domingo, 19 de mayo de 2013

Lo que da de sí una simple foto





 Veo en mi abundante y desordenado archivo fotográfico una instantánea tomada en la Parroquia de San Pedro el Domingo de Pasión de un año que no puedo precisar, aunque debe de ser de entre 1977 y 1982: de después de 1982 es imposible que sea, porque el original tiene un formato (9x13) que a mediados de ese año dejó de comercializarse al ser reemplazado por el hoy vigente de 10x15. En cualquier caso, es ineludible que sea de antes de la Semana Santa de 1983, porque en verano de 1983 la imagen del Cristo de la Misericordia fue sometida a la restauración que le practicó Rafael Rivera Valle, en la que desaparecieron –en buena hora− esos intensos brillos y barnices que se pueden apreciar en la fotografía.


     Lo que se ve en la foto, pues eso, se ve, aunque lo más interesante es lo que dejó de verse, es decir, lo que había en la parroquia antes de la restauración terminada en 1998 y de lo que, a raíz de su reapertura, nunca más se supo.

     Expliquemos primero lo que se ve. El Cristo de la Misericordia –antes de la restauración, como queda dicho− está sobre su cruz procesional antigua (fue reemplazada en 1994) y ésta aparece, aunque no se ve en la foto, «pinchada» sobre el suelo de la hoy Basílica. El agujero se hizo para el besapiés de 1976, por «obra y gracia» del recordado Enrique Hidalgo, que rompió de un martillazo una loseta de mármol blanco para, en su espacio, excavar lo suficiente como para meter un tubo de uralita de un metro de longitud y de diámetro algo superior al de la cruz del Cristo, con el fin de asentarla con seguridad en su posición vertical. Unas grandes piedras que había en San Pedro desde la restauración de la capilla de la Misericordia (reestrenada en noviembre de 1975), sirvieron para tapar el agujero y para dar una sensación de «Calvario» al soporte de la cruz. Pero eso no se ve en la instantánea.

     La imagen de Nuestra Señora de las Lágrimas en su Desamparo lleva sus mejores galas, empezando por el manto procesional, que sólo en contadas ocasiones ha lucido en besamanos. Lleva sobre el pecho el puñal pero no la cruz pectoral del obispo López Criado que en alguna ocasión llevó el Miércoles Santo. Tras ella se ve un dosel rojo en el que se ha colocado la Cruz de Guía. Y tras el dosel, se ve ligeramente la parte superior del retablo que había en ese sitio: era un retablo barroco de regular factura, en la que se veneraba una imagen de San José seguramente procedente de la factoría de El Arte Cristiano de Olot, es decir, una imagen de serie. El párroco Don Julián Cabellero era muy devoto de San José y todos los años practicaba la conocida devoción de los Siete Domingos. Hay que decir que el retablo desapareció de San Pedro, y –poniendo en práctica la penosa costumbre de «desnudar a un santo para vestir a otro» fue colocado en el altar mayor de la parroquia de Santa Victoria, en el Barrio del Naranjo. De la imagen de San José, como de tantas otras cosas, nunca más se supo.

     Sigamos: hacia el centro de la foto, y en segundo término, se ve un candelero que sostiene una flor de cera; durante algunos años –el primero de ellos fue 1976− dos exornos de este tipo escoltaron a Nuestra Señora de las Lágrimas en su paso de palio, uno a cada lado, sobre candeleros de gran tamaño −«marías»− que no eran propiedad de la hermandad, sino cedidos por la parroquia. Tras él se ve una columna salomónica como soporte de un centro de flores: la columna procede del retablo de San José que aparece cubierto, que tenía cuatro, y que de vez en cuando se cogían para exornar altares de cultos o besapiés.

     La pared del fondo aparece blanca: recuérdese que hasta el cierre de 1985 la iglesia estuvo encalada, de blanco en las paredes y de color sepia en las columnas y nervios de los arcos: puede verse perfectamente en la columna que hay detrás del Cristo. Sobre la pared se ven dos de las estaciones del Via Crucis que volvieron al templo tras la reapeprtura. Lo que no volvió, y nadie ha dado explicaciones del por qué, es esa cruz de mármol blanco que recuerda la Santa Misión que se celebró en Córdoba en 1945 y de la que se erigieron recuerdos similares a éste, de más o menos tamaño, en las parroquias donde hubo actos misionales. He de decir que la cruz de mármol la he visto hace unos días, completamente intacta pero olvidada, llena de polvo y arrinconada en las escaleras que suben desde la sacristía al campanario.


     Tras el Santísimo Cristo se aprecian los tres grandes hachones, con sus cabeceras para cumplir la misión para la que fueron hechos, que no es otra que lo que se ve en la foto: sostener cirios de grandes dimensiones para las ceremonias solemnes. Antes de la reapertura del templo, alguien tuvo la «genial» idea de «decapitarlos», es decir, impedir que sobre ellos volvieran a colocarse cirios: de una sola tacada, se amputaba una obra realizada como mínimo en el siglo XIX y se «ganaban» cuatro soportes para centros de flores en las bodas. El «genial» autor de tan «brillante» amputación no sabemos quién sería.

     Se ve también, entre la columna y la pared, se ve a dos cofrades muy difíciles de identificar; el que está más al centro viste traje oscuro y sostiene un incensario, parece ser de más edad que el otro, que viste de azul claro y pantalón gris; se vislumbra entre ellos la fila de bancos que había en la nave de la epístola, y un banco más al fondo, pegado a la pared.

