luis María Ramírez de las Casas-Deza, Rafael Vázquez Aroca, José María Rey Díaz, Ricardo Molina o Luisa Revuelta, por poner sólo ejemplos destacados. Porque, aunque a veces ‒pocas veces, repito‒ se produzca un reconocimiento oficial, éste no debe ser el objetivo de nuestro trabajo, ya que la verdadera huella, la más valiosa impronta que podemos dejar es la de la satisfacción del deber cumplido y la contemplación, pasado el tiempo, de cómo los alumnos que pasaron por nuestras aulas se han abierto su propia ruta en los senderos de la vida, y cómo a veces volvemos a coincidir con ellos en un plano de igualdad, quizá también como compañeros docentes.
Todos los que estamos aquí hemos llegado al Séneca en un momento de nuestras vidas, unas veces para formarnos como alumnos y otras para ponernos delante de la pizarra y transmitir la ciencia a los discentes. Algunos, incluso han podido ‒hemos podido, gracias a Dios‒ trabajar en estas aulas desde los dos lados de la tarima, y creedme que es una satisfacción buscar a veces, en las miradas luminosas e inocentes de nuestros alumnos, algún reflejo de las miradas luminosas e inocentes que, sin duda alguna, también pusimos nosotros alguna vez en las explicaciones del profesor.
En este medio siglo hemos pasado del Plan de Bachillerato de 1957, que regía en 1966, a los primeros pasos de la Lomce, pasando ‒por citar sólo las líneas generales‒ por la Ley General de Educación de 1970 y la Logse de 1990. En el día a día del Instituto, y en paralelo a estos cambios en la regulación, hemos visto también el paso del meyba azul marino al chándal de diseño, el cambio de la tiza por la veleda, la sustitución de la goma de borrar por el típex, el tránsito de la necesidad indiscutida de repetir si había más de dos suspensas al aprobado «por imperativo legal», la evolución desde el proyector de diapositivas (o del retroproyector, o del proyector de opacos) a la pizarra electrónica, el trueque de la «falta de orden» por el parte de apercibimiento, la caída en el olvido de la regla de cálculo, sustituida primero por la calculadora y después por el ordenador, el progreso desde las modestas excursiones pedestres al santuario de Linares a los intercambios internacionales institucionalizados… y la conversión de las gamberradas de toda la vida en los «comportamientos disruptivos» contemporáneos.
No disponemos de cifras exactas, pero no nos equivocaremos demasiado si decimos que en estos 50 años han pasado por aquí un millar aproximado de profesores y bastante más de 10.000 alumnos, muchos de los cuales ocupan hoy lugares de responsabilidad en ámbitos tan variados la medicina, la educación, el periodismo, la empresa, el derecho, la política, la milicia, la administración o la Iglesia. Ellos han sido la razón de ser de todos los trabajos que aquí se han llevado a cabo, y ellos han llevado a sus tareas profesionales, posiblemente sin saberlo, el tono alegre, laborioso y tolerante del «espíritu del Séneca».
Pero, con permiso del poeta Jorge Manrique, hay que matizar muy mucho eso de que «cualquier tiempo pasado / fue mejor». Por supuesto el pasado tampoco es peor por el mero hecho de ser pasado: cada tiempo tiene sus luces y sus sombras, sombras y luces que a veces no se ven en la inmediatez que nos deslumbra, y hay que esperar a que nos alejemos de los focos de la cercanía para ver con nitidez el lugar en que estuvimos.
Porque en este medio siglo hemos visto muchas luces: el crecimiento exponencial de la población escolarizada, la ampliación y universalización de la enseñanza obligatoria, la gratuidad de dicha enseñanza, la generalización de la enseñanza mixta en todos los centros públicos y concertados, la incorporación de las nuevas tecnologías, la apertura a Europa en programas como Comenius o la participación de todos los componentes de la comunidad educativa (profesores, padres, alumnos y personal de administración y servicios) en órganos oficiales para la toma de decisiones.
Pero ha habido también sombras, y no podemos ni queremos negarlo, porque sombras son sin duda la reducción paulatina, pero imparable, de horas lectivas en asignaturas como la Lengua Española, el arrinconamiento de los estudios humanísticos que deja como residuales materias tan básicas como el Latín o la Filosofía, o ‒lo que es aún más preocupante‒ el descenso vertiginoso de la consideración social de la figura del profesor, la pérdida de la autoridad del docente y el incremento desmesurado, sobre todo en los últimos años, de las tareas administrativas y burocráticas que enmarañan el verdadero y principal trabajo del profesorado. 
Precisamente para contemplar, con cariño y con ternura, pero también con rigor inteligente y con sentido crítico, los 50 años de luces y sombras transcurridos en este edificio, se han celebrado las actividades especiales que han jalo-nado este curso y parte del anterior. Hemos tenido presentaciones de libros, exposiciones de material histórico del centro ‒ya sea fotográfico, documental, didáctico, bibliográfico o administrativo‒, convivencia con antiguos alumnos, reconocimiento a profesores veteranos, conferencias de alto nivel científico pronunciadas por destacados especialistas, visitas de personas relacionadas con la historia del instituto, acuerdos de claustro para revocar decisiones adoptadas en tiempos convulsos por nuestros predecesores, actividades musicales y festivas… todo ello, entreverado con naturalidad con el día a día de las clases, las evaluaciones, las actividades vinculadas a celebraciones institucionales, los viajes de estudios y un largo etcétera del que toda la comunidad educativa ha sido a la vez protagonista y testigo.
Con estos actos, que hoy cerramos, hemos querido mirar atrás para reconocernos, y también ver muy claro el presente en que vivimos para impulsar el camino hacia el futuro, dejando en manos de las nuevas generaciones la prosecución de una labor, la educación, que tiene horizontes pero no límites, porque es precisamente la educación, el amor al saber, la formación en la autoexigencia y la preparación para el trabajo y la convivencia armónica lo que define lo mejor del ser humano. De todo eso sabe mucho el «espíritu del Séneca» del que venimos hablando, y es algo cuya transmisión tenemos a gala quienes trabajamos como docentes en esta casa.
En el emblema de las Facultades de Filosofía y Letras, como la que acogió a quien les habla cuando cursó sus estudios, se puede ver una antorcha encendida que se cruza con una columna estriada rota: la columna representa el pasado y la antorcha la pervivencia de su legado y la entrega a los que vienen camino del futuro. Quizá no haya una alegoría más bella de lo que es la educación, sobre todo en la etapa maravillosa de la adolescencia a la que dedicamos nuestros afanes.
Con el cuidado escrupuloso que merece nuestra historia y nuestro patrimonio, con todo lo que constituye la esencia de este centro, entregamos con alegría la antorcha encendida del saber a quienes vienen llenos de energía y de esperanza para proseguir en la nobilísima tarea de la educación en el Instituto Séneca de Córdoba.
Muchas gracias.

