Gregorio Samsa, el protagonista de La metamorfosis de Kafka, es consciente desde el primer momento de la terrible transformación que se ha operado de forma súbita en su anatomía, hasta la noche anterior plenamente humana. Su drama consiste precisamente en eso, en darse cuenta de que ha sufrido un cambio que modificará sustancialmente sus relaciones con los demás seres humanos, hasta el punto de hacerlas imposibles. La obra del autor checo tiene como eje argumental la angustia del personaje, la certeza de que su vida ha sufrido, al parecer de forma irreversible, una transmutación que, como se ve en el libro, acabará llevándolo a la muerte.
Lo que le ocurre a Samsa le ocurre sólo a él, y vive su tragedia de forma personal e íntima, escondido bajo las sábanas. Desde que sabe que tiene la forma de un insecto gigante –en ningún momento el autor precisa qué clase de insecto−, rehúye el contacto con los demás y siente pánico ante la posibilidad de que sus seres queridos, su familia, lleguen a contemplarlo en su estado actual. Aunque llegan a verlo su madre y su hermana, en realidad su problema es estrictamente personal.
Los personajes de Rinoceronte de Ionesco, se metamorfosean también de forma súbita, pero su transformación es social, contagiosa como una epidemia: los habitantes del pueblo van transformándose de uno en uno, a un ritmo que va creciendo conforme avanza la obra. Pero, una vez que son rinocerontes, no dan muestras de sufrir conflicto ético alguno y siguen su vida cotidiana como si tal cosa, es decir, no son conscientes de que se han convertido en monstruos horripilantes y viven su día a día creyendo que en todos los aspectos siguen siendo los mismos que eran antes de su metamorfosis.
El cambio de forma que se opera en los personajes de Ionesco sólo es perceptible desde fuera: son los demás, los que aún no se han convertido en rinocerontes, los que ven a sus semejantes con su nuevo aspecto. El avance de la «epidemia» hace que los que mantienen la forma humana lleguen a dudar de su propia identidad, o sea, son los que conservan la normalidad los que se sientan como marginales. De hecho, al final de la fábula el único ser humano que mantiene su forma habitual se quita la vida al sentirse diferente de sus semejantes.
Como se puede ver, hay una diferencia fundamental entre las dos «metamorfosis» literarias que estamos analizando. El personaje de Kafka que sufre el cambio de forma mantiene íntegra su dignidad y su capacidad de análisis y raciocinio, y ésta es la raíz profunda de su angustioso drama; sabe que la vida humana es convivencia y que ésta sólo es posible cuando en la relación con los semejantes se dan determinadas circunstancias. (Dejemos ahora, por un momento, las habituales reflexiones psicológicas que ven a Samsa como un alter ego de Kafka, que fabuló con esta narración sus propios complejos y dificultades comunicativas; en cualquier caso, estas consideraciones no restan un punto de validez al punto de vista que aportamos en estas líneas).
Pero los sucesivos «rinocerontes» de Ionesco son un dechado de cinismo. Han dejado de ser humanos, son criaturas de una monstruosidad obscena y se niegan a aceptar la realidad en la que viven, mientras ésta le permita continuar su cotidianidad y no les suponga proble-mas: han puesto sus pequeños intereses particulares por encima de su dignidad, han pisoteado la ética. Llegan, incluso a ver como monstruos a quienes no se han degradado como ellos. (Y dejemos ahora, porque tampoco modifican nuestro análisis, la lectura habitual de Rinoceronte que asocia la transformación de los personajes a la indiferencia con que la mayoría de los franceses acogieron la ocupación de su país por los nazis, aunque posteriormente se cundiera la consoladora mentira de que «la mayoría de los franceses colaboraban con la Resistencia»).
La fábula consiste en presentar la realidad con vestiduras de ficción. Tanto Kafka como Ionesco han contado en las obras que comentamos historias de apariencia absurda para mostrar no sólo un evidente simbolismo (aunque éste sea poliédrico), sino también el propio sinsentido en que a veces se puede desenvolver nuestra existencia.
Nadie está exento del riesgo de convertirse en un insecto gigante que se niega a salir de su dormitorio o en un pacífico rinoceronte que pasea las mañanas de los domingos por el parque de su pueblo. Quizá lo único que nos queda es la posibilidad de optar por la actitud de Gregorio Samsa o por la de los sucesivos «rinocerontes» ionesquianos. O quizá ni eso, aunque sería terrible no poder optar, sobre todo porque lo más terrible es que a que se han convertido en los rinocerontes les va mejor en la vida que a los que se han visto transformados en insectos.
viernes, 21 de junio de 2013
domingo, 19 de mayo de 2013
Lo que da de sí una simple foto
Veo en mi abundante y desordenado archivo fotográfico una
instantánea tomada en la Parroquia de San Pedro el Domingo de Pasión de un año
que no puedo precisar, aunque debe de ser de entre 1977 y 1982: de después de 1982
es imposible que sea, porque el original tiene un formato (9x13) que a mediados
de ese año dejó de comercializarse al ser reemplazado por el hoy vigente de
10x15. En cualquier caso, es ineludible que sea de antes de la Semana Santa de
1983, porque en verano de 1983 la imagen del Cristo de la Misericordia fue
sometida a la restauración que le practicó Rafael Rivera Valle, en la que
desaparecieron –en buena hora− esos intensos brillos y barnices que se pueden
apreciar en la fotografía.
Lo que se ve en la foto, pues eso, se ve, aunque lo más
interesante es lo que dejó de verse, es decir, lo que había en la parroquia
antes de la restauración terminada en 1998 y de lo que, a raíz de su
reapertura, nunca más se supo.
Expliquemos primero lo que se ve. El Cristo de la
Misericordia –antes de la restauración, como queda dicho− está sobre su cruz
procesional antigua (fue reemplazada en 1994) y ésta aparece, aunque no se ve
en la foto, «pinchada» sobre el suelo de la hoy Basílica. El agujero se hizo
para el besapiés de 1976, por «obra y gracia» del recordado Enrique Hidalgo,
que rompió de un martillazo una loseta de mármol blanco para, en su espacio,
excavar lo suficiente como para meter un tubo de uralita de un metro de
longitud y de diámetro algo superior al de la cruz del Cristo, con el fin de
asentarla con seguridad en su posición vertical. Unas grandes piedras que había
en San Pedro desde la restauración de la capilla de la Misericordia (reestrenada
en noviembre de 1975), sirvieron para tapar el agujero y para dar una sensación
de «Calvario» al soporte de la cruz. Pero eso no se ve en la instantánea.