     Finalmente, en la parte izquierda de la fotografía se deja ver el cancel de la puerta llamada «del sol», que como es sabido también fue demolido sin contemplaciones en la más que discutible «restauración» culminada en 1998 (tras unos años laberínticos y mucho tiempo de abandono, en el que no faltaron las trifulcas políticas ni las desidias eclesiales, como recordará cualquiera que viviera aquella época.


     En resumen, la fotografía muestra no sólo cómo quedó la exposición a la veneración de los fieles de las dos sagradas imágenes en ese año (después de mirar minuciosamente la instantánea para sacar las notas que he ido señalando, me inclino por acercarla más al año 1977 que a 1982), sino también, y quizá sobre todo, de cómo estaba San Pedro antes del cierre, porque desgraciadamente no quedan muchas fotografías que nos permitan hacernos una idea, y cuando pase la generación que la conoció, habrá muy pocos testimonios de ella.

domingo, 28 de abril de 2013

Me hallará la muerte



Acabo de terminar la lectura de Me hallará la muerte, de Juan Manuel de Prada. Sigo con interés las colaboraciones semanales de este escritor en ABC, pero no sus apariciones televisivas u otras actividades que desarrolla.
     Asistí a la presentación del libro en Córdoba, hace de esto ya un par de meses más o menos. Y decidí leer el libro.
     No he leído ninguna crítica, buena o mala, que la novela haya tenido en los distintos medios de comunicación y suplementos culturales. Lo que yo escriba aquí, pues, se basará exclusivamente en mi impresión tras la lectura del libro.
     He leído la novela con mucho interés, y si no ha sido de un tirón es porque mis ocupaciones no me lo han permitido. Sabía que la novela se situaba en tiempos de la División Azul, que ésta era el fondo de la historia pero también, porque lo dijo Prada en su presentación en Córdoba, no se trata de una novela histórica, sino de una novela sobre la impostura, sobre la condición de un hombre –Antonio Expósito, el protagonista−, que tiene que vivir sobrellevando la carga de una personalidad ajena y asumiendo las deudas morales de ésta.
     La historia está perfectamente construida, como es de esperar en un escritor como Juan Manuel de Prada, y su escritura salpicada de guiños al lector, de reminiscencias literarias en forma de frases tomadas de grandes autores (Góngora, Garcilaso, Borges, Quevedo…) que se insertan con naturalidad y sin pedantería en el cuerpo del texto. Por otra parte, las periódicas repeticiones de frases ya escritas en la misma novela, a veces con cientos de páginas de por medio, sirven de perfecta ensambladura y, en cierto modo, le dan un ritmo orquestal y sinfónico.
     En cuanto al fondo histórico, hay que tener en cuenta que es eso, un fondo simplemente, poco más que un decorado. En ningún momento el autor ha pretendido reconstruir la historia tal como fue, sino sólo dotar a su narración de un marco referencial; prueba de ello es la cantidad de páginas que transcurren desde el principio del libro hasta la primera alusión cronológica concreta, una fecha de 1943. Luego, los acontecimientos que se citan –el avance hacia el final de la Segunda Guerra Mundial, los años del estalinismo, el viaje del Semíramis con los supervivientes de la División, etc.− encajan la historia que cuenta con los datos externos, pero éstos en ningún caso adquieren carácter protagonista.
     Por la novela desfila una interesante nómina de personajes, bien caracterizados y, en algún caso, perfilados de forma un tanto hiperbólica; pero todos ellos humanos y representativos de una forma de vivir (o de pasar por la vida) y de una actitud ante los acontecimientos. Antonio, Carmen, Mendoza, Cifuentes, Camacho, Amparo, Nina o Becerra son tremendamente humanos, y sobre casi todos ellos –no sobre todos, desde luego− el autor derrama una suerte de ternura que provoca en el lector la solidaridad y, a veces, la reprobación. Quizá, y es un acierto de Juan Manuel de Prada, el protagonista es el único que se presenta sin valoraciones, en la desnudez de una impostura que conoce el lector, pero no el resto de los personajes.
     Para mí, lo mejor de Me hallará la muerte es su perfecta dosificación de los episodios. Como muchas buenas novelas, empieza con un ritmo lento que se va acelerando conforme pasan las páginas. Al principio, Antonio Expósito, el protagonista, es un simple delincuente de poca monta que busca una compañera para que se «asocie» en un proyecto delictivo cuyos «beneficios» serían compartidos por los dos socios. Encuentra a Carmen y comienzan a poner en práctica el plan. En varias ocasiones les sale bien, hasta que en su último intento ocurre un imprevisto y Antonio tiene que cometer su primera impostura para salvar la vida y la libertad de Carmen. Y como tiene que huir, no ve más salida que alistarse en la División Azul, pero no en la primera oleada, entusiasta y masiva, sino cuando, dos años después, empiezan a pintar bastos para los nazis. Estamos en 1943.
     En Rusia transcurre la parte central de la novela, pero no la mayor ni la más importante, aunque allí conoce a Mendoza, con el que intima, y con el que tiene un sorprendente y puramente casual parecido físico. La muerte de éste le da la macabra oportunidad de hacer sus veces, pero no lo sustituye por iniciativa propia, sino a instancias de Nina, una comunista francesa con la que Antonio ha tenido ocasión se compartir tórridas noches de sexo en uno de los campos de prisioneros. Acaba la guerra y el protagonista, Antonio/Mendoza, pasa a ser prisionero del Gulag estaliniano. Pero también muere el dictador –la historia da de una página a otra un salto de ocho años− y las nuevas circunstancias, en que la URSS intenta desembarazarse del fantasma de Stalin y su terror− permiten que los divisionarios prisioneros vuelvan a España.
     En nuestro país también las cosas han cambiado: Franco ha pactado ya con los Estados Unidos y no quiere que se recuerde, ni mucho menos se glorifique, a los hasta unos años antes «héroes» de la División Azul. En este ambiente Antonio es confundido con el alférez Mendoza y tiene que sustituirlo, lo que le permite disponer –siempre como impostor, aunque sólo él conoce su impostura− de una «familia», un trabajo y unas relaciones nuevas. Pero el protagonista hereda también las cargas y pecados familiares de la persona a la que sustituye, lo que lo introduce en un torbellino de falsos «reencuentros» y de acontecimientos que se van acelerando conforme pasan las páginas, en paralelo a la conciencia de vacío que se va adueñando de Antonio, que decide hacer borrón y cuenta nueva. Reencuentra a Carmen, que también ha tenido una historia durante su larga ausencia, y con ella pretende empezar una nueva vida en Francia. En las últimas páginas se «encuentran» los problemas y deudas de las dos personalidades de Antonio hasta que, sólo en la última página, nos encontramos con el sorprendente final: un final que a algún lector clásico le puede parecer precipitado y con flecos sueltos, pero que en una historia como la que se ha ido desenvolviendo ante nuestros ojos, y con un protagonista con las peculiares circunstancias de Antonio Expósito, no podía ser de otra forma.
     En resumen, un libro interesante, que exige del lector la continuidad de la lectura y que hace pensar en las imposturas pequeñas que todos, alguna vez, hemos cometido en nuestra vida.