lunes, 21 de marzo de 2016

Fe en la ciencia

A veces oigo la expresión «tengo fe en la ciencia», por ejemplo cuando un enfermo se pone en manos de los médicos para curar una dolencia o enfermedad.

La expresión me hace gracia, porque tener fe en la ciencia es un oxímoron: no digo que la creencia sea incompatible con la ciencia, pero sí que sus caminos, sus medios y sus fundamentos son distintos. Se puede tener fe sin ser científico, y se puede ser científico sin tener fe, como se puede ser científico y creyente al mismo tiempo.

Pero el motivo de estas líneas es más trivial. Resulta que ayer, Domingo de Ramos, una cofradía salió en Córdoba cuando todas las previsiones meteorológicas aseguraban que no habría precipitaciones en las seis o siete horas durante las cuales haría su procesión por las calles. Había llovido fuerte, muy fuerte, por la mañana (lo que ocasionó destrozos de consideración en la cofradía que, por la mañana, había tenido la imprudencia de salir) y con menos contundencia pero la suficiente intermitencia y entidad como para que por la tarde las demás fueran más prudentes (sólo salió una y se tuvo que volver a las dos horas de su inicio).

La cofradía de la que hablamos -la Oración en el Huerto- retrasó casi una hora su salida, y cuando finalmente lo hizo, al borde de las ocho de la tarde, caía con suavidad el último chaparrón de la jornada; mejor dicho, el que estaba previsto que fuera el último. De hecho, antes de salir el primer paso, las nubes se retiraron -al menos hicieron el amago- para permitir que la luna se asomara casi llena al compás de San Francisco y que algunas estrellas -incluso algún satélite artificial- se dejara ver con claridad en el cielo azul oscurecido.


