domingo, 27 de febrero de 2011

28 de febrero, Día de Andalucía

Día de Andalucía. Se conmemora el 31º aniversario del referéndum en el que los andaluces decidimos qué tipo de autonomía queríamos.

Yo fui a votar con entusiasmo, pensando que esa autonomía nos iba a traer un futuro mejor.

Voté por la mañana muy temprano, luego cogí el coche y me fui, con la que entonces era mi novia y ahora mi mujer, y con mi suegra y mis dos cuñados (cinco personas en total) camino de Belalcázar, con el fin de poder añadir cuatro votos más al sí de Andalucía.

Llegamos y votamos sin novedad.

Al volver, tuvimos un accidente de coche, el vehículo con sus cinco ocupantes quedó con las ruedas hacia arriba y los que íbamos dentro salvamos la vida de milagro.

Hoy, tres décadas y un año después, contemplo esos recuerdos con rabia: si hubiera sabido que esa autonomía por la que luchamos todos los andaluces ha sido sola y exclusivamente un pesebre de corrupción para el PSOE, que no ha conseguido sacarnos de los puestos de cabeza en el paro y de los de cola en bienestar y en renta per cápita, no me hubiera jugado el pellejo como me lo jugué.

Esos son mis recuerdos del 28 de febrero, y así los evoco ahora, 31 años después.

miércoles, 23 de febrero de 2011

Un Alcalde en el PSOE

En Córdoba no es nuevo que haya cofrades concejales. Sólo en la presente legislatura, José Joaquín Cuadra, Rafael Jaén y David Luque –vaya, uno por grupo− han sido y son cofrades antes que ediles, pero ninguno de ellos fue incluido en las listas por su condición de nazareno ni lo alegaron para reclamar un puesto. A Paco Alcalde le cabe el ¿honor? de ser el primer ex presidente de la Agrupación de Cofradías que se ha dejado seducir por los cantos de sirena de un partido político y ha aceptado sumarse a una candidatura. 

El salto (sin red) que ha dado Paco Alcalde es cualitativo. Por primera vez, alguien «aporta» (¿generosamente?) su condición de conocido ex dirigente cofrade para optar a un sillón en Capitulares, y eso –no otra cosa− es lo que ha originado el revuelo que ha levantado su inclusión; bueno, eso y la conocidísima trayectoria anterior del candidato, de la que sólo hay que recordar su proximidad a Miguel Castillejo: «Yo me presenté a la presidencia de la Agrupación porque me lo pidió don Miguel», ha reconocido alguna vez.

La mano amiga de Rosa Aguilar, que tan vistosas como inútiles «giras de promoción de la Semana Santa de Córdoba» realizó de la mano de Paco por varias ciudades españolas, ha estado sin duda detrás −o quizá delante− de la decisión de Alcalde, a quien no acabamos de ver como un diputado de tramo que lleve, palermo en mano, a los cofrades en filas bien formadas con papeletas del PSOE en vez de cirios en las manos. Los cofrades siempre han votado a quienes han querido, pero no porque hubiera un nazareno como figurante en una u otra lista.

Pero el bueno de Paco no ha sido el primero en escuchar esos cantos de sirena. Ya en 1995, en el primero de los tres intentos fallidos de José Mellado de alcanzar la Alcaldía de la capital, su partido tentó a Rafael Zafra, presidente de la Agrupación de 1975 a 1979, que había sido militante del PSOE (se había dado de baja en 1986), pero éste rechazó la invitación. Idéntica oferta se hizo el mismo año a Juan Villalba, esta vez por los tres partidos, cada uno por su lado. Pero Zafra y Villalba midieron, con acertada prudencia, las consecuencias que la decisión tendría no ya para ellos, sino para el movimiento cofrade al que habían representado.

Paco Alcalde se ha dejado seducir por los cantos de sirena del PSOE, y está en su derecho. Pero basta leer la «Odisea» o conocer la leyenda de Lorelei para saber cómo acaban los que atienden esos cantos.


Publicado en ABC Córdoba el 23 de febrero de 2011

viernes, 21 de enero de 2011

Los bárbaros esperan a los bárbaros

El gran acierto de los bárbaros es que llegan sin que nos demos cuenta.

Desde el conocido poema de Kavafis, tan certero y tan hermoso, todo el mundo se cree que los bárbaros no existen, que son sólo un invento del establishment político y cultural para asustar a las masas y, posiblemente, para conjurar sus propios temores.

