domingo, 28 de septiembre de 2014

Esperando a los bárbaros

Reproduzco a continuación mi columna publicada en la edición cordobesa de ABC el sábado 27 de septiembre de 2014, que no se incluyó en la edición digital del periódico.

Hace ya unos años, un veterano de la profesión periodística me explicaba que, para él, la situación actual del mundo en que vivimos –Occidente, para entendernos– era muy parecida a la que afectaba a Europa en los estertores del Imperio Romano. En aquel tiempo, en efecto, los bárbaros –una amenaza real y muy peligrosa, como se vio– no sólo amenazaban la fronteras del Imperio y, por ende, de la civilización, sino que poco a poco habían ido colocando sus peones en la entraña misma del mundo romano con todos los honores de la ciudadanía. Mientras tanto, la Roma decadente se entregaba a la molicie y a la vida cómoda, muy lejanos ya los tiempos austeros de la República que en vano trató de salvar el bueno de Cicerón.

Mil años después, a mediados del siglo XV, ocurrió algo parecido en Constantinopla. Con otra oleada de bárbaros, esta vez otomanos, a las puertas de la mítica ciudad, en su interior teólogos y políticos debatían con intensidad la cuestión del sexo de los ángeles. Mohamed II lo tuvo fácil, porque –son palabras de Indro Montanelli en su recordada Historia de Roma–, «los grandes imperios no caen por la derrota ante un enemigo externo y superior, sino corroídos por sus males internos».

Cuando mi amigo, ese veterano periodista, me habló de este paralelismo lo tomé por exagerado. Hoy le tengo que dar la razón. Europa trata de suicidarse a pasos agigantados a base de leyes y costumbres que, en nombre de la dignidad y sobre todo de la igualdad, lo que hacen es entregar sus reservas de energía moral a la vida fácil, al olvido del esfuerzo como moneda imprescindible que tenemos que pagar si queremos adquirir derechos y vivir una vida realmente digna y humana. Los bárbaros están ahí, bien armados y a pocos kilómetros, y aquí les preparan el terreno quintacolumnistas que hoy se llaman lobos solitarios. Mientras, en Europa nos seguimos hundiendo en la decadencia y la blandura o nos enzarzamos en enconados debates sobre el sexo de los ángeles (o haciendo referenda para pedir la independencia, que viene a ser lo mismo).

Hace casi un siglo, en un poema memorable, Kavafis denunciaba el recurso a los bárbaros porque ellos, a fin de cuentas, «eran de algún modo una solución». Unas décadas después, la lucidez de Ionesco se escandalizaba de que nadie se diera cuenta de la cantidad de ciudadanos que se estaban convirtiendo en rinocerontes. Pero hoy nadie se preocupa de los bárbaros: porque mientras unos se entregan vorazmente a la táctica del avestruz para ignorarlos, otros se preparan para cuando lleguen convirtiéndose en rinocerontes sin que sus conciudadanos se den por enterados.


jueves, 25 de septiembre de 2014

La Nueva Mitología: los Derechos Humanos

En la sociedad actual estamos asistiendo, ante la indiferencia de la mayoría, a la implantación velis nolis de una Nueva Mitología, es decir, de un nuevo sistema de valores y creencias. Son valores y creencias que no se presentan como sistematizados al estilo del corpus de dogmas y mandamientos que han caracterizado secularmente a las grandes religiones, aunque no por ello dejan de ser, por más que no lo pretendan, estrictamente paralelos.

En efecto, las sociedades occidentales en su totalidad están impregnadas de unas imposiciones ideológicas que nadie discute, entre otras cosas porque, con suma habilidad, sus promotores las supieron presentar como indiscutibles.

Pongamos un ejemplo: los Derechos Humanos. La llamada Declaración Universal de Derechos Humanos fue aprobada en París, por la Asamblea General de las Naciones Unidas en su Resolución 217 A (III), el 10 de diciembre de 1948 en París. En sus 30 artículos se recogen -a partir de la carta de San Francisco de 1945- los derechos humanos considerados básicos.

La mayoría de los países han firmado esa declaración y los pactos subsiguientes que los obligan a aplicarlos, pero -dirá alguno, sin duda alguna con razón- seguramente ni un solo país los aplica, ni en su legislación ni en su vida cotidiana, al cien por cien.

Digámoslo directamente: la Declaración Universal de los Derechos Humanos es el dogma cómodo del progresismo más superficial. Se invoca como referente último cada vez que se quiere justificar o denunciar cualquier situación, siempre en función de intereses particulares, y como es un dogma, nadie, absolutamente nadie, sea cual sea su planteamiento ideológico, se ve con fuerzas de rechazar ese argumento de autoridad. Y, por supuesto, quienes la invocan para un asunto determinado, la silencian o menosprecian -esto último sin hacerlo expresamente, que para eso es un dogma- en función de sus particulares posicionamientos.

Desde un principio la serie de derechos que en ella se incluyen se nos presentaron como "permanentes e inalterables", es decir, como indiscutibles e invariables por los siglos de los siglos. Alguno de mis lectores, si los hay, habrá comprobado que he empleado la expresión "permanentes e inalterables": se trata, en efecto, de una adjetivación tomada directamente del franquismo, con la que el dictador (sin éxito, como afortunadamente pudo verse) pretendía blindar en el contenido y en el tiempo la Ley de Principios del Movimiento Nacional, pretendido baluarte legal del sistema político en que se basó la dictadura.

Pues a día de hoy, pasados ya casi setenta años de su promulgación, a nadie, en Occidente, se le ha ocurrido -al menos en voz alta- discutir la validez de uno o varios de sus postulados. ¿Por qué? Sencillamente, porque como toda buena religión cargada de conversos, el progresismo actual, además de sus dogmas, tiene su cuerpo inquisitorial, que impondría el malhadado sambenito de "¡fascista!" a quien tuviera la ocurrencia de ver que el rey está desnudo, es decir, que una mente racionalmente dispuesta y libre de ataduras pueda ser capaz de pensar que en esa Declaración pueden faltar, y naturalmente sobrar, algunos de los derechos que proclama.