La gente se ilusionó pensando en que al menos una procesión iba a cubrir su recorrido por completo en la primera jornada procesional, y seguramente la misma cofradía, sus dirigentes, se veían ya protagonizando una noche gloriosa, en la que sus titulares serían acompañados por una multitud entregada a la búsqueda de sensaciones.

Los pasos salieron, en efecto, entre el entusiasmo de las personas que llenaban el Compás. Todo anunciaba una agradable compensación a los malos tragos que la mañana y la tarde habían deparado a los cofrades.



Poco después de las nueve de la tarde el cortejo en pleno de la cofradía estaba en la calle y se dirigía a carrera oficial para continuar después camino de la Catedral. Pero sobre las nueve y media comenzó a llover de forma inesperada, y la hermandad de la Oración en el Huerto se tuvo que volver precipitadamente a su templo.

Hasta aquí los hechos vistos desde fuera. Al parecer, la cofradía había estado en todo momento en contacto con la Aemet (Agencia Estatal de Meteorología), no sólo mediante la aplicación de los teléfonos móviles, sino también de forma directa y personal con técnicos de dicha Agencia. Y aquí viene el problema: nos aseguran que dichos técnicos garantizaron que, en efecto, el leve chubasco que descargó sobre Córdoba en torno a las ocho de la tarde iba a ser el último en un margen de tiempo suficiente como para que la cofradía recorriera sin más incidencias y al completo su itinerario previsto. Incluso nos han dicho que, ya iniciada la procesión y antes de que volviera a llover, los meteorólogos se pusieron en contacto con los responsables de la hermandad para avisarles de que un chaparrón imprevisto estaba a punto de descargar sobre la ciudad.

Ahora, como suele ocurrir, se pretende que la responsabilidad de lo ocurrido, es decir, del frustrado intento procesional, es de los meteorólogos que aseguraron que no llovería para después, cuando ya era demasiado tarde. (El mantra de que la culpa siempre es de otros, en este caso los meteorólogos que fallaron, merece un comentario por su preocupante extensión a todos los ámbitos de la vida personal, social y política, pero no nos vamos a detener en ello ahora).

El problema, sin duda, es el que abría estas líneas: la fe en la ciencia: «Si los meteorólogos han dicho que no lloverá, no lloverá; ellos saben de esto y podemos confiar», pensarían los cofrades del Huerto. Confiaron y pasó lo que pasó, pero estos cofrades quedaban libres de la responsabilidad de la decisión, tomada en el altar sagrado de la ciencia. Hace pocos años ocurrió algo parecido un Viernes Santo con la hermandad de los Dolores, a la que un fortísimo aguacero sorprendió en la calle Blanco Belmonte: las previsiones meteorológicas aseguraban que no les llovería y, confiados en ellas, la hermandad decidió salir olvidando algo tan obvio como mirar la extensión, la densidad y el color de las nubes que cubrían el cielo cordobés aquella tarde.

Olvidamos que la meteorología no es una ciencia exacta, como no lo son la medicina, la economía, la química, ni la física ni mucho menos la sociología, la filología o la antropología. En todo lo que no sean las matemáticas -y a veces también en ellas- hay que dejar abierta la puerta del azar, esa fuerza que pone de los nervios a nuestra autosatisfecha condición de seres racionales. Y en meteorología, que es lo que aquí nos ocupa, dejar la puerta abierta al azar se traduce sencillamente en suspender la salida procesional con independencia de lo que dijeran los meteorólogos.

Lo que estamos comentando ocurre con mucha frecuencia en medicina: «Hay que hacer tal cosa porque lo dice el médico», y lo hacemos tranquilamente, confiados en la preparación de los galenos, pero si el enfermo muere o no mejora, la culpa es precisamente del médico, ¿de quién si no?. Porque cuando ocurre algo que escapa a nuestras posibilidades siempre hay un otro en quien descargar el pesado fardo de la responsabilidad personal.

Creemos ciegamente en lo que dice la ciencia, y soy consciente de la paradoja que la frase encierra. Estamos en un mundo que pretende que la ciencia, la Ciencia -hay quien la escribe ya con la mayúscula que le quita a Dios- tiene siempre la última palabra: ella nos sacará de dudas y nos resolverá los problemas; eso, al menos, es lo que queremos, o lo que creemos, o lo que queremos creer.