28 de abril de 2013

martes, 19 de marzo de 2013

A vueltas con el Papa y el «talante»

Hace apenas una semana de la proclamación del Papa Francisco y ya están algunos medios de comunicación y muchos ignorantes enemigos de la Iglesia –que a veces son los mismos− proclamando el más mínimo gesto del nuevo Pontífice poco menos que como el alba de una revolución en la Iglesia, como si de aquí a cinco años en ésta no fuera a quedar títere con cabeza.

Se celebra, por ejemplo, como un hecho sin precedentes que el Papa abonara la factura de la que fue su residencia romana hasta el Cónclave, como si los cardenales Wojtyla o Ratzinger, antes de ser Juan Pablo II o Benedicto XVI respectivamente, hubieran dejado de pagarlas sólo por el hecho de alcanzar la silla de Pedro. La única diferencia con el caso actual estriba en que los predecesores de Francisco no lo hicieron en persona o, sencillamente, lo hicieron sin fotógrafos delante, pero eso no lo han dicho porque no conviene.

Cuando, como en este caso, hay un cambio en alguna autoridad de cualquier ámbito que tenga repercusión mediática, se mira con microscopio electrónico de barrido hasta la más mínima ocasión, y por ejemplo ahora han usado el zoom de largo alcance para tomar un primer plano de los zapatos del pontífice, o magnifican cualquier rictus de la cara o movimiento de las manos para augurar una nueva era en la historia de la Humanidad, −en este caso de la Iglesia− como si lo que ha pasado hasta hace siete días hubiera sido el caos o una sucursal del infierno en este mundo.

Qué quieren que les diga, me pone nervioso que tanto se hable el nuevo «talante» −aunque ahora se ahorren la dichosa palabrita, desprestigiada por quienes ustedes saben− en quien acaba de llegar a un puesto de responsabilidad; los españoles hemos tenido que soportar durante ocho años el celebrado «talante» de un personaje que fue adulado hasta la extenuación cuando llegó al Gobierno. Pero me queda, por otro lado, la tranquilidad de que esos medios de comunicación y eso ignorantes enemigos de la Iglesia –que a veces son los mismos−, se van a quedar muy pronto con tres cuartos de narices, lo que va a ocurrir en cuanto el nuevo Papa eche a andar en forma de encíclicas, mensajes y gestos más importantes que el color de los zapatos o el metal del que está hecho su cruz pectoral.

Los que hoy alaban la sencillez de dicha cruz, magnifican hasta la saciedad los zapatos negros y ensalzan la virtud de la humildad de Francisco –como si Juan XXIII, Pablo VI, Juan Pablo I, Juan Pablo II o Benedicto XVI hubieran pecado permanentemente de soberbia−, son los mismos que hasta hace una semana hablaban poco menos que de cuchilladas entre cardenales, de grupos de presión y de poder, de bandos entre los purpurados y de tensiones entre una Curia, siempre diabólica y malintencionada, y unos ángeles del cielo que viven necesariamente fuera de la vieja Europa. Para ellos, parece que ahora, como por arte de magia –ya que no creen en el Espíritu Santo− han desaparecido las tensiones, las cuchilladas, las presiones y los bandos vaticanos, deslumbrados como están por el hecho de que un argentino haya calzado las Sandalias del Pescador.

Yo siempre he creído, y ahora también, que el Papa –cualquier Papa− es elegido por el Cónclave de cardenales con la ayuda del Espíritu Santo, pero creo también que no ha habido ni más ni menos ayuda del Paráclito en el caso del primer Francisco que en el de, por ejemplo, el duodécimo de los Píos. Me sorprende y me escandaliza que haya quienes, incluso dentro de la Iglesia, vean o no la labor del Espíritu Santo en función tan sólo de sus gustos, preferencias y simpatías. Es el mismo caso del juicio histórico a los concilios: para estos eclesiólogos de salón, el Espíritu Santo se derramó con pródiga generosidad en el Concilio Vaticano II –en la interpretación particular que ellos le dan al mismo, para ser exactos−, como si el mismo Espíritu hubiera estado de vacaciones durante el Concilio de Trento o el Vaticano I, por poner los dos ejemplos más inmediatos, aunque se hallen separados por unos cuantos siglos.