(Otra cosa distinta es cuando los mencionados Derechos se incumplan en dictaduras con las que el progresismo simpatiza, por ejemplo Cuba, Irán, Venezuela, Corea del Norte y, en menor medida -porque en esto está de acuerdo con posiciones conservadoras- en países como Arabia Saudí. En esos casos, sencillamente, no se habla de Derechos, Humanos, basta con mirar a otros sitios donde sí convenga denunciar su incumplimiento).

Los Derechos Humanos, o mejor dicho la Declaración que los convierte en dogma, no son discutibles racionalmente. Se creen o no, se aceptan o no, pero no se discuten, porque -repito- son sencillamente un dogma.

Pero yo pienso que los Derechos Humanos son un mito y un dogma. En primer lugar, no forman parte de la naturaleza humana: lo que forma parte de la naturaleza humana pertenece en su inmensa mayoría al campo de la biología y la fisiología, no al de la política. Los aceptamos, y es bueno que tengamos una carta programática nada más existir como humanos y sólo por existir como humanos, simplemente para hacer más llevadera la existencia en la que nos ha tocado desenvolvernos. Pero los Derechos Humanos que me asisten no forman parte de mí como, por ejemplo, mis ojos o mis manos, o mi capacidad de pensar y de hablar.

En segundo lugar, creo que la pretensión de elevar a la universalidad una carta de derechos fundamentales es utópica, y como todas las utopías es dictatorial. Todas las utopías son dictaduras, empezando por la de Tomás Moro y acabando por los intentos de implantación de sociedades perfectas como los que hicieron los nazis en Alemania, los marxistas-leninistas en la extinta Unión Soviética y, más recientemente, los hermanos Castro en Cuba, aunque estos últimos tienen ya más de ópera bufa que de utopía política.

La universalidad en el espacio de cualquier tipo de implantación ideológica es inviable, dada la enorme variedad de valores, ideas y creencias que hay actualmente en el mundo: la Historia no está de adorno, es ella la que ha forjado la realidad actual del mundo, y por más que haya, que los hay, intentos de manipularla y de cambiarla -precisamente, qué casualidad, por parte del mismo progresismo blando que denuncio- es imposible cambiar lo que ha ocurrido. La Declaración Universal de los Derechos Humanos ha sido aprobada por la mayoría de los gobiernos del mundo, democráticos o dictatoriales, pero ni un solo país la ha sometido a referéndum explícito entre sus ciudadanos. Y seguramente, si se llevara, con su texto actual, seguramente nos llevaríamos alguna sorpresa. ¿Qué porcentaje de ciudadanos de Estados Unidos daría entusiasmado su "sí" en ese imposible referéndum? ¿Y en Arabia Saudí? ¿Y en Corea del Norte? ¿Y en Siria? ¿Y en Malasia? ¿Y en Centroáfrica? Es evidente que hay valores y derechos que tenemos por sagrados e intocables en Occidente, porque disponemos de una historia y una trayectoria cultural determinada: parece lógico que quienes cuentan en su haber con otra trayectoria histórica y cultural defiendan unos valores y unos derechos que no tienen por qué compartir totalmente con los nuestros.

Pero es que la universalidad en el tiempo ya se ha demostrado también inviable. Derechos que hace sólo dos o tres siglos no eran vistos como tales, ahora son considerados como dogmas intocables -valga el ejemplo de la libertad de expresión-, y quien se atreva a discutirlos o vulnerarlos es condenado ipso facto por... sí, por "¡fascista!", que es una palabrita cómoda que ahorra a quien la emplea la tediosa tarea de pensar, debatir y argumentar. Y a la inversa: hace dos siglos, o mucho menos, situaciones que hoy consideramos aberraciones éticas y legales eran... derechos recogidos en las Constituciones con todas las garantías. Ejemplo: la posesión de esclavos, perfectamente legal en los Estados Unidos hasta pasada la mitad del siglo XIX.

Si esto es así, ¿quién me impide pensar que derechos recogidos en la Carta de San Francisco no vayan a ser vistos en ningún momento del futuro como aberraciones inhumanas o, a la inversa, que en ese futuro -en mi caso, en el presente, ya- se considere injusto, aberrante y propio de la barbarie más desalmada que no se incluyan en ella prerrogativas que alguien -yo, en este caso- considero derechos inviolables? ¿Se cree alguno de los que citan y citan los Derechos Humanos que éstos van a ser siempre los mismos, que la Humanidad ha alcanzado ya el culmen de la civilización y el progreso, o que, al menos, la aplicación real de esta Declaración Universal nos pondría en el camino del punto en que los seres humanos viviremos, o vivirán, en una sociedad perfecta, inmejorable, utópica y por tanto cerrada al progreso y la mejora?

Termino estas líneas señalando mi opinión, a riesgo de que alguien me salpique con la baba del insulto facilón de "¡fascista!". Aquí va mi opinión: desde mi punto de vista, en la Declaración Universal de Derechos Humanos FALTAN y SOBRAN derechos. Casi diría que sobran más de los que faltan.

martes, 1 de julio de 2014

LAS LETRAS NO SIRVEN PARA NADA

Hace unos días, el diario ABC de Córdoba publicaba una entrevista con María Barral Gil, la chica cordobesa –alumna del IES Séneca, por más señas− que ha obtenido la calificación más alta en la Selectividad de la UCO en la convocatoria de junio. En la entrevista, María mostraba su deseo de estudiar la carrera de Filosofía, lo que debió de sorprender a algunos que –esperando que optara a Medicina, una ingeniería, una LADE o cosas así− no tardaron en mostrar su desagrado, como diciendo «qué pena de cerebro desperdiciado».

Algo parecido ocurrió, y fui testigo, unos días antes de la noticia que acabo de referir. Estaba yo en la evaluación de un grupo al que había dado clase, y al llegar a Julio, un alumno brillantísimo que ha sacado un diez en todas las asignaturas, a alguien −¡a uno de los mismos profesores que le habían dado clase!− se le escapó un «¡Qué lástima!» cuando se supo que dicho alumno había anunciado su intención de cursar la carrera de Filosofía y Letras, concretamente en la especialidad de Historia.