Pero no. La Ciencia, incluso escrita con mayúscula, no es nada más que un montaje de los humanos para tratar de abarcar la realidad con nuestras medidas y parámetros. Un montaje, desde luego, sólido en bastantes ocasiones y cimentado en la roca de la razón; pero la roca de la razón a veces tiene grietas, y la ciencia es una construcción interminable, siempre cubierta de andamios y estructuras provisionales, y ya sabemos que en una obra, por mucho que se esmeren los instrumentos y se afinen criterios de prevención de riesgos laborales, siempre hay un margen para que un operario -incluso cumpliendo a rajatabla la normativa- resbale de un andamio y dé con sus huesos y su vida en el suelo, que ese sí que es un criterio infalible.

La ciencia racionalmente asumida es un proyecto que avanza lentamente, con retrocesos y rectificaciones, siempre provisional y siempre abierta a nuevas hipótesis aun a riesgo de tener que desmontar en parte o en todo el edificio del conicimiento (o al menos su andamiaje). La Ciencia, con mayúscula, es una religión en la que se cree o se puede creer con sinceridad y convicción, con la misma sinceridad o convicción en que un católico puede creer en la transustanciación, pero también con el mismo fundamento racional o lógico, es decir, ninguno.

La ciencia no cubre todas las posibilidades ni es capaz de prever todas las eventualidades. Confiar en ella a ciegas es signo de imprudencia e inmadurez. Y encima, a diferencia de la religión, no nos da ni siquiera la esperanza de una vida eterna.

(La hermandad de la Oración en el Huerto me habría ahorrado todo este tostón suspendiendo sencillamente su salida).

domingo, 28 de febrero de 2016

Sobre el padrenuestro sacrílego de Colau

El Padrenuestro sacrílego de la Colau es eso, una versión sacrílega del Padrenuestro, que ofende las creencias y sentimientos de la gente que se proclama católica, yo entre ellos. Vaya eso por delante.


Pero decir lo que dijo esa fulana no es delito. Desde el punto de vista religioso es pecado, pero dudo mucho de que eso le preocupe lo más mínimo a esa hija de su madre.

Hace unos meses asistí a una conferencia de un catedrático de Derecho Eclesiástico del Estado que dejó las cosas muy claras. Él es católico practicante, que conste, y dijo lo siguiente:

Hacer una ofensa en la calle o en un local a cualquiera de las creencias de alguien puede ser un acto de mal gusto, un afán de provocar y todas esas cosas, pero no es delito penal, es ejercicio de la libertad de expresión. Estoy de acuerdo: a mí me molesta que una hija de su madre ofenda mi fe, pero eso no merece una sanción administrativa ni penal desde mi punto de vista (ni desde el de la ley, que es el que ahora cuenta).

Otra cosa es cuando la ofensa se hace en el interior de un recinto religioso (iglesia, capilla, mezquita, sinagoga). Entonces -dijo el conferenciante- sí es un delito tipificado en el Código Penal, porque atenta contra un derecho fundamental de las personas recogido en la Constitución: la libertad religiosa. Leer o recitar el Padrenuestro blasfemo en una iglesia sí sería delito, como lo es atarse a la Cruz del Cristo que hay en la Catedral de la Almudena (lo hicieron dos zorras de Femen) o lo que hizo la hija de puta de la portavoz del Ayuntamiento de Madrid en una capilla de la Universidad: eso es delito tipificado en el Código Penal, ya que es un atentado contra la libertad religiosa de otros.

El mismo conferenciante, hablando de aconfesionalidad y laicismo, además de explicar las diferencias entre estos dos conceptos, señaló que por ejemplo en un Juzgado no debe haber Crucifijos (ni estrellas de David ni medias lunas), porque debe ser un lugar explícitamente neutral. ¿Y en los colegios y hospitales públicos? Dijo algo muy claro, que algunos de mis lectores no aceptarán: aunque no hay ninguna ley que ordene quitarlos ni mantenerlos, él veía racional, lógico y respetuoso que no se pusieran donde no los hay, pero que no se quitaran de donde están ya puestos. Lo veo muy sensato, aunque -repito- algunos de quienes me leen no compartirán este criterio.

Termino con dos observaciones:

1. Habrán observado que de vez en cuando he entreverado mi post de juicios y valoraciones sobre personas. Alguien las puede considerar ofensivas, pero son un ejercicio de mi libertad de expresión que no constituye delito (si se ofende el aludido /-a, que se aguante como yo me he aguantado con deportividad ante el Padrenuestro blasfemo). Puede ser -como el citado Padrenuestro- mala educación o mal gusto por mi parte, pero eso no es un problema jurídico.