La imagen de Nuestra Señora de las Lágrimas en su Desamparo
lleva sus mejores galas, empezando por el manto procesional, que sólo en
contadas ocasiones ha lucido en besamanos. Lleva sobre el pecho el puñal pero
no la cruz pectoral del obispo López Criado que en alguna ocasión llevó el
Miércoles Santo. Tras ella se ve un dosel rojo en el que se ha colocado la Cruz
de Guía. Y tras el dosel, se ve ligeramente la parte superior del retablo que
había en ese sitio: era un retablo barroco de regular factura, en la que se
veneraba una imagen de San José seguramente procedente de la factoría de El
Arte Cristiano de Olot, es decir, una imagen de serie. El párroco Don Julián
Cabellero era muy devoto de San José y todos los años practicaba la conocida
devoción de los Siete Domingos. Hay que decir que el retablo desapareció de San
Pedro, y –poniendo en práctica la penosa costumbre de «desnudar a un santo para
vestir a otro» fue colocado en el altar mayor de la parroquia de Santa
Victoria, en el Barrio del Naranjo. De la imagen de San José, como de tantas
otras cosas, nunca más se supo.
Sigamos: hacia el centro de la foto, y en segundo término,
se ve un candelero que sostiene una flor de cera; durante algunos años –el primero
de ellos fue 1976− dos exornos de este tipo escoltaron a Nuestra Señora de las
Lágrimas en su paso de palio, uno a cada lado, sobre candeleros de gran tamaño −«marías»−
que no eran propiedad de la hermandad, sino cedidos por la parroquia. Tras él
se ve una columna salomónica como soporte de un centro de flores: la columna
procede del retablo de San José que aparece cubierto, que tenía cuatro, y que
de vez en cuando se cogían para exornar altares de cultos o besapiés.
La pared del fondo aparece blanca: recuérdese que hasta el
cierre de 1985 la iglesia estuvo encalada, de blanco en las paredes y de color
sepia en las columnas y nervios de los arcos: puede verse perfectamente en la
columna que hay detrás del Cristo. Sobre la pared se ven dos de las estaciones
del Via Crucis que volvieron al templo tras la reapeprtura. Lo que no volvió, y
nadie ha dado explicaciones del por qué, es esa cruz de mármol blanco que
recuerda la Santa Misión que se celebró en Córdoba en 1945 y de la que se
erigieron recuerdos similares a éste, de más o menos tamaño, en las parroquias
donde hubo actos misionales. He de decir que la cruz de mármol la he visto hace
unos días, completamente intacta pero olvidada, llena de polvo y arrinconada en
las escaleras que suben desde la sacristía al campanario.
Tras el Santísimo Cristo se aprecian los tres grandes
hachones, con sus cabeceras para cumplir la misión para la que fueron hechos,
que no es otra que lo que se ve en la foto: sostener cirios de grandes
dimensiones para las ceremonias solemnes. Antes de la reapertura del templo,
alguien tuvo la «genial» idea de «decapitarlos», es decir, impedir que sobre
ellos volvieran a colocarse cirios: de una sola tacada, se amputaba una obra
realizada como mínimo en el siglo XIX y se «ganaban» cuatro soportes para
centros de flores en las bodas. El «genial» autor de tan «brillante» amputación
no sabemos quién sería.
Se ve también, entre la columna y la pared, se ve a dos cofrades
muy difíciles de identificar; el que está más al centro viste traje oscuro y sostiene
un incensario, parece ser de más edad que el otro, que viste de azul claro y
pantalón gris; se vislumbra entre ellos la fila de bancos que había en la nave
de la epístola, y un banco más al fondo, pegado a la pared.
Finalmente, en la parte izquierda de la fotografía se deja
ver el cancel de la puerta llamada «del sol», que como es sabido también fue
demolido sin contemplaciones en la más que discutible «restauración» culminada
en 1998 (tras unos años laberínticos y mucho tiempo de abandono, en el que no
faltaron las trifulcas políticas ni las desidias eclesiales, como recordará
cualquiera que viviera aquella época.
En resumen, la fotografía muestra no sólo cómo quedó la
exposición a la veneración de los fieles de las dos sagradas imágenes en ese
año (después de mirar minuciosamente la instantánea para sacar las notas que he
ido señalando, me inclino por acercarla más al año 1977 que a 1982), sino también,
y quizá sobre todo, de cómo estaba San Pedro antes del cierre, porque
desgraciadamente no quedan muchas fotografías que nos permitan hacernos una
idea, y cuando pase la generación que la conoció, habrá muy pocos testimonios
de ella.
domingo, 28 de abril de 2013
Me hallará la muerte
Acabo de terminar la lectura de Me hallará la muerte, de Juan Manuel de Prada. Sigo con interés las
colaboraciones semanales de este escritor en ABC, pero no sus apariciones televisivas u otras actividades que
desarrolla.
Asistí a la
presentación del libro en Córdoba, hace de esto ya un par de meses más o menos.
Y decidí leer el libro.
No he leído
ninguna crítica, buena o mala, que la novela haya tenido en los distintos medios
de comunicación y suplementos culturales. Lo que yo escriba aquí, pues, se
basará exclusivamente en mi impresión tras la lectura del libro.
He leído la novela
con mucho interés, y si no ha sido de un tirón es porque mis ocupaciones no me
lo han permitido. Sabía que la novela se situaba en tiempos de la División
Azul, que ésta era el fondo de la historia pero también, porque lo dijo Prada
en su presentación en Córdoba, no se trata de una novela histórica, sino de una
novela sobre la impostura, sobre la condición de un hombre –Antonio Expósito,
el protagonista−, que tiene que vivir sobrellevando la carga de una
personalidad ajena y asumiendo las deudas morales de ésta.
La historia está
perfectamente construida, como es de esperar en un escritor como Juan Manuel de
Prada, y su escritura salpicada de guiños al lector, de reminiscencias
literarias en forma de frases tomadas de grandes autores (Góngora, Garcilaso,
Borges, Quevedo…) que se insertan con naturalidad y sin pedantería en el cuerpo
del texto. Por otra parte, las periódicas repeticiones de frases ya escritas en
la misma novela, a veces con cientos de páginas de por medio, sirven de
perfecta ensambladura y, en cierto modo, le dan un ritmo orquestal y sinfónico.