Sigo recordando. Hace un año Miriam, una chica del instituto donde doy clases y que terminó su Bachillerato, dejó estupefactos a tirios y troyanos, nunca mejor dicho, cuando se matriculó en primer curso de Filología Clásica. Y lo curioso del caso es que a lo largo de estos meses me he cruzado algunas veces con ella y parecía inmensamente feliz con su elección, pese a los negros augurios que le pronosticaban los profetas de la modernidad.

¿Me voy más lejos en el tiempo? Cuando –hace sólo 44 años− decidí estudiar el Bachillerato de Letras oí comentarios como que «las Letras son cosa de niñas» y que, por supuesto, «las Letras no sirven para nada». Esto último es una opinión que, con el paso del tiempo, se ha ido consolidando hasta convertirse en un dogma que, como todos, es una verdad indiscutible que hay que creer sin pararse a pensar o discutir, porque entonces dejaría de ser dogma.

Las Letras no sirven para nada, desde luego. Porque si nos ponemos a pensar qué es lo que realmente sirve de algo en esta vida, veremos que son muy pocas cosas: en realidad, lo único que sirve para algo es comer todos los días y protegerse mínimamente de las inclemencias meteorológicas. Vivir, lo que se dice vivir, se puede vivir sin haber leído a Homero, sin saber quién fue Platón, sin haberse acercado a la teoría del conocimiento de Kant o sin tener una noción clara de lo que pasó en España entre 1936 y 1939, por poner tan sólo unos ejemplos, todos ellos del ámbito de las Letras. Pero también podríamos vivir sin AVE, sin teléfonos –móviles o de sobremesa− y sin hospitales de alta resolución: al fin y al cabo, la Humanidad ha sobrevivido decenas de miles de años sin ninguno de estos adelantos y ha llegado al momento presente. Puestos así, tampoco la Ingeniería ni la Medicina sirven para nada.

Pero la Ingeniería y la Medicina sí sirven: la primera nos facilita la existencia y entre otras cosas hace más cómodos y rápidos los desplazamientos -aunque tampoco es imprescindible desplazarse para seguir vivo-, y la segunda nos ayuda a ahuyentar, aunque siempre de forma provisional, el fantasma del dolor y de la muerte.

¿Y las Letras? Ayer mismo, sin ir más lejos, una persona me contó que había tenido acceso a un informe de tipo técnico, redactado por un ingeniero, número uno de su promoción: afirmaba esta persona que el informe «no había por donde cogerlo» ya que era tal era su saturación de errores ortográficos, patadas a la sintaxis y expresiones incorrectas que no hubo más remedio que mandar a la papelera –por incomprensible− el dichoso informe de un ingeniero que, eso sí, había sido el número uno de su promoción.

El utilitarismo ramplón inunda nuestra sociedad de una forma más contaminante, peligrosa e invisible que el agujero de la capa de ozono, que no ha sido producido por lo mucho que se ha debatido la autoría de la Ilíada y la Odisea sino, precisamente, por la adoración al Becerro de la Utilidad, del confort y del sentido práctico, ya que su aparición se ha debido... al avance de la Ciencia y la Tecnología.

Yo me alegro de que entre la juventud actual haya todavía estudiantes que admiren el valor de la belleza, del arte y de la reflexión y no sucumban ante los tótems que les quieren imponer, llámense Ingenierías, Tecnologías o Administración de Empresas, por muy loables y necesarias que sean estas actividades. Precisamente lo que falta en el mundo es tiempo material y espacio mental para la Humanidades, que como su nombre indica son las que nos sacan de la simple animalidad; hacen falta, como siempre, personas que dediquen su vida a la reflexión y a la libertad del espíritu, que es algo que sólo pueden dar la Historia, la Filosofía o la Cultura Clásica. Por eso felicito de todo corazón a personas como María, Julio o Miriam.

lunes, 24 de febrero de 2014

Un recuerdo a Casa Ogallas

Siempre que paso por el Jardín del Alpargate, al que sigo llamando en mi interior Plaza del Corazón de María, me sigo sorprendiendo de que no exista ya el bar Casa Ogallas.

Allí pasé algunos ratos excelentes con mis padres cuando era niño, con mi novia cuando empezaba a salir con ella y, en alguna ocasión, con amigos que vivieran por allí o que tuvieran alguna relación con la hermandad del Cristo de Gracia.

Sé que Casa Ogallas ya no existe, que desapareció hace varias décadas y que, durante un tiempo, un establecimiento con el mismo nombre tuvo sus puertas abiertas a poca distancia de él. Pero a este segundo y apócrifo Casa Ogallas no llegué a entrar. Me hubiera parecido un sacrilegio.

Cuando yo lo conocí, a mediados de los años sesenta, era un bar con mucho espacio, mesas de formica, azulejos en las paredes y un armario frigorífico de los que por entonces empezaron a generalizarse. Cuando llegaba, casi ni tenía que pedir mi consumición: un camarero mayor, con gafas y una camisa blanca de manga larga –creo de las que se llamaban «cubana»− se me acercaba y casi leía en mis labios lo que quería: que era, naturalmente, una caña de cerveza y una tapa de callos.

Mi madre me contó que ella también hizo su descubrimiento del bar cuando andaba de novia con mi padre. Por lo que me explicó, un domingo en que las disponibilidades económicas de mi padre se lo permitieron, le dijo que la iba a invitar a una tapa de los mejores callos de Córdoba. «No me gustan los callos», respondió la que andando el tiempo sería mi progenitora. «Pues te tomas otra cosa», le replicó su prometido.

Mi padre pidió su cerveza –una de esas botellas de El Águila de color ámbar oscuro, con el águila estampada en blanco− y una tapa de callos. Mi madre, otra consumición diferente. Una vez servida las tapas –en esas barquetas de aluminio que algunos recordarán−, mi padre le ofreció una «muestra» de los callos a mi madre. Y ella tuvo que rendirse a la evidencia: sus prejuicios contra los callos se acabaron y, cada vez que había ocasión, le pedía a mi padre que volviera a invitarla en el mismo sitio, por supuesto a callos y sólo a callos.
Cuando yo empecé a salir con la que hoy es mi esposa, la llevé también una vez a Casa Ogallas. Y, al igual que había hecho mi madre casi tres décadas antes, también se quedó prendada de esos callos. Muchas veces, de novios y de casados, me pidió expresamente que la llevara a Casa Ogallas a tomar los callos.