2. Estoy seguro de que la fulana que hizo ese Padrenuestro no tendría ovarios para hacer una versión análoga de cualquier sura del Corán. Porque, a la vista de lo que estoy viendo, el autodenominado progresismo (todo lo que hay desde el PSOE hacia la izquierda, con retazos de C's y nacionalistas), la tolerancia religiosa consiste en insultar y ofender a la Iglesia Católica en nombre de la libertad de expresión, y en respetar escrupulosamente al Islam en nombre del multiculturalismo.

He dicho.

(Publicado en mi cuenta de Facebook el 19 de febrero de 2016)

Apuntes de un profesor en la recta final (1)

Esta mañana he terminado mis clases con una hora de ese bodrio didáctico de la Logse llamado "Proyecto" en un grupo de unos quince alumnos de 4º de ESO. Como me parece una pérdida de tiempo, dedico esa hora semanal, que ni siquiera lleva nota a final de curso, a actividades de mi materia por supuesto, pero en un tono y un ambiente más desenfadado y más relajado. Y así, pasamos la hora leyendo poemas y relatos y comentándolos después, sólo de viva voz, con el grupo de alumnos que me tienen que aguantar a esa hora.


Hoy, en el último cuarto de hora, se me ha ocurrido ponerle un poema de Benedetti, que se titula Te Quiero y que muchos de mis amigos de Facebook conocerán. Pero no les he dado el texto de primeras, sino que he abierto el ordenador y les he mostrado dos YouTube en los que se canta ese poema; en el primero son Los Sabandeños, en el segundo Nacha Guevara. Antes de darle al play por primera vez les he explicado quién fue Mario Benedetti, cómo y cuándo hizo ese poema, en qué circunstancias estaba su país, Uruguay, cuando él lo escribió... Y le he dado al play.

Desde el principio los chicos se han sentido electrizados por la la canción, cuyos versos -en la versión de Los Sabandeños- aparecían sobreimpresionados en la pantalla, que ellos miraban fijamente.

"¿Se puede aplaudir?" ha preguntado uno al terminar la canción. Le he dicho que no.

Luego he repetido la canción, esta vez en la voz inigualable de Nacha Guevara. Y otra vez sus ojos se han pegado a la pantalla, en la que yo había puesto el texto del poema mientras sonaba la cantante.

Ha tocado el timbre justo al acabar la canción. Y varios de mis alumnos han salido cantándola por los pasillos: al oírlos he sentido una alegría interior inmensa. Porque que unos chicos salgan de una clase que en teoría les importa un bledo -ya digo, no tiene nota- cantando una canción que de nada conocían, es más de lo que puede esperar este profesor de Secundaria que, a estas alturas de su vida, poco tiene que ofrecer y que se bate ya en retirada del campo de batalla de la docencia.

Y os he querido compartir esta emoción, que ha justificado un día más mi acierto al elegir la profesión de la docencia de adolescentes que, como he dicho muchas veces, es el trabajo más bello del mundo. Os dejo con el enlace de Nacha Guevara cantando Te quiero. Y buenas noches.


(Publicado en mi cuenta de Facebook el 25 de febrero de 2016)

sábado, 23 de enero de 2016

Lo que nos merecemos

Dicen algunos que Córdoba no se merece lo que tiene. Me refiero a la patética "alcaldesa" Isabel Ambrosio y sus impresentables actitudes y decisiones. (Entrecomillo lo de "alcaldesa" porque es sólo un títere en manos de otros, sin personalidad ninguna, una víctima de libro del síndrome de Estocolmo en política).


Pero... ¿de verdad que Córdoba no se merece lo que tiene? Yo tengo mis dudas, que se basan en lo que veo si miro hacia atrás, hacia un pasado aún reciente...

Si miramos atrás vemos a una alcaldesa de fantoche, de charanga y pandereta llamada Rosa Aguilar, que hubiera dado a Valle-Inclán materia prima para varios esperpentos (y ríase usted de la Farsa y licencia de la reina castiza).

De la mano de Rosa Aguilar estaba el inefable Rafael Gómez, alias Sandokán, un tipo cuya vida podría servir de inspiración a un culebrón costasoleño, que se postuló como alcalde hace poco más de cuatro años y sacó cinco concejales (no por arte de magia, sino porque lo votaron varios miles de cordobeses).