En cuanto al fondo
histórico, hay que tener en cuenta que es eso, un fondo simplemente, poco más
que un decorado. En ningún momento el autor ha pretendido reconstruir la
historia tal como fue, sino sólo dotar a su narración de un marco referencial;
prueba de ello es la cantidad de páginas que transcurren desde el principio del
libro hasta la primera alusión cronológica concreta, una fecha de 1943. Luego,
los acontecimientos que se citan –el avance hacia el final de la Segunda Guerra
Mundial, los años del estalinismo, el viaje del Semíramis con los supervivientes de la División, etc.− encajan la
historia que cuenta con los datos externos, pero éstos en ningún caso adquieren
carácter protagonista.
Por la novela
desfila una interesante nómina de personajes, bien caracterizados y, en algún
caso, perfilados de forma un tanto hiperbólica; pero todos ellos humanos y
representativos de una forma de vivir (o de pasar por la vida) y de una actitud
ante los acontecimientos. Antonio, Carmen, Mendoza, Cifuentes, Camacho, Amparo,
Nina o Becerra son tremendamente humanos, y sobre casi todos ellos –no sobre
todos, desde luego− el autor derrama una suerte de ternura que provoca en el
lector la solidaridad y, a veces, la reprobación. Quizá, y es un acierto de
Juan Manuel de Prada, el protagonista es el único que se presenta sin
valoraciones, en la desnudez de una impostura que conoce el lector, pero no el
resto de los personajes.
Para mí, lo mejor
de Me hallará la muerte es su
perfecta dosificación de los episodios. Como muchas buenas novelas, empieza con
un ritmo lento que se va acelerando conforme pasan las páginas. Al principio,
Antonio Expósito, el protagonista, es un simple delincuente de poca monta que
busca una compañera para que se «asocie» en un proyecto delictivo cuyos «beneficios»
serían compartidos por los dos socios. Encuentra a Carmen y comienzan a poner
en práctica el plan. En varias ocasiones les sale bien, hasta que en su último
intento ocurre un imprevisto y Antonio tiene que cometer su primera impostura
para salvar la vida y la libertad de Carmen. Y como tiene que huir, no ve más
salida que alistarse en la División Azul, pero no en la primera oleada,
entusiasta y masiva, sino cuando, dos años después, empiezan a pintar bastos
para los nazis. Estamos en 1943.
En Rusia
transcurre la parte central de la novela, pero no la mayor ni la más
importante, aunque allí conoce a Mendoza, con el que intima, y con el que tiene
un sorprendente y puramente casual parecido físico. La muerte de éste le da la
macabra oportunidad de hacer sus veces, pero no lo sustituye por iniciativa
propia, sino a instancias de Nina, una comunista francesa con la que Antonio ha
tenido ocasión se compartir tórridas noches de sexo en uno de los campos de
prisioneros. Acaba la guerra y el protagonista, Antonio/Mendoza, pasa a ser
prisionero del Gulag estaliniano. Pero también muere el dictador –la historia
da de una página a otra un salto de ocho años− y las nuevas circunstancias, en
que la URSS intenta desembarazarse del fantasma de Stalin y su terror− permiten
que los divisionarios prisioneros vuelvan a España.
En nuestro país también
las cosas han cambiado: Franco ha pactado ya con los Estados Unidos y no quiere
que se recuerde, ni mucho menos se glorifique, a los hasta unos años antes «héroes»
de la División Azul. En este ambiente Antonio es confundido con el alférez
Mendoza y tiene que sustituirlo, lo que le permite disponer –siempre como
impostor, aunque sólo él conoce su impostura− de una «familia», un trabajo y
unas relaciones nuevas. Pero el protagonista hereda también las cargas y pecados
familiares de la persona a la que sustituye, lo que lo introduce en un
torbellino de falsos «reencuentros» y de acontecimientos que se van acelerando
conforme pasan las páginas, en paralelo a la conciencia de vacío que se va
adueñando de Antonio, que decide hacer borrón y cuenta nueva. Reencuentra a
Carmen, que también ha tenido una historia durante su larga ausencia, y con
ella pretende empezar una nueva vida en Francia. En las últimas páginas se «encuentran»
los problemas y deudas de las dos personalidades de Antonio hasta que, sólo en
la última página, nos encontramos con el sorprendente final: un final que a
algún lector clásico le puede parecer precipitado y con flecos sueltos, pero
que en una historia como la que se ha ido desenvolviendo ante nuestros ojos, y con
un protagonista con las peculiares circunstancias de Antonio Expósito, no podía
ser de otra forma.
En resumen, un
libro interesante, que exige del lector la continuidad de la lectura y que hace
pensar en las imposturas pequeñas que todos, alguna vez, hemos cometido en
nuestra vida.
28 de abril de 2013
martes, 19 de marzo de 2013
A vueltas con el Papa y el «talante»
Hace apenas una semana de la proclamación del Papa Francisco y ya están algunos medios de comunicación y muchos ignorantes enemigos de la Iglesia –que a veces son los mismos− proclamando el más mínimo gesto del nuevo Pontífice poco menos que como el alba de una revolución en la Iglesia, como si de aquí a cinco años en ésta no fuera a quedar títere con cabeza.
Se celebra, por ejemplo, como un hecho sin precedentes que el Papa abonara la factura de la que fue su residencia romana hasta el Cónclave, como si los cardenales Wojtyla o Ratzinger, antes de ser Juan Pablo II o Benedicto XVI respectivamente, hubieran dejado de pagarlas sólo por el hecho de alcanzar la silla de Pedro. La única diferencia con el caso actual estriba en que los predecesores de Francisco no lo hicieron en persona o, sencillamente, lo hicieron sin fotógrafos delante, pero eso no lo han dicho porque no conviene.
Cuando, como en este caso, hay un cambio en alguna autoridad de cualquier ámbito que tenga repercusión mediática, se mira con microscopio electrónico de barrido hasta la más mínima ocasión, y por ejemplo ahora han usado el zoom de largo alcance para tomar un primer plano de los zapatos del pontífice, o magnifican cualquier rictus de la cara o movimiento de las manos para augurar una nueva era en la historia de la Humanidad, −en este caso de la Iglesia− como si lo que ha pasado hasta hace siete días hubiera sido el caos o una sucursal del infierno en este mundo.