Sin embargo, aun cuando nos quedemos con la estampa de todos los sectores de la ciudad, sobre todo de los poderosos, esperando -curiosamente, con sus mejores galas- a unos bárbaros que los sacarían de la molicie y quizá también de la monotonía, lo cierto es que lo bárbaros ya estaban en la ciudad: la tenían ocupada desde mucho antes de que se pudiera sospechar de su amenaza.

Estaban agazapados esperando su ocasión. La desidia y la autocomplacencia de la ciudadanía oficial, de quienes vivían, o vivíamos, cómodamente asentados en una forma de vida que creíamos eterna e inconmovible, nos creíamos tan superiores a quienes no participaban de este festín que no podíamos suponer que alguien pudiera socavarnos. Son numerosísimos los testimonios de autores de la antigua Roma -tanto de la imperial de Augusto o de Trajano como de la más decadente de Constantino- que demuestran que la posibilidad de una caída, de un desmembramiento del Imperio se veía sólo como la obnubilada visión de augures equivocados: ¿cómo iba a ser posible, o siquiera imaginable, que el esplendor de Roma tuviera un ocaso?

Sin embargo los bárbaros llegaron a Roma, o mejor dicho, no tuvieron que llegar porque estaban ya en ella desde hacía mucho tiempo, y nada hubieron de hacer, salvo exteriorizar su presencia.

Los romanos de Kavafis que esperan a los bárbaros visten «sus rojas togas, de finos brocados; / y lucen brazaletes de amatistas, / y refulgentes anillos de esmeraldas espléndidas». Lo que no sabe el lector, ni seguramente la ciudadanía que contempla a los próceres para seguir sus instrucciones ante la pretendida invasión, es que quienes se estaban vistiendo sus mejores galas eran... los propios bárbaros, en una genial maniobra de despiste.

Nuestro tiempo se parece mucho, tal vez demasiado, a los tiempos finales de la antigua Roma. No llegarán los bárbaros del Norte un día, de buenas a primeras, a destuir en poco tiempo una civilización gestada a lo largo de muchos siglos. Han ido entrando poco a poco: esta vez muy pocos vienen desde el Norte y bastantes lo hacen desde el Sur, pero la mayoría no han tenido que desplazarse porque han venido desde dentro; ocuparán los puestos de responsabilidad más elevados ante una mayoría que les dejará hacer en nombre de la tolerancia, que es el nombre sublime, hipócrita y moderno de la desidia. Cuando esa mayoría se dé cuenta será ya demasiado tarde. Quizá lo sea ya.

En la España actual veo hechos, situaciones, personas y comportamientos que encajan demasiado en cuanto vengo diciendo como para que sea casualidad todo lo que ocurre. Hace cuatro o cinco años empecé a sospechar que aquí pasaba algo. Los bárbaros no amenazaban, pero quienes nos gobiernan empezaban a comportarse exactamente como se describe en el poema de Kavafis. Lo hacían tan sumamente bien que nadie se daba cuenta entonces de que eran los bárbaros los que estaban esperando a los bárbaros, y sobre todo haciéndole creer a la mayoría que iban a venir.

Hace cuatro o cinco años me acordé de Ionesco y su parábola de los rinocerontes. Veía a gente a mi alrededor que, sin darle la más mínima importancia a su metamorfosis, se iba convirtiendo en rinoceronte. Hoy estoy seguro de que los rinocerontes son la mayoría en la sociedad española, y su porcentaje se eleva conforme se van subiendo puestos en la escala de las responsabilidades políticas. Ya ni siquiera llaman la atención, es más, quien llama la atención es quien aún conserve su aspecto humano, es decir, quien no ha claudicado de su condición.

 Los bárbaros ya están aquí. Están en el Gobierno y tienen forma de rinoceronte.

lunes, 13 de diciembre de 2010

Hablando de poetas

Acabo de leer las Odas y los Épodos de Horacio. Sé que en este tiempo eso es más transgresor y más inconformista que, por ejemplo, ir a un concierto de Lady Gaga, porque ir a un concierto de Lady Gaga es algo por lo que miles de personas en España no tienen inconveniente en hacer el gilipollas gastándose su tiempo y su dinero; en cambio, por mucho menos dinero (el libro vale menos de diez euros) se puede acceder a la obra de Horacio (Ediciones Cátedra, colección Letras Universales), pero es muchísimo más reducido el número de personas que se atreven a hacerlo.