La otra pata del trípode era el cura Miguel Castillejo, al que todos en algún momento de nuestra vida rendimos pleitesía e hicimos el rendivú, hasta que llegó un obispo (Asenjo) que lo puso en un sitio del que -a la vista de los hechos- nunca debió salir: quizá su sitio hubiera sido la parroquia de la aldea de Cuenca, cerca de su querida Fuente Obejuna.

Ni Aguilar, ni Sandokán ni Castillejo son ya nada en Córdoba, pero de aquellos polvos... Bueno, sí, Rosa Aguilar, aunque está ya fanée, ajada físicamente, más lamentable y despreciable que nunca, conserva una parcela de poder en la Consejería de Cultura... una parcela -de parcelas sabe mucho doña Rosa- que le cuida en nuestra provincia su amigo -tal para cual- Franscisco Alcalde, otro que bien baila (siempre, eso sí, que el baile lo pague otro que le dé calor y cobijo, llámese Miguel, Juan Pablo o Rosa). Porque Francisco Alcalde es otro cordobés que vaya tela... A la vista de su biografía -que alguien deberá escribir en su momento- se me antoja que el único renglón digno en su currículum es el que dice "antiguo alumno salesiano".

Pero nos queda un último personaje: inefable, eterno, invariable, que sigue en pie como las pirámides de Egipto pese al paso del tiempo y la erosión. Quizá él sea el símbolo perfecto de lo que Córdoba es y de lo que Córdoba se merece. Lo veo por la calle y compruebo que él no está desgaste; no sé si se habrá hecho alguna operación (que alguien le habrá pagado, por supuesto) o es que la concentración en su persona de muchos medios de Moriles, muchas partidas de dominó, muchos peroles subvencionados y muchos pactos con muchos demonios a lo largo de los años lo mantienen así de impoluto... Me refiero al ínclito, al inconmensurable, al único Francisco Castillero, presidente de la Academia Cordobesa de la Caspa, llamada también Federación de Peñas Cordobesas. (Me han entrado ganas de escribir su nombre y apellidos sobre mármol de Carrara, o con letras mayusculísimas, pero me he controlado, que conste).

Isabel Ambrosio, Rosa Aguilar, Rafael Gómez, Miguel Castillejo, Francisco Alcalde, Francisco Castillero... eso es Córdoba. No nos equivoquemos. Nuestra tierra da con generosidad frutos de esta especie, que nacen de nuestro humus, que se alimentan con lo mismo que nosotros, que crecen alentados por quienes en algún momento los hemos votado o aplaudido o reconocido, y sobre todo por quienes callamos ante sus tropelías y no les dimos en el momento oportuno su merecida y abundante dosis de desprecio, de olvido, de silencio mortal.

De modo que si en Córdoba hemos regado la tierra para que dé cosechas como ésta... ¿de verdad que no nos merecemos los cordobeses lo que tenemos encima? Quizá hasta sea poco para lo que realmente merecemos...

martes, 5 de enero de 2016

Marxistas de salón



A propósito de este artículo, añado mi comentario:

Yo también conozco a marxistas cordobeses de chalet, de casa en la Costa del Sol, de bachilleratos en las Teresianas y veranos en Suiza o en Irlanda. Chicas marxistas que iban a clase con abrigos de visón, tomaban los apuntes con bolígrafos Cross de oro y luego daban carnets de demócratas en las asambleas de la Facultad, que soñaban con casarse con un estudiante de Derecho que quería ser abogado laboralista y acabó en el despacho de papá (defendiendo a las constructoras de Marbella). Chicas marxistas a las que se les permitía no hacer un examen el día señalado -sábado- porque ese día "tenían que ir" a la boda de una amiga. Y chicos marxistas que con Franco vivo y coleando llevaban ostensiblemente libros con poemas de Bertolt Brecht o de Maiakovski y que luego acabaron dirigiendo una edición del ABC, o mamando subvenciones públicas como directores generales de la mal llamada Memoria Histórica. Sí, yo conozco también a marxistas de chalet. Y de abrigo de visón. Y de angulas de Aguinaga, que esas sí que son auténticas, no las gulas que anuncian en la tele.

domingo, 3 de enero de 2016

¿Comercio justo?

He entrado hoy, creo que por primera vez en mi vida, en una tienda de las que alardean en su fachada de "Comercio Justo". La tienda tenía el mismo aspecto que cualquier otra, y la dependienta también. Los precios, eso sí, eran algo más caros, sobre todo porque en su mayoría venían de países lejanos y claro, hay que pagar los portes.