Qué quieren que les diga, me pone nervioso que tanto se hable el nuevo «talante» −aunque ahora se ahorren la dichosa palabrita, desprestigiada por quienes ustedes saben− en quien acaba de llegar a un puesto de responsabilidad; los españoles hemos tenido que soportar durante ocho años el celebrado «talante» de un personaje que fue adulado hasta la extenuación cuando llegó al Gobierno. Pero me queda, por otro lado, la tranquilidad de que esos medios de comunicación y eso ignorantes enemigos de la Iglesia –que a veces son los mismos−, se van a quedar muy pronto con tres cuartos de narices, lo que va a ocurrir en cuanto el nuevo Papa eche a andar en forma de encíclicas, mensajes y gestos más importantes que el color de los zapatos o el metal del que está hecho su cruz pectoral.
Los que hoy alaban la sencillez de dicha cruz, magnifican hasta la saciedad los zapatos negros y ensalzan la virtud de la humildad de Francisco –como si Juan XXIII, Pablo VI, Juan Pablo I, Juan Pablo II o Benedicto XVI hubieran pecado permanentemente de soberbia−, son los mismos que hasta hace una semana hablaban poco menos que de cuchilladas entre cardenales, de grupos de presión y de poder, de bandos entre los purpurados y de tensiones entre una Curia, siempre diabólica y malintencionada, y unos ángeles del cielo que viven necesariamente fuera de la vieja Europa. Para ellos, parece que ahora, como por arte de magia –ya que no creen en el Espíritu Santo− han desaparecido las tensiones, las cuchilladas, las presiones y los bandos vaticanos, deslumbrados como están por el hecho de que un argentino haya calzado las Sandalias del Pescador.
Yo siempre he creído, y ahora también, que el Papa –cualquier Papa− es elegido por el Cónclave de cardenales con la ayuda del Espíritu Santo, pero creo también que no ha habido ni más ni menos ayuda del Paráclito en el caso del primer Francisco que en el de, por ejemplo, el duodécimo de los Píos. Me sorprende y me escandaliza que haya quienes, incluso dentro de la Iglesia, vean o no la labor del Espíritu Santo en función tan sólo de sus gustos, preferencias y simpatías. Es el mismo caso del juicio histórico a los concilios: para estos eclesiólogos de salón, el Espíritu Santo se derramó con pródiga generosidad en el Concilio Vaticano II –en la interpretación particular que ellos le dan al mismo, para ser exactos−, como si el mismo Espíritu hubiera estado de vacaciones durante el Concilio de Trento o el Vaticano I, por poner los dos ejemplos más inmediatos, aunque se hallen separados por unos cuantos siglos.
A mí me da la impresión de que muchos que ahora aplauden al Papa se van llevar un chasco de cuidado la primera vez que el Papa venido de Argentina (que al ser Papa, por si alguien no lo sabe, pierde su nacionalidad de origen y es sólo ciudadano del Vaticano) hable sin el más mínimo resquicio de duda del aborto como un crimen abominable, de que la Iglesia sólo puede sobrevivir unida a Dios y desde la potestad espiritual de Pedro, de que la doctrina social de la Iglesia no es un programa político de ningún color, de que el único matrimonio válido y real es el que se establece entre un hombre y una mujer, de que los sacramentos van a seguir siendo siete y de que la oración no es un pasatiempo de desocupados sino el agua que riega las flores y hace brotar los frutos en el jardín de la Iglesia.
Que nadie espere que Francisco dé por bueno ni el capitalismo salvaje ni el socialismo deshumanizado y antirreligioso; que nadie espere que acceda a la ordenación sacerdotal de las mujeres; que nadie espere que suspenda la obligación de todos los católicos de cumplir el precepto dominical; que nadie espere que relaje las normas de la liturgia y permita, por ejemplo, que las misas sean poco más que asambleas de feligreses alrededor de una mesa con fiambreras; que nadie espere que, en aras de un mal entendido ecumenismo o para no «molestar» a otras confesiones, cristianas o no, ordene que los misioneros dejen de extender el Evangelio en cualquier lugar del mundo o relegue al olvido la figura y el culto de la Virgen María. Que nadie espere, en suma, que la cacareada y por algunos deseada «apertura» de la Iglesia al mundo consista en claudicar de sus principios dogmáticos y morales –inamovibles por definición− para facilitar las cosas a quienes viven cómodamente fuera de la Iglesia (aparte de que la experiencia nos dice que la «apertura» de puertas en la Iglesia que siguió a las primeras interpretaciones del Vaticano II sirvió más para que muchos salieran que para que pocos entraran, si es que alguno entró).
Que se vayan olvidando de todo esto, porque ninguno de esos supuestos se va a producir.
Sin duda alguna, Francisco pondrá su impronta personal en el Papado, de eso no me cabe la menor dura, pero por una sencilla razón: porque todos los Papas han dejado también su huella personal, porque todos –como personas que son− han sido únicos e irrepetibles: hasta donde yo sé, el carácter de San Pío X tuvo poco que ver con el de Pablo VI, el de San Pío V con el de Juan XXIII y el de Juan Pablo II con el de León XIII. Todos ellos, sin embargo, fueron grandes Papas, hombres de Dios que sirvieron a la Iglesia y al mundo de su tiempo exactamente como debían ser servidos.
Rezo por el Papa Francisco para que Dios le ayude –lo hará sin duda− en su ejercicio del ministerio petrino. Y rezo también para que salgan de su error quienes, apenas una semana después de su elección, proclaman ya a voz en grito que la Historia de la Iglesia se divide en dos partes, la primera de las cuales terminó con la renuncia de Benedicto XVI.
Córdoba, 19 de marzo de 2013
Se celebra, por ejemplo, como un hecho sin precedentes que el Papa abonara la factura de la que fue su residencia romana hasta el Cónclave, como si los cardenales Wojtyla o Ratzinger, antes de ser Juan Pablo II o Benedicto XVI respectivamente, hubieran dejado de pagarlas sólo por el hecho de alcanzar la silla de Pedro. La única diferencia con el caso actual estriba en que los predecesores de Francisco no lo hicieron en persona o, sencillamente, lo hicieron sin fotógrafos delante, pero eso no lo han dicho porque no conviene.
Cuando, como en este caso, hay un cambio en alguna autoridad de cualquier ámbito que tenga repercusión mediática, se mira con microscopio electrónico de barrido hasta la más mínima ocasión, y por ejemplo ahora han usado el zoom de largo alcance para tomar un primer plano de los zapatos del pontífice, o magnifican cualquier rictus de la cara o movimiento de las manos para augurar una nueva era en la historia de la Humanidad, −en este caso de la Iglesia− como si lo que ha pasado hasta hace siete días hubiera sido el caos o una sucursal del infierno en este mundo.