A mí me da la impresión de que muchos que ahora aplauden al Papa se van  llevar un chasco de cuidado la primera vez que el Papa venido de Argentina (que al ser Papa, por si alguien no lo sabe, pierde su nacionalidad de origen y es sólo ciudadano del Vaticano) hable sin el más mínimo resquicio de duda del aborto como un crimen abominable, de que la Iglesia sólo puede sobrevivir unida a Dios y desde la potestad espiritual de Pedro, de que la doctrina social de la Iglesia no es un programa político de ningún color, de que el único matrimonio válido y real es el que se establece entre un hombre y una mujer, de que los sacramentos van a seguir siendo siete y de que la oración no es un pasatiempo de desocupados sino el agua que riega las flores y hace brotar los frutos en el jardín de la Iglesia.

Que nadie espere que Francisco dé por bueno ni el capitalismo salvaje ni el socialismo deshumanizado y antirreligioso; que nadie espere que acceda a la ordenación sacerdotal de las mujeres; que nadie espere que suspenda la obligación de todos los católicos de cumplir el precepto dominical; que nadie espere que relaje las normas de la liturgia y permita, por ejemplo, que las misas sean poco más que asambleas de feligreses alrededor de una mesa con fiambreras; que nadie espere que, en aras de un mal entendido ecumenismo o para no «molestar» a otras confesiones, cristianas o no, ordene que los misioneros dejen de extender el Evangelio en cualquier lugar del mundo o relegue al olvido la figura y el culto de la Virgen María. Que nadie espere, en suma, que la cacareada y por algunos deseada «apertura» de la Iglesia al mundo consista en claudicar de sus principios dogmáticos y morales –inamovibles por definición− para facilitar las cosas a quienes viven cómodamente fuera de la Iglesia (aparte de que la experiencia nos dice que la «apertura» de puertas en la Iglesia que siguió a las primeras interpretaciones del Vaticano II sirvió más para que muchos salieran que para que pocos entraran, si es que alguno entró).

Que se vayan olvidando de todo esto, porque ninguno de esos supuestos se va a producir.

Sin duda alguna, Francisco pondrá su impronta personal en el Papado, de eso no me cabe la menor dura, pero por una sencilla razón: porque todos los Papas han dejado también su huella personal, porque todos –como personas que son− han sido únicos e irrepetibles: hasta donde yo sé, el carácter de San Pío X tuvo poco que ver con el de Pablo VI, el de San Pío V con el de Juan XXIII y el de Juan Pablo II con el de León XIII. Todos ellos, sin embargo, fueron grandes Papas, hombres de Dios que sirvieron a la Iglesia y al mundo de su tiempo exactamente como debían ser servidos.

Rezo por el Papa Francisco para que Dios le ayude –lo hará sin duda− en su ejercicio del ministerio petrino. Y rezo también para que salgan de su error quienes, apenas una semana después de su elección, proclaman ya a voz en grito que la Historia de la Iglesia se divide en dos partes, la primera de las cuales terminó con la renuncia de Benedicto XVI.

Córdoba, 19 de marzo de 2013

jueves, 28 de febrero de 2013

Dos reflexiones en un 28-F

PRIMERA REFLEXIÓN
Cuando oigo o leo descalificaciones globales de los políticos o del sistema democrático que tenemos, imperfecto por supuesto pero sobre todo democrático, me han venido a la cabeza muchas veces reflexiones como la que hace el señor Carlos Colón en el Diario de Sevilla. Él me lo ha ahorrado, porque dice mucho mejor que yo lo que yo pienso desde hace tiempo.
Porque tal como está el patio no me asusta el presente, me asusta el futuro si estos descalificadores de la clase política en general y de la democracia que tenemos en particular llegan alguna vez a hacerse con el poder. Los antisistema, hoy tan prestigiados, harán lo que hicieron esos maestros a los que Carlos Colón menciona con nombres y apellidos, y ellos, como alumnos aventajados, harán que Goebbels -ya tiene varios imitadores con nota este señor-, Beria o Himmler se queden en simples aprendices; porque los antisistema, que no son tontos, no tienen el valor de decir que sus modelos son Hitler, Mussolini o Stalin, pero ven como modelos impecables, por ejemplo, a los citados Beria, Himmler o Goebbels.
Y si estos alcanzan el poder alguna vez -ahora en Italia asoman de la mano de un payaso- añoraremos la "dictadura de los mercados", aunque muchos que ahora la denuestan no tendrán el valor ni la dignidad de reconocerlo. Hace falta tener la dignidad de un Ortega y Gasset -que ellos no tienen, por supuesto- para decir públicamente "No es esto, no es esto".