Recuerdo también una anécdota relacionada con este bar, que demuestra que no era yo ni eran los miembros de mi familia los únicos enamorados de aquellos callos. Fue el Domingo de Ramos de 1976. Yo acababa de ver la recogida de la hermandad de la Oración en el Huerto tras su regreso a la Semana Santa. Iba con Rafael Zafra y con José Roldán, presidente y directivo –a la sazón− de la Agrupación de Cofradías. Subíamos por la Cuesta de Luján, ya vacía, para regresar a nuestros domicilios. Rafael Zafra dijo que tenía hambre. Pepe Roldán, con el buen humor y la campechanía que lo caracterizan, dijo abiertamente: «Yo también tengo hambre. ¡Ahora mismo me comería la olla entera de callos de Casa Ogallas con un pan abogado!».

La memoria está hecha de momentos, de imágenes y de sensaciones. Ya lo dijo Proust con su conocidísimo ejemplo de la magdalena en la taza de té. Pues para mí, que no soy parisino ni tengo la fina sensibilidad ni mucho menos la pluma meticulosa del autor de En busca del tiempo perdido, el color inconfundible, la textura cremosa, el aroma incomparable y el sabor único de los callos de Casa Ogallas forman, sin duda, parte de mi más querida memoria personal y sensitiva, y ese color, esa textura, ese aroma y ese sabor me siguen llegando todavía a los ojos, la lengua, la pituitaria y el paladar –y también el alma− más allá del tiempo, con la conciencia segura de que esas sensaciones no volveré a sentirlas nunca más en el mundo material.

No sé exactamente cuándo cerró el establecimiento, del que lamento no tener fotografías. Supongo que sirvió la última tapa de callos a mediados de los ochenta del siglo pasado. Pero siempre que paso por el Jardín del Alpargate, que ahora se llama Plaza del Cristo de Gracia, me sigo sorprendiendo de que no exista ya el bar Casa Ogallas.

martes, 22 de octubre de 2013

Ubi sunt?




Hoy vuelvo a los temas más habituales de este blog. En esta ocasión, el patrimonio histórico y artístico de la hoy Basílica de San Pedro; y lo que ofrezco es una serie de reflexiones sobre el indignante expolio que sufrió el histórico templo durante el prolongado cierre que comenzó en mayo de 1985 y terminó en marzo de 1988.


El viejo tópico literario y moral del «Ubi sunt?» −«¿Dónde están»?− ha gritado con fuerza dentro de mí en la tarde de hoy, 22 de octubre de 2013. Me encontraba en la biblioteca del Instituto Séneca, aguardando el comienzo de una reunión de trabajo con otros profesores. Conocedor de la riqueza de esta biblioteca, en la que ya pasé muchas horas adolescentes, me dirigí a la zona donde se hallan los ejemplares del Boletín de la Real Academia de Córdoba (en lo sucesivo, BRAC). Abrí unos cuantos al azar y en el número 75 de esta publicación, correspondiente al periodo julio-diciembre de 1955, me encuentro un breve artículo del arqueólogo francés Pierre Dubourg-Noves[1], que se titula «Una Virgen del siglo XIII en San Pedro». Las dos fotos que ilustran el artículo son las siguientes:




Después de leerlo, o mejor dicho, mientras lo leía, se me encendió la luz de la memoria y, al mismo tiempo, brotó con impaciencia la pregunta que da título a estas líneas. Se me encendió la luz de la memoria porque me di cuenta de que esa imagen de la Virgen la he visto yo, y no una vez ni dos, sino durante años en la sacristía de la parroquia de San Pedro, dignamente puesta sobre una sencilla peana. Fue a raíz de la reforma que se hizo en dicha sacristía en 1970, cuando se «adaptó» −emplearemos un eufemismo− la capilla del Sagrario y de los Santos Mártires a la interpretación que en esos años se daba a la reforma litúrgica del dichoso Concilio Vaticano II. Como parte de esa misma reforma, se remodeló la sacristía, a la que se despojó de su capa de cal y se dejó en piedra vista (o «falsa piedra»), se suprimieron las tarimas de madera y se dispusieron unas vitrinas en las que se exhibía parte del rico patrimonio litúrgico de la parroquia: orfebrería, un maravilloso terno negro bordado, libros, imágenes… Incluso, durante un tiempo, se exhibieron allí las imágenes de San Acisclo y Santa Victoria de Jiménez de Sandoval que habían pertenecido al retablo de la ya cerrada iglesia de la Magdalena (durante unos años estuvieron «reconvertidas» en Santa Bárbara y Santa Lucía, no sé por qué), y hasta el grupo escultórico de los Santos Varones procedente también de la Magdalena: este último, a raíz del robo de que fue objeto a causa del abandono de la Magdalena, y que una vez recuperado por la Policía estuvo en San Pedro hasta su cierre en 1985.


El caso es que la contemplación de las dos fotos que ilustran el artículo del BRAC de 1955 me hacían clamar interiormente, pensando no sólo en esa maravillosa imagen, sino en tantas y tantas piezas del patrimonio artístico de San Pedro cuya pista se ha perdido desde el cierre de 1985 (o, por lo menos, desde la reapertura de 1998, en la que ya no estaban). Tengo que decir que, aunque en 2004 se hizo, supongo que por profesionales del tema o profesores de Historia del Arte de la Universidad de Córdoba un catálogo-inventario del patrimonio que a esa fecha conservaba la parroquia, en dicho catálogo faltan todas las piezas que yo recuerdo y que he visto durante toda la vida (anterior a 1985) en la hoy basílica.