Qué quieren que les diga, me pone nervioso que tanto se hable el nuevo «talante» −aunque ahora se ahorren la dichosa palabrita, desprestigiada por quienes ustedes saben− en quien acaba de llegar a un puesto de responsabilidad; los españoles hemos tenido que soportar durante ocho años el celebrado «talante» de un personaje que fue adulado hasta la extenuación cuando llegó al Gobierno. Pero me queda, por otro lado, la tranquilidad de que esos medios de comunicación y eso ignorantes enemigos de la Iglesia –que a veces son los mismos−, se van a quedar muy pronto con tres cuartos de narices, lo que va a ocurrir en cuanto el nuevo Papa eche a andar en forma de encíclicas, mensajes y gestos más importantes que el color de los zapatos o el metal del que está hecho su cruz pectoral.
Los que hoy alaban la sencillez de dicha cruz, magnifican hasta la saciedad los zapatos negros y ensalzan la virtud de la humildad de Francisco –como si Juan XXIII, Pablo VI, Juan Pablo I, Juan Pablo II o Benedicto XVI hubieran pecado permanentemente de soberbia−, son los mismos que hasta hace una semana hablaban poco menos que de cuchilladas entre cardenales, de grupos de presión y de poder, de bandos entre los purpurados y de tensiones entre una Curia, siempre diabólica y malintencionada, y unos ángeles del cielo que viven necesariamente fuera de la vieja Europa. Para ellos, parece que ahora, como por arte de magia –ya que no creen en el Espíritu Santo− han desaparecido las tensiones, las cuchilladas, las presiones y los bandos vaticanos, deslumbrados como están por el hecho de que un argentino haya calzado las Sandalias del Pescador.
Yo siempre he creído, y ahora también, que el Papa –cualquier Papa− es elegido por el Cónclave de cardenales con la ayuda del Espíritu Santo, pero creo también que no ha habido ni más ni menos ayuda del Paráclito en el caso del primer Francisco que en el de, por ejemplo, el duodécimo de los Píos. Me sorprende y me escandaliza que haya quienes, incluso dentro de la Iglesia, vean o no la labor del Espíritu Santo en función tan sólo de sus gustos, preferencias y simpatías. Es el mismo caso del juicio histórico a los concilios: para estos eclesiólogos de salón, el Espíritu Santo se derramó con pródiga generosidad en el Concilio Vaticano II –en la interpretación particular que ellos le dan al mismo, para ser exactos−, como si el mismo Espíritu hubiera estado de vacaciones durante el Concilio de Trento o el Vaticano I, por poner los dos ejemplos más inmediatos, aunque se hallen separados por unos cuantos siglos.
A mí me da la impresión de que muchos que ahora aplauden al Papa se van llevar un chasco de cuidado la primera vez que el Papa venido de Argentina (que al ser Papa, por si alguien no lo sabe, pierde su nacionalidad de origen y es sólo ciudadano del Vaticano) hable sin el más mínimo resquicio de duda del aborto como un crimen abominable, de que la Iglesia sólo puede sobrevivir unida a Dios y desde la potestad espiritual de Pedro, de que la doctrina social de la Iglesia no es un programa político de ningún color, de que el único matrimonio válido y real es el que se establece entre un hombre y una mujer, de que los sacramentos van a seguir siendo siete y de que la oración no es un pasatiempo de desocupados sino el agua que riega las flores y hace brotar los frutos en el jardín de la Iglesia.
Que nadie espere que Francisco dé por bueno ni el capitalismo salvaje ni el socialismo deshumanizado y antirreligioso; que nadie espere que acceda a la ordenación sacerdotal de las mujeres; que nadie espere que suspenda la obligación de todos los católicos de cumplir el precepto dominical; que nadie espere que relaje las normas de la liturgia y permita, por ejemplo, que las misas sean poco más que asambleas de feligreses alrededor de una mesa con fiambreras; que nadie espere que, en aras de un mal entendido ecumenismo o para no «molestar» a otras confesiones, cristianas o no, ordene que los misioneros dejen de extender el Evangelio en cualquier lugar del mundo o relegue al olvido la figura y el culto de la Virgen María. Que nadie espere, en suma, que la cacareada y por algunos deseada «apertura» de la Iglesia al mundo consista en claudicar de sus principios dogmáticos y morales –inamovibles por definición− para facilitar las cosas a quienes viven cómodamente fuera de la Iglesia (aparte de que la experiencia nos dice que la «apertura» de puertas en la Iglesia que siguió a las primeras interpretaciones del Vaticano II sirvió más para que muchos salieran que para que pocos entraran, si es que alguno entró).
Que se vayan olvidando de todo esto, porque ninguno de esos supuestos se va a producir.
Sin duda alguna, Francisco pondrá su impronta personal en el Papado, de eso no me cabe la menor dura, pero por una sencilla razón: porque todos los Papas han dejado también su huella personal, porque todos –como personas que son− han sido únicos e irrepetibles: hasta donde yo sé, el carácter de San Pío X tuvo poco que ver con el de Pablo VI, el de San Pío V con el de Juan XXIII y el de Juan Pablo II con el de León XIII. Todos ellos, sin embargo, fueron grandes Papas, hombres de Dios que sirvieron a la Iglesia y al mundo de su tiempo exactamente como debían ser servidos.
Rezo por el Papa Francisco para que Dios le ayude –lo hará sin duda− en su ejercicio del ministerio petrino. Y rezo también para que salgan de su error quienes, apenas una semana después de su elección, proclaman ya a voz en grito que la Historia de la Iglesia se divide en dos partes, la primera de las cuales terminó con la renuncia de Benedicto XVI.
Córdoba, 19 de marzo de 2013
jueves, 28 de febrero de 2013
Dos reflexiones en un 28-F
PRIMERA REFLEXIÓN
Cuando oigo o leo descalificaciones globales de los políticos o del sistema democrático que tenemos, imperfecto por supuesto pero sobre todo democrático, me han venido a la cabeza muchas veces reflexiones como la que hace el señor Carlos Colón en el Diario de Sevilla. Él me lo ha ahorrado, porque dice mucho mejor que yo lo que yo pienso desde hace tiempo.