SEGUNDA REFLEXIÓN
Otra cosa: Hoy, 28 de febrero, dicen que es el Día de Andalucía. Personalmente no tengo nada que celebrar, y pasaré el día trabajando: corrigiendo exámenes y escribiendo un reportaje y dos conferencias que tengo pendientes.
El 28 de febrero de 1980 me movilicé en el referéndum pro-autonomía: voté en Córdoba, cogí el coche y me fui a Belalcázar para que votaran mi suegra, mi novia y mis dos cuñados (y de camino una tía de mi novia que no podía ir andando al colegio electoral).
Sumé al SÍ de Andalucía 5 votos que de otra forma no habría conseguido.
Al volver tuve un accidente de coche en la carretera, cerca de Espiel; el coche dio una vuelta de campana y quedó con las ruedas hacia arriba. Gracias a Dios -que nunca falla- no tuvimos ni un rasguño ninguna de las cinco personas que íbamos en el coche.
En mayo de 1982 ganó las primeras elecciones autonómicas el PSOE, y desde entonces no ha dejado de gobernar.
Han pasado casi 31 años de esto, y 33 del referéndum.
Andalucía sigue siendo líder en paro, que ya lo era en 1980. El PSOE, a veces con la ayuda del PA y otras veces con la de IU, no ha sido capaz de sacarnos de esta situación en tres décadas. Y que no olvide que, de todo este tiempo, la derecha sólo ha gobernado en Madrid algo menos de 10 años, de modo que no tiene derecho a cargar todas las culpas de ese gancho populista y falaz. Pero jamás ha hecho la más mínima autocrítica y siempre la culpa ha sido... de una derecha que -repito- sólo ha gobernado en España menos de un tercio de ese tiempo.
Pero ahora Andalucía no es sólo líder en paro, también lo es en abandono escolar y en malos resultados en educación, según pruebas objetivas como las de PISA. Eso sí, es líder en corrpución: los 800 millones de euros en los ERE que se han llevado calentitos militantes, líderes y simpatizantes del PSOE y sus sindicatos verticales dejan en juego de niños los 38 millones de Bárcenas, pero eso no lo dice ningún medio de comunicación, y menos Canal Sur, la Radio TV del Movimiento, perdón, del régimen de Griñán, Chaves, los familiares de Chaves y toda la cohorte de bufones que piruetean a su arededor.
Si llego a saber cómo íbamos a estar 30 años después, no voy a Belalcázar el 28 de febrero de 1980, no me juego la vida.
No tengo, pues, nada que celebrar el 28 de Febrero, y por lo que acabo de decir tengo autoridad moral más que sobrada para decir lo que he dicho.
Ni siquiera me apetece decir chorradas ni poner en mi muro pegatinas como veo que muchos están poniendo.
Menos mal que, por lo menos, está cayendo un chaparrón en Córdoba y unas nevadas en muchos puntos de Andalucía que harán que se suspendan muchas celebraciones de este día de ¿fiesta?

martes, 31 de julio de 2012

Una JMJ "avant la lettre"

Los días 28 y 29 de agosto de 1948 se congregaron en Santiago de Compostela varios miles de jóvenes de toda España  y de varios países extranjeros en una peregrinación organizada por la Juventud de Acción Católica con motivo del Año Santo Jacobeo que se celebraba esos doce meses. En su edición de aquellos días, ABC cifraba en 75.000 los peregrinos, de los que 15.000 eran españoles, y el resto procedían de 29 países diferentes.

Mi padre, Francisco Varo Lucena, participó en esa peregrinación, y las líneas que siguen se hilvanarán a partir de los recuerdos que me quedan de lo que él me contó.

Había cumplido 20 años unos meses antes, concretamente el 23 de mayo. Y también un poco tiempo antes, por Semana Santa, se había comprometido formalmente con una preciosa chica, Ángela Pineda Fernández, con la que se casó en 1954 y de cuya unión nací yo en 1956.

Eran tiempos difíciles, muy difíciles. Las cartillas de racionamiento formaban todavía parte de la vida cotidiana de los españoles, y seguirían formándola unos años más; la libertad política era una entelequia y al autarquía impuesta por el aislamiento en que quedó España tras la Segunda Guerra Mundial obligaba a casi todos los españoles a ingeniárselas continuamente para encontrar algo de comer. 


Mi padre (con un libro en las manos),  junto a su maestro y otro alumno, posiblemente el que, de sobrevivir, hubiera sido mi tío José (fallecido en 1940). La foto debe de ser de hacia 1936.

Por esas mismas dificultades, mi padre había empezado a trabajar en 1940, cuando tenía sólo doce años. Su hermano José había muerto de tifus unos meses antes a los dieciséis años de edad, y su maestro,  don Rafael Suárez-Varela, vio que era un chico despierto y bien dotado para la aritmética, pero supo, porque conocía las condiciones económicas en que vivían mis abuelos, que no podría estudiar el Bachillerato; por eso mismo fue un día a hablar con mi abuelo, José Varo Requena, a pedirle que "Paquito" empezara a trabajar con él, ya que Suárez-Varela, además de maestro -"con el número 1 del escalafón en Córdoba", repetía mi padre- era el habilitado que recibía cada mes, en efectivo, las pagas de todos los maestros de la provincia, a los que tenía que hacérselas llegar. El trabajo de mi padre consistiría en ir a Correos todos los meses a enviar a los maestros de la provincia, por giros postales individualizados, sus sueldos correspondientes; en cuanto a los de la capital, tendría que llevárselos en mano a sus colegios, de acuerdo con un itinerario establecido. Mi padre me contaba que él, con su inocente picaresca infantil, no hacía el recorrido mensual que su "jefe" -su maestro- le marcaba, sino que empezaba siempre el reparto por los maestros que le dejaban a él mejor propina.