En los años transcurridos he podido conocer el destino de algunas de estas piezas saqueadas a la hoy basílica de San Pedro; por ejemplo, el retablo de San José situado en el muro de la nave del lado de la epístola se halla en la parroquia de Santa Victoria (Barrio del Naranjo) y el retablo de las Ánimas, desaparecido «misteriosamente» antes de octubre de 1993, preside hoy la iglesia del Carmen de Castro del Río.


Pero de otras muchas obras de arte nunca más se supo… ¿o hay alguien que sabe y, por supuesto, calla?


Sé que lo que voy a hacer ahora es un simple ejercicio de retórica, porque nadie me va a contestar: quien no sepa las respuestas, por la sencilla razón de que no las sabe, y quien lo sepa, porque más le interesa callar. El expolio que se operó en San Pedro en los años de su cierra ha sido de tal calibre que una investigación formal podría acarrear funestas consecuencias.


Pero nadie me va a quitar las ganas de que me desahogue haciéndole al viento, por lo menos, las siguientes preguntas:


¿Dónde está esa Virgen gótica del siglo XIII-XIV que describe en su artículo el profesor Dubourg-Noves?


¿Dónde está la lápida que señalaba el emplazamiento exacto del lugar en que fueron halladas las reliquias de los Santos Mártires? Como tengo buena memoria, y para que al menos quede constancia de su texto, la inscripción decía algo muy parecido a lo siguiente:


EN ESTE LUGAR OCULTÓ LA PIEDAD, EN TIEMPOS DE SUPREMA ANGUSTIA, LAS VENERANDAS RELIQUIAS DE LOS SANTOS MÁRTIRES DE CÓRDOBA, QUE EN ÉL PERMANECIERON POR MÁS DE SETECIENTOS[2] AÑOS HASTA EL DE 1575, EN QUE PROVIDENCIALMENTE FUERON DESCUBIERTAS.


¿Dónde está el Niño Jesús que llevaba en su brazo izquierdo la Virgen de los Remedios, que antaño estaba en un retablo –también desaparecido− y que ahora ocupa, medio arrinconada, una hornacina situada en el baptisterio, justo en el sitio en que las mentes pensantes de la última restauración tapiaron sin contemplaciones una ventana que llevaba por lo menos siglo y medio abierta? Podemos verla aquí en una estampa de hacia 1960 y en una foto de 2004, en la que se puede apreciar la desaparición del Niño:



 


¿Dónde está la gran custodia de plata dorada que había en la vitrina de la sacristía?


¿Dónde está el terno negro –capa pluvial y dos dalmáticas suntuosamente bordadas, quizá en el siglo XVII− que se exhibía en una vitrina de la sacristía? Tengo que decir que las dalmáticas las vi una vez hace pocos años, en una ceremonia litúrgica, celebrada en la iglesia de San Pedro Alcántara por la entonces incipiente Hermandad Universitaria. Me dijeron que estaban en el Museo Diocesano. Démosle el beneficio del crédito a esta respuesta, aunque no nos satisface, porque donde deberían estar es… en San Pedro.


¿Dónde está la imagen de San Sebastián que ocupaba la hornacina principal del retablo situado en el muro de la epístola, junto a la capilla del Sagrario?


¿Dónde están las placas de bronce con inscripción latina grabada, que anunciaban, en la puerta de la capilla del Sagrario, que se trataba de un altar privilegiado, con indulgencia plenaria perpetua «semel in die»?


¿Dónde está, en fin, la imagen de San Pedro como Papa sentado en su trono, que ocupaba la hornacina central del retablo principal, hoy presidida por la Virgen de la Esperanza de Sandoval? A esta pregunta sí tengo la respuesta: la imagen -de vestir- está desmantelada y hecha pedazos en una sala alta de la iglesia, olvidada y cubierta de polvo como el arpa de Bécquer. La tiara de plata, al menos, es visible en la vitrina de la sacristía...

Las respuestas… como en la canción de Bob Dylan, «las respuestas están en el viento», o sea, que nadie me va a responder a las que yo no sé. Quizá, incluso, sea mejor no saber qué pasó con tan valioso patrimonio.






[1] Pueden consultarse datos sobre este prestigioso arqueólogo francés en http://www.academie-angoumois.org/Pierre-Dubourg-Noves.


[2] No estoy seguro de si decía «SETECIENTOS» o «SEISCIENTOS».

sábado, 19 de octubre de 2013

El otro fraude fiscal

Hoy no voy a escribir de historia, de literatura ni de Semana Santa ni de religión, sino de algo mucho más prosaico: de impuestos. Y es que la cosa tiene su poquito de tela marinera. Verán.

Como todo el mundo sabe, en los años del boom inmobiliario la gente pedía hipotecas, y los bancos las daban generosamente, con una tremenda frivolidad que ha llevado al sector a la actual situación. Y, también como todo el mundo sabe, para escabullirse de la presión fiscal muchísimas veces se escrituraban las fincas (viviendas fundamentalmente) a un precio inferior al que en realidad se había pagado por ellas, aportando el comprador el resto en efectivo, que se convertía en un ingreso "negro" para el vendedor.

Pero llegó la crisis, se esfumó el globo y empezó el declive. Los pisos empezaron a bajar de precio, llevando a muchas personas y familias (sobre todo a las que se habían hipotecado más allá de lo que podrían ser sus propios límites razonables) a situaciones angustiosas, desesperadas en algún caso. Y empezaron a verse rótulos de SE VENDE en multitud de ventanas y balcones, provocando la bajada de los precios en consonancia con el incremento de la oferta.

Hemos llegado a la situación actual. Y paradójicamente -esto le gustaría al profesor Rodríguez Braun si lo leyera, aunque seguro que lo sabe- la crisis está beneficiando de forma muy directa a la Hacienda Püblica, porque cuando se consigue vender un piso, lo cual ya es digno de mérito porque es poco menos que un beso en los morros de la diosa Fortuna, se ha llegado al caso de... escriturar un piso por un valor muy superior al suyo real de mercado.

Les pongo dos casos prácticos y totalmente reales, que ne conocido muy muy de cerca: un conocido mío tenía dos pisos en Córdoba, uno interior con 47 años de antigüedad, 55 m2 y tres dormitorios, y otro exterior con 32 años de antigüedad, 78 m2 útiles y tres dormitorios (obviamente más grandes que el otro), ambos con ascensor y en un barrio de clase media de la ciudad (Ciudad Jardín).