Pero ya digo, soy un exquisito y qué le voy a hacer, me gusta la literatura clásica y no lo puedo remediar (ni quiero). El caso es que he disfrutado intensamente leyendo los poemas del venusino, con cuyas Sátiras y Epístolas (también en Cátedra) me fue dado gozar hace un par de años.

Y la lectura de estos versos, compuestos hace ya dos mil años, me ha traído una reflexión muy contemporánea: es lo que tienen los clásicos de verdad, que como nunca pasan de moda siempre dicen algo a quien los lee, sea cual sea su tiempo y su lugar.

El aspecto de los textos horacianos que me ha hecho pensar parte de siguiente: como es sabido por quien lo sabe (es decir, por la poca gente que tiene una pizca de cultura humanística), Horacio fue un protegido de Mecenas, a su vez amigo y servidor de Octavio Augusto. El poeta, no lo olvidemos, tuvo orígenes sociales modestos, pues no en balde su padre era un liberto (=esclavo que había accedido a la ciudadanía romana). Si Horacio pudo dedicarse a escribir, fue porque Mecenas, conociendo sus dotes literarias y su escasez de recursos económicos, le dio una casa y una finca donde no tuvo más preocupación que componer sus versos. Por tanto, es obvio y comprensible que varios de sus poemas contengan dosis generosas de sincero agradecimiento y abierta adulación tanto a su protector como al que llegaría a ser primer emperador romano.

Pero también Horacio, además de mostrarons con palabras e imágenes bellísimas su filosofía vital a medio camino entre el estoicisimo y el epicureísmo, escribe sobre la propia poesía, y es consciente de su trabajo como tal, o mejor dicho, es consciente -quizá sea el primero en la Historia de la Literatura- de que escribir es un arte en el sentido etimológico, es decir, una técnica, un oficio que requiere de aprendizaje, práctica, estructura y planificación. Al mismo tiempo, está seguro de que la poesía que está escribiendo será la que prolongue su vida más allá de su muerte: es decir, piensa en el arte como una vía de acceso a una cierta forma de inmortalidad. Y no sólo eso, sino que sabe que -mucho más allá del reconocimiento que ya en su tiempo alcanzó su obra- su mérito será considerado y puesto en su lugar mucho tiempo después. No escribe, pues, para la inmediatez, sino para la eternidad: quizá eso (bueno, no sólo eso, pero entre otras cosas eso) es lo que lo convierte en un clásico.

Por lo mismo, y también lo dice en alguno de sus poemas, Mecenas pasaría a la Historia no por su situación de potentado o de hombre de confianza de Octavio -a quien sustituyó ejerciendo el poder en Roma mientras el futuro César estaba luchando contra Marco Antonio en Accio-, sino sobre todo, como efectivamente ocurrió, por su condición de protector de artistas y poetas.

Y ahora viene la reflexión actual. Miro el panorama de los poetas actuales, al menos en España. Hablo de los oficialmente consagrados y reconocidos, y observo con clarividencia que no resisten la comparación con Horacio. Los pocos poetas que viven de lo que escriben se lo deben a la protección del poder político (con escalas: nacional, autonómico o incluso municipal, hasta financiero, pues hay poetas que subsisten y publican gracias a su cercanía con bancos y cajas de ahorros): ¿Les suenan los nombres de Luis García Montero o Antonio Gamoneda, poetas oficiales de la España de Zapatero? Pues son sólo dos de los ejemplos más característicos. A base de subvenciones, regalías, jurados en concursos más o menos amañados (más más que menos), viajes, publicaciones de editoriales institucionales, recitales por colegios, institutos, universidades y centros de mayores, inclusión por decreto en la mafia de las antologías (de eso sabe mucho el ínclito García Montero)... A base de todo esto sobreviven, y mucho más que "sobreviven"; no necesitan una finca retirada del mundanal ruido, como el venusino, entre otras cosas porque no querrían ni sabrían vivir en ese retiro silencioso y apacible: lo suyo es más bien el cóctel, el hall de los hoteles, las salas de conferencias, los platós de televisión, la firma de ejemplares en grandes almacenes... ¿Se imaginan así a Horacio o, más cerca en el tiempo, el displicente Rimbaud como estrellas mediáticas? Yo no.