Porque tal como está el patio no me asusta el presente, me asusta el futuro si estos descalificadores de la clase política en general y de la democracia que tenemos en particular llegan alguna vez a hacerse con el poder. Los antisistema, hoy tan prestigiados, harán lo que hicieron esos maestros a los que Carlos Colón menciona con nombres y apellidos, y ellos, como alumnos aventajados, harán que Goebbels -ya tiene varios imitadores con nota este señor-, Beria o Himmler se queden en simples aprendices; porque los antisistema, que no son tontos, no tienen el valor de decir que sus modelos son Hitler, Mussolini o Stalin, pero ven como modelos impecables, por ejemplo, a los citados Beria, Himmler o Goebbels.
Y si estos alcanzan el poder alguna vez -ahora en Italia asoman de la mano de un payaso- añoraremos la "dictadura de los mercados", aunque muchos que ahora la denuestan no tendrán el valor ni la dignidad de reconocerlo. Hace falta tener la dignidad de un Ortega y Gasset -que ellos no tienen, por supuesto- para decir públicamente "No es esto, no es esto".
SEGUNDA REFLEXIÓN
Otra cosa: Hoy, 28 de febrero, dicen que es el Día de Andalucía. Personalmente no tengo nada que celebrar, y pasaré el día trabajando: corrigiendo exámenes y escribiendo un reportaje y dos conferencias que tengo pendientes.
El 28 de febrero de 1980 me movilicé en el referéndum pro-autonomía: voté en Córdoba, cogí el coche y me fui a Belalcázar para que votaran mi suegra, mi novia y mis dos cuñados (y de camino una tía de mi novia que no podía ir andando al colegio electoral).
Sumé al SÍ de Andalucía 5 votos que de otra forma no habría conseguido.
Al volver tuve un accidente de coche en la carretera, cerca de Espiel; el coche dio una vuelta de campana y quedó con las ruedas hacia arriba. Gracias a Dios -que nunca falla- no tuvimos ni un rasguño ninguna de las cinco personas que íbamos en el coche.
En mayo de 1982 ganó las primeras elecciones autonómicas el PSOE, y desde entonces no ha dejado de gobernar.
Han pasado casi 31 años de esto, y 33 del referéndum.
Andalucía sigue siendo líder en paro, que ya lo era en 1980. El PSOE, a veces con la ayuda del PA y otras veces con la de IU, no ha sido capaz de sacarnos de esta situación en tres décadas. Y que no olvide que, de todo este tiempo, la derecha sólo ha gobernado en Madrid algo menos de 10 años, de modo que no tiene derecho a cargar todas las culpas de ese gancho populista y falaz. Pero jamás ha hecho la más mínima autocrítica y siempre la culpa ha sido... de una derecha que -repito- sólo ha gobernado en España menos de un tercio de ese tiempo.
Pero ahora Andalucía no es sólo líder en paro, también lo es en abandono escolar y en malos resultados en educación, según pruebas objetivas como las de PISA. Eso sí, es líder en corrpución: los 800 millones de euros en los ERE que se han llevado calentitos militantes, líderes y simpatizantes del PSOE y sus sindicatos verticales dejan en juego de niños los 38 millones de Bárcenas, pero eso no lo dice ningún medio de comunicación, y menos Canal Sur, la Radio TV del Movimiento, perdón, del régimen de Griñán, Chaves, los familiares de Chaves y toda la cohorte de bufones que piruetean a su arededor.
Si llego a saber cómo íbamos a estar 30 años después, no voy a Belalcázar el 28 de febrero de 1980, no me juego la vida.
No tengo, pues, nada que celebrar el 28 de Febrero, y por lo que acabo de decir tengo autoridad moral más que sobrada para decir lo que he dicho.
Ni siquiera me apetece decir chorradas ni poner en mi muro pegatinas como veo que muchos están poniendo.
Menos mal que, por lo menos, está cayendo un chaparrón en Córdoba y unas nevadas en muchos puntos de Andalucía que harán que se suspendan muchas celebraciones de este día de ¿fiesta?
martes, 31 de julio de 2012
Una JMJ "avant la lettre"
Los
días 28 y 29 de agosto de 1948 se congregaron en Santiago de Compostela
varios miles de jóvenes de toda España y de varios países extranjeros
en una peregrinación organizada por la Juventud de Acción
Católica con motivo del Año Santo Jacobeo que se celebraba esos doce
meses. En su edición de aquellos días, ABC cifraba en 75.000 los
peregrinos, de los que 15.000 eran españoles, y el resto procedían de 29
países diferentes.
Mi padre, Francisco Varo Lucena, participó en esa peregrinación, y las líneas que siguen se hilvanarán a partir de los recuerdos que me quedan de lo que él me contó.
Había cumplido 20 años unos meses antes, concretamente el 23 de mayo. Y también un poco tiempo antes, por Semana Santa, se había comprometido formalmente con una preciosa chica, Ángela Pineda Fernández, con la que se casó en 1954 y de cuya unión nací yo en 1956.
Eran tiempos difíciles, muy difíciles. Las cartillas de racionamiento formaban todavía parte de la vida cotidiana de los españoles, y seguirían formándola unos años más; la libertad política era una entelequia y al autarquía impuesta por el aislamiento en que quedó España tras la Segunda Guerra Mundial obligaba a casi todos los españoles a ingeniárselas continuamente para encontrar algo de comer.
Por esas mismas dificultades, mi padre había empezado a trabajar en 1940, cuando tenía sólo doce años. Su hermano José había muerto de tifus unos meses antes a los dieciséis años de edad, y su maestro, don Rafael Suárez-Varela, vio que era un chico despierto y bien dotado para la aritmética, pero supo, porque conocía las condiciones económicas en que vivían mis abuelos, que no podría estudiar el Bachillerato; por eso mismo fue un día a hablar con mi abuelo, José Varo Requena, a pedirle que "Paquito" empezara a trabajar con él, ya que Suárez-Varela, además de maestro -"con el número 1 del escalafón en Córdoba", repetía mi padre- era el habilitado que recibía cada mes, en efectivo, las pagas de todos los maestros de la provincia, a los que tenía que hacérselas llegar. El trabajo de mi padre consistiría en ir a Correos todos los meses a enviar a los maestros de la provincia, por giros postales individualizados, sus sueldos correspondientes; en cuanto a los de la capital, tendría que llevárselos en mano a sus colegios, de acuerdo con un itinerario establecido. Mi padre me contaba que él, con su inocente picaresca infantil, no hacía el recorrido mensual que su "jefe" -su maestro- le marcaba, sino que empezaba siempre el reparto por los maestros que le dejaban a él mejor propina.