Pues bien, gracias a los buenos oficios de una inmobiliaria, que no voy a citar, ha conseguido vender los dos en el plazo de un mes. Pero ahí viene lo bueno. Vean las siguientes cifras:

PISO A (55 m2 útiles)
Precio de venta: 58.000 EUROS
Precio de escrituración: 94.500 EUROS
Precio que ingresado efectivamente en el momento de la venta: 51.000 euros (no exactos, pero ni 50.000 ni 52.000), al deducir todos los gastos generados por la compra. A estos 51.000 euros habrá que restarle, cuando llegue la próxima declaración del IRPF, el impuesto sobre el incremento patrimonial, que según los cálculos realizados serán unos 3.000 euros. Es decir, ese vendedor ha cobrado netos unos 48.000 euros por un piso cuyo precio de venta era 58.000 y que se escrituró en 94.500; ha cobrado, por tanto, apenas el 51% del precio de venta que figura en la escritura.

PISO B (78 m2 útiles)
Precio de venta: 89.000 EUROS
Precio de escrituración: 114.000 EUROS
Precio ingresado efectivamente al venderlo: 79.000 euros aproximadamente, tras las deducciones y gastos correspondientes. A esta cantidad habrá que restarle, dentro de unos meses, la consiguiente repercusión en el IRPF por incremento patrimonial, que será menor que el otro: unos 1.000 euros solamente, por lo que el ingreso real será de unos 78.000 euros, que representan en este caso algo menos del 68,5% del valor escriturado.

Es fácil adivinar que la causa de esta situación es el durísimo mercado hipotecario que se ha impuesto a raíz de la crisis: por un lado los bancos ahora no dan hipotecas con facilidad, y cuando las dan es sólo, como máximo, por el 80% del valor oficial de venta (en los tiempos del boom daban hasta el 120%) . Por tanto, el valor oficial de la venta (el que figura en las escrituras) tiene que aumentar en la proporción correspondiente para que el comprador pueda disponer del 100% del precio acordado con el vendedor, porque ya se ha terminado -o es una "rara avis" en vías de extinción- el comprador que, como se hacía en tiempos más normales, aportó una entrada del 25% o el 30% del precio de su vivienda y se hipotecó tan sólo por el resto.

El vendedor se he visto compelido a aceptar esta trampa y este gasto, porque tal y como está el mercado había dos opciones: o pasar por el aro y perder dinero, o no vender los pisos ahora, dejar pasar un poco de tiempo, esperar que los precios sigan bajando (seguirán bajando aún un año o dos por lo menos), y perder también dinero, seguramente más, en una venta futura.

Las consecuencias las paga, como ve, el vendedor, y las cobra -¡cómo no!- la Hacienda Pública, que está recaudando un exceso de dinero por un concepto que el contribuyente ni tiene ni ha tenido ni tendrá: está pagando por un dinero que nunca ha percibido Hacienda, pues, está cometiendo un tremendo fraude fiscal con muchísimos contribuyentes.

Supongo que la situación, que Hacienda conoce sin duda, estará haciendo gozar a los recaudadores. Espero, aunque tampoco me fío demasiado, que Hacienda no sancione a este vendedor... por haber pagado más de la cuenta, aunque puestos a sacar dinero, también podría hacerlo (y no quiero darle más ideas de las que ya tiene, por supuesto).


De modo que vean ustedes: a Hacienda le sienta bien la crisis, al menos por la circunstancia que acabo de exponer, que sin duda no es un caso aislado, ni muchísimo menos.

domingo, 6 de octubre de 2013

Hablar por hablar: el Via Crucis de la Fe


El Via Crucis de la Fe, rápidamente bautizado por muchos, por aquello de la mímesis, como «La Magna de Córdoba», ha suscitado que reviva con fuerza, aunque nunca ha dejado de estar vivito y coleando, el debate sobre la conveniencia, la necesidad y –sobre todo− la posibilidad real de que en Semana Santa todas las cofradías hagan estación de penitencia en la Catedral y de que ésta forme parte de la carrera oficial.



     Desde el mismo instante en que se anunció la celebración del evento, muchos lo vieron –lo vimos− como una especie de ensayo general de dicho proyecto, aunque no sabemos si los organizadores tenían «in mente» esta posibilidad o se limitaban a concentrar, por primera y tal vez única vez, un desfile de pasos por la Ribera, la Puerta del Puente y el Patio de los Naranjos.

Datos para el análisis
El desarrollo del «acontecimiento» dejó numerosos datos para el análisis, la felicitación y la crítica, en partes diversas. Como fui muy crítico desde el principio y mostré repetidas veces mi desacuerdo con una manifestación tan masiva y fuera de temporada de pasos y bandas de Semana Santa –los cortejos eran tan reducidos, por exigencias de la organización, que parecían ir de «cascarón de huevo»−, no quise ver los pasos en la calle, y de hecho sólo los vi en el interior de la Catedral; de modo que dejo a quienes fueron testigos presenciales de «La Magna» la valoración de cómo se desenvolvió ese traslado a mediados de septiembre de un día imposible en Semana Santa.

     Sí quiero, en cambio, sacar algunas conclusiones muy personales de lo que pasó, en el deseo de que el lector contraste sus opiniones con las mías.

Es posible
En primer lugar, parece evidente que llevar un paso, cualquier paso, desde cualquier punto de la ciudad hasta el primer templo es algo perfectamente posible: sólo hay que proponérselo. Pero cuidado, he dicho «llevar un paso» −o dos, si hace falta− y esto es una cosa muy distinta, tremendamente distinta, de llevar un cortejo procesional con varios cientos de nazarenos, en su inmensa mayoría adolescentes.