Al salir me he hecho unas preguntas: la modesta panadería de las chicas, tan simpáticas, a las que compro el pan cada día, que son a la vez jefas y empleadas, ¿es una tienda de comercio "injusto"? A mí me parece que lo injusto es el horario que ellas tienen que soportar para poder llevar algo digno a sus familias. Los productos no son peores que los del autodenominado "comercio justo", y los precios son aproximadamente iguales, quizá algo más baratos (los más lejanos son las obleas de Cipérez, Salamanca).


¿Es una tienda de comercio "injusto" la papelería que hay justo bajo mi casa? ¿Lo es la zapatería de la esquina, donde me atienden siempre con amabilidad y eficiencia? ¿Es injusto el beneficio de otra tienda, esta vez de ropa, situada en mi mismo bloque y que vende confección a buen precio y calidad, ideal para vestir de diario?

No sé por qué, pero lo del autodenominado "comercio justo" siempre me ha parecido un timo, una especie de chantaje afectivo. Y la visita que he hecho hoy a uno de esos establecimientos me lo ha confirmado. Por tanto, seguiré comprando donde siempre, mirando por encima de todo la relación calidad/cantidad/precio.

(29 de diciembre de 2015)

¿Quiénes son los ricos?

"Si los ricos no comparten, que tengan cuidado", dice el mediático Padre Ángel. Y como parece que es un hombre inteligente, además de cargado de buenas intenciones, yo le pido: "Padre, defíname exactamente qué es un rico, quién es rico y quién no lo es".


Siempre he pensado que hablar de ricos, genéricamente, es peligrosísimo, como hablar genéricamente de gitanos, negros, musulmanes, católicos o madridistas. Porque todo el mundo es rico para alguien y pobre para alguien. Yo soy un muerto de hambre para las Koplowitz, por ejemplo, pero un potentado para algunos vecinos de la calle Torremolinos de Córdoba. Y un vecino de la calle Torremolinos de Córdoba puede ser para mí un muerto de hambre, pero es un potentado para una madre de siete hijos que vive en la República Centroafricana.

Por tanto, Padre Ángel, haga un paréntesis en su benemérita labor y en sus apariciones mediáticas y dígame con exactitud: ¿Cuándo empieza uno a ser rico? ¿Somos todos ricos o pobres, sin posiciones intermedias? Sé que habla en términos económicos y patrimoniales, no en términos morales o culturales, donde por cierto también hay pobreza, no siempre vinculada a la económica.

Por favor, dígame quién es rico, dígame a partir de qué nivel de renta -cifrada en euros exactos- uno deja de ser pobre, o -hacia abajo- empieza a serlo.

Mientras tanto, no haga afirmaciones tan llamativas y amenazantes.

(2 de enero de 2016)

Capitalidad cultural 2016



Estamos en 2016 y, como sabemos desde 2011, no seremos Capital Cultural de Europa. La verdad es que, nos guste o no, aunque nosotros tengamos mucha más historia y mucho más arte (del pasado) que San Sebastián, la ciudad vasca nos gana por goleada en actividad cultural presente, en actividad económica y en nivel de vida.

Pero es que no quiero ni pensar lo que sería una Córdoba Capital Cultural con el actual equipo de gobierno en el Ayuntamiento, caracterizado por el sectarismo, la tricefalia y la gilipollez institucionalizada. Basta ver a las tristes figuras de la alcaldesa, (Isabel Ambrosio), del primer teniente de alcalde (David Luque), del que se cree alcalde pero sólo tiene 4 concejales (Pedro García), del que es realmente alcalde porque tiene de rodillas a PSOE e IU (el de Ganemos, no sé cómo se llama ni me importa)... sin olvidar al Alcalde con mayúscula (sólo por el apellido), un analfabeto que ha metamorfoseado su condición de lacayo de Castillejo en la de okupa de la Delegación de Cultura de la Junta de Andalucía por obra y desgracia de la ajada Rosa Aguilar,

No quiero ni pensar, digo, en las actividades culturales que esos personajes meterían en un programa que tendría como espectadores a ciudadanos de toda Europa, ni en la sarta de mentiras que derramarían sobre nuestra historia pasada.

Así, mejor que no tengamos la Capitalidad Cultural. Nos hemos ahorrado ser la vergüenza y el hazmerreír de Europa.

(3 de enero de 2016)