En 1948, cuando tuvo lugar la peregrinación, ya no trabajaba mi padre con don Rafael, sino que estaba de contable en las desparecidas Bodegas La Fuensanta, que ocupaban el edificio que hoy alberga el Colegio Público Caballeros de Santiago y cuyo gerente era Francisco Melguizo Fernández. Y seguramente aprovechando las vacaciones de ese trabajo se sumó a la peregrinación a Santiago. Se integró en el grupo organizado por la sección masculina de los Jóvenes de Acción Católica de la parroquia de San Pedro, que junto a otros grupos de otras parroquias y pueblos de la diócesis se dirigieron a la tumba del Apóstol para ganar el Jubileo.

Evidentemente los transportes no eran como ahora. El viaje de ida supuso tres días de trayecto, y otros tantos el de vuelta, a los que hay que sumar la estancia de dos días en Santiago.

Antes de salir, tuvo lugar una misa de despedida en la parroquia de San Pedro, a la que asistieron los jóvenes peregrinos y sus familias. La primera etapa los llevó de Córdoba a Madrid, en un tren nocturno que tardó algo más de ocho horas en cubrir su recorrido. En la capital de España los jóvenes fueron recogidos para ser llevados a Santiago en camiones: nada de autobuses ni autocares, sino camiones de transporte en cuya caja descubierta, donde iban habitualmente las mercancías, se habían fijado unos bancos corridos de madera, sin respaldo, en los que se sentaron los viajeros. A nuestra comodidad de hoy le cuesta imaginarse un viaje en esas condiciones, bajo el sol de agosto, sobre carreteras que desde luego no eran de asfalto -en el mejor de los casos, de adoquines, cuando no de tierra- y en vehículos lentísimos, si los comparamos con los hoy disponibles.

Llegaron a León al anochecer del jueves 26. Allí fueron recibidos por el obispo, a la sazón Luis Almarcha, y durmieron en el suelo del claustro de la Catedral leonesa. Recordó mi padre muchas veces el impacto que le produjo, una vez levantado y aseado, asomarse al interior del impresionante templo gótico y quedarse deslumbrado por la luz que penetraba a través de las vidrieras. Allí asistieron a misa y empezaron la última etapa, también en camión.

El viernes 27 alcanzaron la tumba del Apóstol. Muchos años después, en 1982, cuando fui a Santiago por primera vez en mi luna de miel, recordé al abrazar su imagen la emoción con que mi padre me contó su abrazo, que simbolizaba, como en todos los peregrinos, la alegría y la acción de gracias a Dios por el objetivo alcanzado.

Ese mismo día fueron llegando a Santiago, además de los miles de peregrinos,  las autoridades civiles y religiosas de la España de su tiempo (en ese tiempo era difícil en ocasiones distinguir a unas de las otras). También acudieron legados pontificios en nombre del Papa, Pío XII, entonces "felizmente reinante" como se decía cuando se hablaba de él.

El acto central de la peregrinación tuvo lugar el sábado 28, y consistió en un solemne pontifical en la Catedral compostelana al que acudieron las autoridades mientras los jóvenes seguían la ceremonia por megafonía repartida por la plaza del Obradoiro y el resto de la ciudad. El momento culminante tuvo lugar cuando el Papa, desde Castelgandolfo, pronunció en directo una alocución en castellano que, por vía telefónica y por la misma megafonía, llegó a todos los presentes. En sus palabras, que reprodujo el diario ABC íntegramente en su número del día 29, elogió el sentido espiritual de la peregrinación y  animó a los jóvenes a luchar por la fe y contra las dificultades no sólo del camino material, sino de toda la vida en su conjunto.
 
Medalla conmemorativa de la peregrinación internacional a Santiago de Compostela, celebrada en 1948.

A los peregrinos se les entregó como recuerdo un sencillo bordón rematado en forma de cruz, que según mi padre se conservó en su casa varios años, aunque yo no llegué a verlo. También se les hizo entrega de una medalla conmemorativa, que gracias a Dios pude rescatar hace apenas unas semanas y de la que no tenía noticia anterior. También se hizo a los distintos grupos de jóvenes una fotografía de recuerdo, que yo he visto siempre en casa de mis padres, aunque daba por perdida porque llevaba muchos años sin verla. Afortunadamente, también la recuperé hace unas semanas y ahora puedo mostrarla en este blog.


Jóvenes de Córdoba asistentes a la peregrinación de 1948.

 Pasó la gran peregrinación, a la que podemos calificar sin mucho margen de error de "una JMJ avant la lettre". No hubo millones de jóvenes, sino sólo unas decenas de miles. Tampoco vino el Papa, porque en aquellos tiempos el Sumo Pontífice no salía de Italia, ni hubo retransmisiones por televisión, sencillamente porque la pequeña pantalla aún tardaría ocho años en llegar a España. Pero quedó en quienes asistieron el recuerdo -muy similar al de los jóvenes que ahora cruzan el mundo en las JMJ- de unos días de convivencia, fe y sacrificios llevados con alegría hasta uno de los lugares más emblemáticos del mundo católico.

Y quedó, eso sí, la semilla de lo que andando el tiempo sería el movimiento de Cursillos de Cristiandad, que tuvo en aquellas jornadas uno de sus hitos fundacionales.

jueves, 26 de julio de 2012

Un rincón de Córdoba: la calle Antonio del Castillo y alrededores

Hoy me he dado un paseo por la calle Antonio del Castillo y alrededores. En ella pasé cinco años de mi infancia, los que van de 1960 a 1965. Como le ocurrió al protagonista de «La borra del café», la entrañable novela en que Mario Benedetti recuerda su infancia y adolescencia, cuando yo era niño mis padres se mudaban de domicilio con frecuencia. Y es curioso: aunque viví en muchas casas –que yo recuerde, en la calle San Acisclo, en la llamada Huerta Chiquita, un barrio que ya no existe, en Antonio del Castillo, la plaza de la Magdalena y la calle Siete de Mayo− ni una sola de las casas en las que residí hasta que me casé existe ya, pues todas han ido cayendo bajo la piqueta conforme han pasado los años. Es como si un negro hado quisiera borrar los restos que quedaran de los sitios por donde yo he pasado.