     El cortejo que se formó el pasado 14 de septiembre, una vez completado con todos sus componentes en fila india, sumó dieciocho pasos, pero su longitud máxima conjunta no superó de forma significativa la de la suma de las cofradías de cualquier día de la Semana Santa, en los que participan un máximo de seis corporaciones consecutivas. Evidentemente, es más difícil que se muevan en espacios estrechos y con grandes concentraciones de personas pocos cortejos largos y necesariamente difíciles de disciplinar –más o menos difíciles, eso sí, según los casos− que muchos mini-cortejos compuestos por dos o tres decenas de personas en general mayores y responsables. Es más fácil mover por calles estrechas diez coches utilitarios que cinco autobuses de transporte escolar, creo que me entienden.

Voluntad política
En segundo lugar, poder llegar a la Catedral no significa «querer llegar» al primer templo. De entre las hermandades que estuvieron presentes en «La magna», un número más que significativo rehúsa, por un motivo u otro, acercarse al Patio de los Naranjos a la hora de la verdad, que para una cofradía penitencial es el día de su salida en Semana Santa. No deja de parecer, o de ser, una tremenda incongruencia que cofradías que se niegan a hacer estación en la Catedral se hayan sumado a un proyecto que, además de consistir en el rezo –para quienes lo pudieran seguir− de las estaciones del Via Crucis, era un indudable y apetitoso escaparate para la Andalucía cofrade que, en un número significativo de visitantes, se hizo presente en Córdoba el 14 de septiembre. Resulta, pues, sumamente significativo, y hasta un tanto hipócrita, que haya hermandades que no quieran dar a su salida en Semana Santa el sentido que –según la opinión mayoritaria− debería tener y, sin embargo, se quieran apuntar el tanto del relumbrón turístico y publicitario.

Prohibido extrapolar
En tercer lugar, la masiva respuesta en forma de asistencia popular al piadoso espectáculo del día 14 no es válida por sí misma para revalidar de modo plebiscitario que «todo el mundo vería bien que las cofradías, en Semana Santa, acudieran a la Catedral», porque estoy seguro de que muchos, muchísimos, de los que allí estuvieron no repetirían su presencia en el mismo lugar de Domingo de Ramos a Domingo de Resurrección; unos porque son de fuera y estarán viendo las cofradías de su ciudad o de su pueblo: ¿se imagina alguien a un sevillano dejando de ver, verbigracia, a la Virgen de las Aguas del Museo o al Señor de las Penas de San Vicente para ver a Ánimas en… bueno, en la Catedral no, de momento? Otros, porque siendo cordobeses estarán fuera de Córdoba el tiempo que les deje libre el engorro de tener que salir en su propia cofradía, y algunos ni siquiera eso. Y los más, el pueblo llano, porque conforme vea la ocasión habrá puesto pies en polvorosa para desplazarse a Fuengirola. En septiembre la playa era un recuerdo muy reciente y acababa de dejarse atrás tan sólo unos días antes. En marzo o abril es otra cosa, y los cantos de sirena son muy fuertes, sobre todo si ese pueblo llano tiene una tradición cofrade tan «sólida» como la inmensa mayoría de los cordobeses.

     Sobre este punto tenemos un dato incontestable: desde hace unos años, todas las cofradías del Viernes Santo hacen su estación en la Catedral. Los alrededores del primer templo están muy concurridos, desde luego… pero ni punto de comparación con lo del día 14. ¿Es imprescindible, entonces, que la Catedral y sus alrededores, los que sean, formen parte de la carrera oficial? En ese caso, el aumento de la concurrencia no será por la Catedral, sino por ser carrera oficial…

     He hablado antes de que es perfectamente posible llevar un paso hasta la Catedral desde cualquier punto de la ciudad, por lejano que éste sea. Y he dicho también que la experiencia no es extrapolable de forma automática, por la longitud y composición de los cortejos nazarenos en Córdoba. El tema merece un somero análisis.

Adolescentes
Salvo excepciones muy minoritarias –por ejemplo, las cofradías de la Buena Muerte, el Santo Sepulcro o el Remedio de Ánimas, aunque ésta no es en absoluto «catedralicia»−, la inmensa mayoría de las cofradías de Córdoba tienen cortejos nazarenos compuestos en su ochenta por ciento –y que conste que en algún caso me quedo corto− por adolescentes sin la más mínima raíz cofrade en su familia y entorno más inmediato: son los mismos que, cuando hayan pasado unos años, muy pocos, dejarán sin contemplaciones la túnica y saldrán en la calle en Semana Santa, sin duda, pero a ver las procesiones desde fuera. A esta masa social hay que cuidarla, pese a todo, como oro en paño, porque dígase lo que se diga la Semana Santa se identifica como seña de identidad irrebatible por la presencia de los nazarenos; en los tiempos que corren, en que la «extraordinaritis procesional» hace estragos en muchas mentes y corazones de cofrades incluso talludos y experimentados, sólo los nazarenos diferencian la Semana Santa de cualquiera de las cada vez más ordinarias y menos justificadas «salidas extraordinarias».

     Tenemos relativamente reciente la experiencia de las hermandades de Jesús Nazareno y la Merced, que después de un más que meritorio intento de ampliar la Madrugada cordobesa del Viernes Santo con presencia en la Catedral, se vieron forzadas, a los pocos años, a renunciar tanto a una como a otra. ¿La razón? Tal vez hubiera varias, pero sobre todo quiero destacar una que era obvia: la terrible «hemorragia» del número de nazarenos que sufrieron mientras duró la experiencia.

     Se me dirá que dicha «hemorragia» fue debida a lo intempestivo de las horas para esos adolescentes, y es posible que así fuera pero sólo en parte. ¿Por qué no volvieron a la Catedral pese a volver a horas menos intempestivas en otros días de la Semana Santa? Por lo mismo: porque ir a la Catedral alargaría excesivamente el número de horas en la calle, que seguirían siendo insoportables para esos penitentes jovencísimos.

     Se me podrá argüir también que ese alargamiento del número de horas es debido a la obligación de pasar por la carrera oficial actualmente en vigor antes o después de hacer la estación en la Catedral. El argumento es válido… hasta cierto punto. Evidentemente hacer el «doblete» Tendillas-Catedral alarga el recorrido y el tiempo de duración de la procesión, pero no por igual y en todos los casos: a la hermandad del Calvario o la Expiración por supuesto que sí, pero no creo que a la de la Merced o Jesús Caído –si llegaran a querer− les significara mucho más tiempo del que ya de por sí necesitarían para llegar a la Catedral.