En algo coinciden, eso sí: adulan al poder que los sostiene y han perdido, si es que alguna vez lo han tenido, ese sentido crítico y esa distancia que sólo se alcanzan por el ejercicio de la libertad. Los poetas cortesanos de hoy ejercen de izquierdosos, firman manifiestos de apoyo a Zapatero, critican cuando no insultan a quienes defienden otras opciones políticas... y es que, como los cineastas y musiqueros de la zeja, temen perder su estatus si la situación política cambia alguna vez. (Aunque no creo, el PP tiene un tremendo terror a desairar a los que se autodenominan, sin más títulos que su carnet de progresismo, "representantes del mundo de la cultura").

Pero hay una gran diferencia: a los poetas actuales, a diferencia de todos los que los han precedido a lo largo de los siglos, les importa un rábano la posteridad. Ellos piensan en vivir la vida presente, y en vivirla lo mejor posible; lo que ocurra después les trae sin cuidado, de ahí su acelerado atolondramiento, su apurar hasta las heces las migajas que el poder les deja, su obra carente del poso y la solera que requiere no ya el buen vino, sino la buena literatura... Creo que fue el propio Horacio el que aconsejó "dejar reposar el poema", y es algo que no hacen porque tienen prisa por cobrar la subvención, publicar el libro, ser insertados en la antología tal, asistir a la presentación de cual...

Desde luego, no pasarán a la Historia de la Literatura. No me será dado contemplarlo, ni a mí ni a ninguno de los que lean estas líneas, pero séame permitido dudar de que dentro de doscientos años, sólo doscientos años, haya un post en un blog del internet de entonces que hable de García Montero, Antonio Gamoneda, Manuel Gahete o Pablo García Baena como de clásicos... Tampoco se hablará de Zapatero y su Gobierno como de protectores de la cultura (entre otras cosas, aunque ellos se consideren mecenas con minúscula, en eso se diferenciarán del auténtico Mecenas: éste, al menos, pagaba con su dinero privado sus exquisitos caprichos). Si pasan a la Historia Zapatero y su cohorte -¡qué bien le sienta esa palabra al Gobierno actual!- no será por su condición de protectores del arte.

En resumidas cuentas, los tiempos cambian las formas... y los fondos: hoy, como hace dos mil años, hay poetas que viven al calor de los poderosos; pero entonces, ni los poderosos eran tan cortoplacistas ni los poetas consagrados tan ventajistas. Al menos, hace dos mil años los vates pensaban que sus nombres y sus obras iban a perdurar durante mucho tiempo.

Hoy recordamos a Horacio por sus poemas, y a Mecenas por haber sido protector de Horacio (sólo por eso). ¿Se recordará dentro de dos siglos, no digo ya de veinte, a Gamoneda por sus poemas y a ZP por protector de Gamoneda?

Qué suerte tendrán los lectores de dentro de unos siglos... Ellos seguirán leyendo a Horacion pero no habrán oído hablar de Gamoneda, García Montero, Gahete y otras hierbas.

viernes, 2 de julio de 2010

Una película sobre un cura

Se habla tanto de los curas en los últimos tiempos que hasta hay quien habla bien. Desgraciadamente no es una frase fácil para atraer la atención del lector, sino una simple constatación: descalificar globalmente a los sacerdotes es tan fácil como dejarse llevar y repetir como cotorras lo que dice la mayor parte de la gente y los medios de comunicación. Por eso mismo, es un mirlo tan blanco que merece destacarse la proyección en Córdoba de la película «La última cima», dedicada al sacerdote Pablo Domínguez; se trata de un documental lleno de testimonios de personas que lo conocieron: personas reales que dicen palabras no escritas en un guión ni están subvencionados generosamente como el clan de los bufones de la «zeja».
«Los curas somos de la misma madera que los demás», me dijo días atrás un sacerdote. Es evidente, pero encima a los curas se les mira no ya con lupa, sino con microscopio electrónico de barrido, y eso no es justo, o al menos no lo es mientras no se mida con igual rasero a todos los que no somos curas. Viene bien, por tanto, que los que aún creemos en Dios y en la Iglesia que tenemos –no en entelequias pseudoevangélicas en las que creen algunos fundamentalistas camuflados de progres− respiremos una bocanada de aire fresco viendo esta película. En Córdoba se exhibe en los multicines Guadalquivir. No se la pierdan.