En 1948, cuando tuvo lugar la peregrinación, ya no trabajaba mi padre con don Rafael, sino que estaba de contable en las desparecidas Bodegas La Fuensanta, que ocupaban el edificio que hoy alberga el Colegio Público Caballeros de Santiago y cuyo gerente era Francisco Melguizo Fernández. Y seguramente aprovechando las vacaciones de ese trabajo se sumó a la peregrinación a Santiago. Se integró en el grupo organizado por la sección masculina de los Jóvenes de Acción Católica de la parroquia de San Pedro, que junto a otros grupos de otras parroquias y pueblos de la diócesis se dirigieron a la tumba del Apóstol para ganar el Jubileo.
Evidentemente los transportes no eran como ahora. El viaje de ida supuso tres días de trayecto, y otros tantos el de vuelta, a los que hay que sumar la estancia de dos días en Santiago.
Antes de salir, tuvo lugar una misa de despedida en la parroquia de San Pedro, a la que asistieron los jóvenes peregrinos y sus familias. La primera etapa los llevó de Córdoba a Madrid, en un tren nocturno que tardó algo más de ocho horas en cubrir su recorrido. En la capital de España los jóvenes fueron recogidos para ser llevados a Santiago en camiones: nada de autobuses ni autocares, sino camiones de transporte en cuya caja descubierta, donde iban habitualmente las mercancías, se habían fijado unos bancos corridos de madera, sin respaldo, en los que se sentaron los viajeros. A nuestra comodidad de hoy le cuesta imaginarse un viaje en esas condiciones, bajo el sol de agosto, sobre carreteras que desde luego no eran de asfalto -en el mejor de los casos, de adoquines, cuando no de tierra- y en vehículos lentísimos, si los comparamos con los hoy disponibles.
Llegaron a León al anochecer del jueves 26. Allí fueron recibidos por el obispo, a la sazón Luis Almarcha, y durmieron en el suelo del claustro de la Catedral leonesa. Recordó mi padre muchas veces el impacto que le produjo, una vez levantado y aseado, asomarse al interior del impresionante templo gótico y quedarse deslumbrado por la luz que penetraba a través de las vidrieras. Allí asistieron a misa y empezaron la última etapa, también en camión.
El viernes 27 alcanzaron la tumba del Apóstol. Muchos años después, en 1982, cuando fui a Santiago por primera vez en mi luna de miel, recordé al abrazar su imagen la emoción con que mi padre me contó su abrazo, que simbolizaba, como en todos los peregrinos, la alegría y la acción de gracias a Dios por el objetivo alcanzado.
Ese mismo día fueron llegando a Santiago, además de los miles de peregrinos, las autoridades civiles y religiosas de la España de su tiempo (en ese tiempo era difícil en ocasiones distinguir a unas de las otras). También acudieron legados pontificios en nombre del Papa, Pío XII, entonces "felizmente reinante" como se decía cuando se hablaba de él.
El acto central de la peregrinación tuvo lugar el sábado 28, y consistió en un solemne pontifical en la Catedral compostelana al que acudieron las autoridades mientras los jóvenes seguían la ceremonia por megafonía repartida por la plaza del Obradoiro y el resto de la ciudad. El momento culminante tuvo lugar cuando el Papa, desde Castelgandolfo, pronunció en directo una alocución en castellano que, por vía telefónica y por la misma megafonía, llegó a todos los presentes. En sus palabras, que reprodujo el diario ABC íntegramente en su número del día 29, elogió el sentido espiritual de la peregrinación y animó a los jóvenes a luchar por la fe y contra las dificultades no sólo del camino material, sino de toda la vida en su conjunto.
A los peregrinos se les entregó como recuerdo un sencillo bordón rematado en forma de cruz, que según mi padre se conservó en su casa varios años, aunque yo no llegué a verlo. También se les hizo entrega de una medalla conmemorativa, que gracias a Dios pude rescatar hace apenas unas semanas y de la que no tenía noticia anterior. También se hizo a los distintos grupos de jóvenes una fotografía de recuerdo, que yo he visto siempre en casa de mis padres, aunque daba por perdida porque llevaba muchos años sin verla. Afortunadamente, también la recuperé hace unas semanas y ahora puedo mostrarla en este blog.
Pasó la gran peregrinación, a la que podemos calificar sin mucho margen de error de "una JMJ avant la lettre". No hubo millones de jóvenes, sino sólo unas decenas de miles. Tampoco vino el Papa, porque en aquellos tiempos el Sumo Pontífice no salía de Italia, ni hubo retransmisiones por televisión, sencillamente porque la pequeña pantalla aún tardaría ocho años en llegar a España. Pero quedó en quienes asistieron el recuerdo -muy similar al de los jóvenes que ahora cruzan el mundo en las JMJ- de unos días de convivencia, fe y sacrificios llevados con alegría hasta uno de los lugares más emblemáticos del mundo católico.
Y quedó, eso sí, la semilla de lo que andando el tiempo sería el movimiento de Cursillos de Cristiandad, que tuvo en aquellas jornadas uno de sus hitos fundacionales.
Mi padre, Francisco Varo Lucena, participó en esa peregrinación, y las líneas que siguen se hilvanarán a partir de los recuerdos que me quedan de lo que él me contó.
Había cumplido 20 años unos meses antes, concretamente el 23 de mayo. Y también un poco tiempo antes, por Semana Santa, se había comprometido formalmente con una preciosa chica, Ángela Pineda Fernández, con la que se casó en 1954 y de cuya unión nací yo en 1956.
Eran tiempos difíciles, muy difíciles. Las cartillas de racionamiento formaban todavía parte de la vida cotidiana de los españoles, y seguirían formándola unos años más; la libertad política era una entelequia y al autarquía impuesta por el aislamiento en que quedó España tras la Segunda Guerra Mundial obligaba a casi todos los españoles a ingeniárselas continuamente para encontrar algo de comer.
Mi
padre (con un libro en las manos), junto a su maestro y otro alumno,
posiblemente el que, de sobrevivir, hubiera sido mi tío José (fallecido
en 1940). La foto debe de ser de hacia 1936.