Espacio y tiempo
Un tema lleva a otro, y de la mano del anterior me viene el de la longitud en el espacio y en el tiempo de las procesiones. Dado que no es posible arrugar o encoger las calles de la ciudad, la solución está en el tiempo: hay que tardar mucho menos, hay que ir mucho más deprisa. Yo estoy seguro de que todas las cofradías de Córdoba, quizá sin más excepción que la del Santo Sepulcro y en menor escala la Buena Muerte, que son las que andan como hay que andar, todas las demás podrían reducir su duración en una cuarta parte, sin modificar para ello su itinerario (aunque también habría que hablar de eso: muchas, por no decir todas, tienen un recorrido excesivamente largo con algún tramo innecesario, en el sentido de que no cumple el viejo lema cofrade, tan pocas veces puesto en práctica, de «por el camino más corto»; pero eso es otro tema, que por ahora sólo apunto. Cierro paréntesis).

     Una cofradía que esté ocho horas en la calle puede hacer, si se lo propone y sin grandes sacrificios, ese mismo itinerario en seis; la que esté seis horas, en cuatro y media, y así sucesivamente. De lo que se trata es de querer. Y está claro que en Córdoba no se quiere: nadie está dispuesto a hacerlo. Por razones diversas, aunque todas perfectamente discutibles, ni los hermanos mayores, ni la Agrupación de Cofradías ni –mucho menos− los costaleros y capataces, estarían dispuestos a reducir el tiempo de estancia de las cofradías en la calle en aras de dar mayores facilidades a esos grandes olvidados de todos que son los nazarenos, y sobre todo en facilitar la presencia en la Catedral de todas las cofradías.

Sentido litúrgico, recuperación histórica
Quiero dejar muy clara una cosa: estoy de acuerdo con ir a la Catedral, pero cuando vayan todas las cofradías; mientras tanto, la estación en la Catedral será tan sólo un itinerario parcial que algunas, haciendo uso legítimo de sus derechos y facultades, añaden a su recorrido procesional. Lo que no acepto es que sólo lo que hacen éstas tiene sentido religioso pleno. Pues no: me niego a que ninguna procesión de Semana Santa de Córdoba capital haya tenido «sentido religioso pleno» durante más de siglo y medio (los que van desde el decreto del tristemente célebre obispo Trevilla hasta 1986, cuando la hermandad del Santo Sepulcro volvió a entrar en la Catedral el Viernes Santo). Estoy de acuerdo con el viejo refrán que dice que «la procesión va por dentro», y si un cofrade –aquí hay que hablar de cofrades individuales, no de corporaciones colectivas− ha hecho su procesión en las condiciones espirituales adecuadas, aun sin haber pisado la Catedral, su estación de penitencia habrá sido más auténtica y plena, desde el punto de vista religioso, que la de quien no llevara en condiciones la túnica del alma, por mucho que pisara las naves catedralicias.

     Se ha acudido con frecuencia al argumento histórico para defender la necesidad de «recuperar» la estación de penitencia en el primer templo, volviendo a lo anterior a 1820, como si no hubiera pasado nada entre 1820 y la actualidad. Pero no es tan simple la cosa, por las razones siguientes:

     Antes de 1820 no había carrera oficial ni nada que se le pareciera: las cofradías iban a la Catedral a su aire, cuando y como querían. Es más, el primer templo quedaba abierto toda la noche del Jueves al Viernes Santo para que entrara quien así lo deseara: cartas hay del obispo Fresneda (prelado de 1572 a 1577) que denuncian los abusos, desórdenes y conflictos que esta apertura provocaba. La carrera oficial en Córdoba, precisamente, nació del decreto de Trevilla y de su decisión de formar un cortejo único con varias cofradías, algo que nunca había existido con anterioridad.

     Antes de 1820 había en Córdoba muchas menos cofradías que ahora, sus cortejos eran mucho menos numerosos: no había problemas de organización, coordinación de horarios, etc., y sin duda alguna la aglomeración de gente en las calles era incomparablemente menor. Basta con saber que Córdoba no alcanzó los 50.000 habitantes hasta el último cuarto del siglo XIX.

     Antes de 1820 no había en Córdoba grandes pasos de misterio ni pasos de palio tal y como hoy los concebimos. Las imágenes eran portadas en parihuelas o poco más, de modo que los cortejos serían, en cuanto a su número y extensión, más o menos –seguramente menos− que los actuales rosarios de la aurora.

     Antes de 1820 ya había en Córdoba cofradías que no iban a la Catedral ni vieron la necesidad o la conveniencia de hacerlo: hacían la totalidad de su recorrido por su barrio, y nada más que por su barrio.

     Por tanto, el argumento histórico «per se» no es válido, por cuanto han sido tantas las modificaciones sufridas por las cofradías y la Semana Santa que las formas y circunstancias de entonces no son de aplicación, salvo el sentido religioso que confiere la presencia en la Catedral y que, como se ha visto, no era condición «sine qua non» para que una cofradía penitencial se pusiera en la calle con sus imágenes y penitentes.

Conclusión
Empecé hablando del Via Crucis de la Fe del pasado 14 de septiembre y me he ido por las ramas. Ahora vuelvo a la raíz, y expongo mi conclusión: el Via Crucis de la Fe ha removido las aguas siempre en movimiento del debate sobre la conveniencia de la Catedral. Las ha removido pero no las ha cambiado de sitio, ni ha limpiado el detritus que hay en esas aguas, ni las ha purificado ni aclarado. Pasado el primer hervor del subidón que algunos o muchos han sentido, el asunto volverá a estar como estaba.

     Ah, se me olvidaba. Aun en el caso de que todas las cofradías de forma unánime decidieran ir a la Catedral, no tienen la última palabra ni la llave que les permitirá materializar el proyecto, que no es otro que la disponibilidad de una segunda puerta practicable en la antigua Mezquita.

Mientras tanto, todo esto no es más que hablar por hablar.