Pero a lo que voy, a la calle Antonio del Castillo. He entrado por Horno del Cristo y la plaza de Jerónimo Páez. En ésta me he detenido ante la fachada de la casa palaciega, hoy abandonada, en la que alguna vez se ha hablado de construir un hotel de cinco estrellas pero que, de momento, está cerrada y muestra su ruina a quien se aventura por allí. En alguna ocasión, cuando vivía en Antonio del Castillo, pude entrar en esa casa, porque los propietarios tendrían hijos de mi edad y entonces era muy frecuente jugar en la calle, así que nos conocíamos y me permitieron entrar. Sólo recuerdo la impresión que me produjo, al cruzar la puerta principal –situada tras el breve compás cerrado con una reja de hierro− el esplendor de una escalera que subía al piso superior: tenía una alfombra roja que cubría los escalones, con barras de metal dorado que la sostenían. Era una escalera que sólo he visto en películas de Hollywood, o en palacios reales que, como turista, me ha sido dado visitar en algún viaje. Pero que una casa real, donde viviera gente y hubiera niños que pudieran y quisieran jugar conmigo, tuviera una escalera de esa pomposidad –o al menos yo así la vi y la recuerdo− es algo que no se me ha vuelto a dar.
Frente a ese palacio, ya en Antonio del Castillo, la casa que lleva el nombre de la calle es muy sencilla: tiene dos plantas y la inferior está ocupada por un bar llamado «La Cavea», sin duda alguna por la proximidad del Museo Arqueológico y los restos del teatro que en él se conservan. En esa casa vivían unas niñas, amigas sin duda de mis vecinas González Castro, y recuerdo también que en alguna ocasión fui a esa casa, a jugar en la azotea, cuyo aspecto recuerdo aún perfectamente; esa visita la hice sin duda a primeros de mayo, porque los vecinos habían instalado una cruz de mayo delante de la «Casa del Judío» y las niñas estaban vestidas de gitana. Que yo recuerde, en esa cruz de mayo no había barra ni se servían bebidas ni raciones ni, por supuesto, había sevillanas por megafonía: sólo había las flores y macetas que aportaban las vecinas y el ambiente era la concentración de quienes vivíamos por allí y las sevillanas que, con su propia voz, cantaban las chicas que se habían vestido de gitanas y bailaban llenas de alegría.

Conforme avanzo por la calle me sigo sorprendiendo de lo estrecha que es ahora, o de lo ancha que me parecía a mí cuando jugaba en ella. También me acuerdo de algunas de las familias que vivían allí, y de algunos niños con los que jugaba. Uno de ellos se llamaba Narciso, y parecía un «niño bien». Otro, bajito y moreno como su padre –un señor muy serio y amable, con bigote rectilíneo y gruesas gafas−, me daba un poco de pena cuando lo veía, porque una vez me dijo mi madre que la madre de ese chico había muerto, y que un tiempo después su padre se había vuelto a casar con la que hasta ese momento era su cuñada, es decir, hermana de la madre del muchacho.





De la casa donde yo viví ya sólo queda el sitio, pues fue derribada hace dos décadas y en su solar se levantó un edificio de dos plantas de nueva construcción, y que ofrece el mismo aspecto impersonal y frío que todo lo que construye Vimcorsa, seguramente por influencia de los planes de viviendas que se hacían en la Unión Soviética. La casa que me vio corretear entre 1960 y 1965 tenía el número 1, pero su sucesora tiene el 3, al haber pasado el 1 a la casa que se asoma a la plaza de Séneca y hace esquina con San Eulogio. Entre «mi casa» y la que hace esquina, en la misma acera y en un pequeño ensanche de la calle, había un semisótano en el que trabajaba un zapatero remendón; el hombre tenía un problema en los pies y andaba con dos bastones. Uno de sus hijos, de nuestra edad o poco más, jugaba con nosotros en la calle cuando era ocasión, que era casi siempre que no había clase. En ese tramo, que ahora se me antoja pequeñísimo, tenían lugar largas tertulias en las noches de verano: los vecinos salían a «tomar el fresco» con sus sillas, y las mujeres se sentaban a un lado de la puerta, el que va para la plaza de Séneca, los hombres permanecían de pie al otro lado, el que va para Jerónimo Páez, y los niños corríamos de un lado a otro sin más precaución que alguna vez, cuando pasaba un coche, que nos pegábamos a las paredes; pero era rarísimo que pasaran coches por allí, y el único que no faltaba nunca era uno al que llamábamos «el huevo duro», un coche biplaza pequeñísimo y con una carrocería ovalada de color salmón muy claro.