Por esas mismas dificultades, mi padre había empezado a trabajar en 1940, cuando tenía sólo doce años. Su hermano José había muerto de tifus unos meses antes a los dieciséis años de edad, y su maestro, don Rafael Suárez-Varela, vio que era un chico despierto y bien dotado para la aritmética, pero supo, porque conocía las condiciones económicas en que vivían mis abuelos, que no podría estudiar el Bachillerato; por eso mismo fue un día a hablar con mi abuelo, José Varo Requena, a pedirle que "Paquito" empezara a trabajar con él, ya que Suárez-Varela, además de maestro -"con el número 1 del escalafón en Córdoba", repetía mi padre- era el habilitado que recibía cada mes, en efectivo, las pagas de todos los maestros de la provincia, a los que tenía que hacérselas llegar. El trabajo de mi padre consistiría en ir a Correos todos los meses a enviar a los maestros de la provincia, por giros postales individualizados, sus sueldos correspondientes; en cuanto a los de la capital, tendría que llevárselos en mano a sus colegios, de acuerdo con un itinerario establecido. Mi padre me contaba que él, con su inocente picaresca infantil, no hacía el recorrido mensual que su "jefe" -su maestro- le marcaba, sino que empezaba siempre el reparto por los maestros que le dejaban a él mejor propina.
En 1948, cuando tuvo lugar la peregrinación, ya no trabajaba mi padre con don Rafael, sino que estaba de contable en las desparecidas Bodegas La Fuensanta, que ocupaban el edificio que hoy alberga el Colegio Público Caballeros de Santiago y cuyo gerente era Francisco Melguizo Fernández. Y seguramente aprovechando las vacaciones de ese trabajo se sumó a la peregrinación a Santiago. Se integró en el grupo organizado por la sección masculina de los Jóvenes de Acción Católica de la parroquia de San Pedro, que junto a otros grupos de otras parroquias y pueblos de la diócesis se dirigieron a la tumba del Apóstol para ganar el Jubileo.
Evidentemente los transportes no eran como ahora. El viaje de ida supuso tres días de trayecto, y otros tantos el de vuelta, a los que hay que sumar la estancia de dos días en Santiago.
Antes de salir, tuvo lugar una misa de despedida en la parroquia de San Pedro, a la que asistieron los jóvenes peregrinos y sus familias. La primera etapa los llevó de Córdoba a Madrid, en un tren nocturno que tardó algo más de ocho horas en cubrir su recorrido. En la capital de España los jóvenes fueron recogidos para ser llevados a Santiago en camiones: nada de autobuses ni autocares, sino camiones de transporte en cuya caja descubierta, donde iban habitualmente las mercancías, se habían fijado unos bancos corridos de madera, sin respaldo, en los que se sentaron los viajeros. A nuestra comodidad de hoy le cuesta imaginarse un viaje en esas condiciones, bajo el sol de agosto, sobre carreteras que desde luego no eran de asfalto -en el mejor de los casos, de adoquines, cuando no de tierra- y en vehículos lentísimos, si los comparamos con los hoy disponibles.
Llegaron a León al anochecer del jueves 26. Allí fueron recibidos por el obispo, a la sazón Luis Almarcha, y durmieron en el suelo del claustro de la Catedral leonesa. Recordó mi padre muchas veces el impacto que le produjo, una vez levantado y aseado, asomarse al interior del impresionante templo gótico y quedarse deslumbrado por la luz que penetraba a través de las vidrieras. Allí asistieron a misa y empezaron la última etapa, también en camión.
El viernes 27 alcanzaron la tumba del Apóstol. Muchos años después, en 1982, cuando fui a Santiago por primera vez en mi luna de miel, recordé al abrazar su imagen la emoción con que mi padre me contó su abrazo, que simbolizaba, como en todos los peregrinos, la alegría y la acción de gracias a Dios por el objetivo alcanzado.
Ese mismo día fueron llegando a Santiago, además de los miles de peregrinos, las autoridades civiles y religiosas de la España de su tiempo (en ese tiempo era difícil en ocasiones distinguir a unas de las otras). También acudieron legados pontificios en nombre del Papa, Pío XII, entonces "felizmente reinante" como se decía cuando se hablaba de él.
El acto central de la peregrinación tuvo lugar el sábado 28, y consistió en un solemne pontifical en la Catedral compostelana al que acudieron las autoridades mientras los jóvenes seguían la ceremonia por megafonía repartida por la plaza del Obradoiro y el resto de la ciudad. El momento culminante tuvo lugar cuando el Papa, desde Castelgandolfo, pronunció en directo una alocución en castellano que, por vía telefónica y por la misma megafonía, llegó a todos los presentes. En sus palabras, que reprodujo el diario ABC íntegramente en su número del día 29, elogió el sentido espiritual de la peregrinación y animó a los jóvenes a luchar por la fe y contra las dificultades no sólo del camino material, sino de toda la vida en su conjunto.
Medalla conmemorativa de la peregrinación internacional a Santiago de Compostela, celebrada en 1948.
A los peregrinos se les entregó como recuerdo un sencillo bordón rematado en forma de cruz, que según mi padre se conservó en su casa varios años, aunque yo no llegué a verlo. También se les hizo entrega de una medalla conmemorativa, que gracias a Dios pude rescatar hace apenas unas semanas y de la que no tenía noticia anterior. También se hizo a los distintos grupos de jóvenes una fotografía de recuerdo, que yo he visto siempre en casa de mis padres, aunque daba por perdida porque llevaba muchos años sin verla. Afortunadamente, también la recuperé hace unas semanas y ahora puedo mostrarla en este blog.
Jóvenes de Córdoba asistentes a la peregrinación de 1948.
Pasó la gran peregrinación, a la que podemos calificar sin mucho margen de error de "una JMJ avant la lettre". No hubo millones de jóvenes, sino sólo unas decenas de miles. Tampoco vino el Papa, porque en aquellos tiempos el Sumo Pontífice no salía de Italia, ni hubo retransmisiones por televisión, sencillamente porque la pequeña pantalla aún tardaría ocho años en llegar a España. Pero quedó en quienes asistieron el recuerdo -muy similar al de los jóvenes que ahora cruzan el mundo en las JMJ- de unos días de convivencia, fe y sacrificios llevados con alegría hasta uno de los lugares más emblemáticos del mundo católico.
Y quedó, eso sí, la semilla de lo que andando el tiempo sería el movimiento de Cursillos de Cristiandad, que tuvo en aquellas jornadas uno de sus hitos fundacionales.
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