Justo frente a la casa en que yo vivía había una gran puerta metálica, que daba acceso a la parte posterior de la llamada «Casa de Séneca». Es –y lo digo en presente porque esta mañana me ha sorprendido ver que sigue no sólo intacta, sino reparada, repintada y limpia− una puerta de color marrón, dividida en varias secciones por «nervios» del mismo hierro aplicados con remaches. En mis tiempos estaba mucho más sucia y oxidada, y tuvo durante muchísimo tiempo lo que hoy llamaríamos un «graffiti» que ponía, en grandes letras escritas con tiza, el nombre de SÉNECA. Pero no era por un entusiasmo cultural sobre el gran escritor romano, tan vinculado a esta parte de la ciudad; se trataba de una especie de «hurra» al equipo de fútbol de ese nombre, pues el Séneca CF se fundó en una antigua casa, también desaparecida, situada en la plaza de ese nombre; una casa que tenía un patio enorme de tierra, donde los chicos del barrio jugaban al deporte rey en los años en que el Córdoba CF acababa de subir a Primera División. Por cierto, como la plaza de Séneca en sí no tenía la estructura que se ofrece ahora y era sólo una cuesta con la estatua romana que ahí sigue, podían hasta aparcar coches; y no es que hubiera muchos, pero sí veíamos con frecuencia uno: el del futbolista Simonet, inolvidable defensa del equipo blanquiverde, que vivía en la calle San Eulogio y aparcaba su coche, un Renault Dauphine, en la misma plaza de Séneca.

Precisamente del tráfico por esa calle me quedan dos estampas que el tiempo no ha logrado olvidar. Las dos escenas las contemplé al regreso del colegio: yo iba al Colegio La Milagrosa, situado en la calle Gondomar, y bajaba todos los días la calle Ambrosio de Morales. Una de las veces, al llegar a la plaza de Séneca, vi mucho revuelo y –lo que más me impresionó− huellas de neumático manchadas de sangre. Según me explicaron, un carro tirado por un mulo se había estrellado contra una de las rejas de la casa que hoy lleva el número 1 de Antonio del Castillo. Al parecer al mulero, al pasar por la taberna de la Sociedad de Plateros, debió de apetecérsele un medio de «Peseta» y detuvo el carruaje en la misma puerta; pero el carro debía de estar muy cargado y no tendría freno de mano, de modo que empujó al propio mulo hasta estrellarse en la reja, donde uno de los hierros del propio carro, al retorcerse, se le clavó produciéndole la muerte. Cuando yo llegué no quedaban más restos que las citadas huellas de coche con manchas de sangre, pero el suceso dio tema de conversación durante un tiempo a los parroquianos de la taberna y a los vecinos del barrio.




Y quizá como muestra de que la primera mitad de los años 60 eran una etapa de transición para nuevos tiempos, pocos meses después ocurrió un suceso análogo, sólo que esta vez el accidentado era un coche –nada menos que un Seat 1400C, uno de los grandes de su tiempo−, cuyo conductor seguramente tendría la misma sed de vino que el acemilero de que he hablado, y dejó su vehículo aparcado frente a la taberna sin las pertinentes medidas preventivas, dado que la cuesta abajo es muy pronunciada.



Pero con independencia de las anécdotas y sucedidos de los que me fue dado ser infantilísimo testigo, esta zona de la ciudad es, al menos para mí, de las más entrañables y cálidas de la ciudad. Y no lo digo ya por las connotaciones que me trae, sino por algo tan simple como las denominaciones de plazas y lugares que allí se concentran: en la plaza de Séneca confluyen vías urbanas con los nombres de San Eulogio, cuya calle baja hacia el Portillo y San Francisco, Antonio del Castillo camino del Museo Arqueológico, y Ambrosio de Morales que viene desde las alturas de Claudio Marcelo. Se trata de cuatro nombres de cordobeses que simbolizan cuatro etapas de la historia de la ciudad: la Córdoba romana con Séneca, la mozárabe con San Eulogio, la renacentista con Ambrosio de Morales y la barroca con Antonio del Castillo.
La misma «casa de Séneca» tiene honda trayectoria literaria. En ella pasó una temporada, en el año 1859, el escritor extremeño Vicente Barrantes, que sería diputado de las Cortes y que desarrolló en su tiempo una interesante pero poco conocida labor en el mundo de las letras y la historia. Había tenido, al pasar por Despeñaperros, un «accidente de tráfico», es decir, su diligencia se había caído por algún barranco y él se fracturó una pierna que se le gangrenó y le hubo de ser amputada, de modo que pasó su convalecencia en esa casa, invitado por un amigo cordobés, y en ella mantuvo fecundas tertulias literarias con, entre otros, el conocido polígrafo Luis María Ramírez de las Casas-Deza.



Luego he bajado por la calle San Eulogio y he salido a la de la Feria por el pasaje Claudio Galión, uno de los lugares más desconocidos y mágicos de Córdoba. El enlace de San Eulogio con este enclave recuerda las antiguas «casas de paso», y hasta es posible que en el lugar se levantara una de ellas, pero no me he puesto a confirmarlo. Lo que sí es cierto es que el pasaje, al que se accede por un arco presidido por una imagen de San Rafael −¡cómo no!− tiene un rincón encantador con una fuente, una columna, una cruz de hierro forjado y un ciprés. Para desgracia de esta ciudad que quiso ser, y no sé yo si con merecimiento por sus habitantes del presente, Capital Cultural de Europa, tampoco faltan en el lugar pintadas y huellas de mal gusto, incultura y falta de respeto y tolerancia. Tengo que terminar estas notas diciéndolo muy claro: ¡menos mal que no nos dieron la dichosa Capitalidad! De habérnosla concedido, yo hubiera pasado, como cordobés, una enorme vergüenza viendo a decenas de miles de turistas y visitantes contemplando nuestras calles, hasta las más representativas del casco histórico, ensuciadas por la bazofia mental, y a veces física, de muchos cordobeses.

26 de julio de 2012